Se encuentra usted aquí

Alfredo III asciende al trono (mediante una grúa)

Cuentan los que son capaces de ver a los muertos, que allá en el cielo los señores de Atlacomulco rasgaron sus vestiduras esa mañana de agosto
13/08/2017
02:02
-A +A

Para Elena Poniatowka

 

He narrado la escena del ungimiento de Alfredo III en otra ocasión, así que solamente recordaré ahora sus trazos principales.

 

En su castillo de Atlacomulco, Alfredo I y Alfredo II colocaron las manos sobre la tierna cabeza de su pequeño heredero, y al pronunciar la fórmula mágica que le transfería el Reino del EdoMex, no repararon en el viento que recorría la azotea ni en los testigos presentes.

 

Un mesero de levita blanca.

 

El primo de Alfredito, Peñita, con un balón de futbol bajo el brazo.

 

Un albañil hincado, con una baldosa en una mano y la cuchara con cemento en la otra.

 

Nada distrajo a los grandes señores cuando soplaron el encantamiento sobre el niño:

 

—Por el PRI. Para el PRI. Y lo que sobre, para mí.

 

Ya lo narré hace un par de meses. Las sílabas se las robó el viento y las dispersó entre los testigos. Y fue por ello que años más tarde, quién subió al trono no fue Alfredito, sino su primo, Peña I.

 

Luego, ascendió al trono el hijo del mesero presente en la escena, Eruviel I.

 

Por fin le pareció a Alfredito, que para ahora tenía 44 años, que debía ser su turno, pero su primo le dio la mala nueva:

 

—Lo lamento mucho, primo, pero resulta que al albañil llegaron varias sílabas, y tiene una hija llamada Delfina.

 

—Pos sí —insertó Eruviel I, siempre comedido y servicial, como un mesero.

 

—¡Nada! —tronó Alfredito, el heredero sin reino. —A mí no me habrá llegado entero el encantamiento, pero sí me llegaron tres sílabas. Pa ra mí.

 

Dijo luego muy terribles epítetos y remató:

 

—Para mí será el reino o los señores de Atlacomulco los aniquilarán desde el cielo con rayos mortíferos.

 

Así fue que Eruviel I y Peña I, contra sus mejores instintos, y por un miedo reverencial a personas ya fenecidas, decidieron imponer al primo Alfredo III.

 

Inundaron de pacas de billetes del erario al reino, los repartieron, pagando sumas inconcebibles por cada voto.

 

Regalaron a través de su Secretaría de Casitas, millones de casitas, algunas de ladrillo y tejas y otras todavía sólo en fotografía.

 

Compraron a dos partidos contendientes. Al Verde y a la Izquierda Laxa.

 

Amagaron con despidos a un millón de burócratas.

 

—Alfredo querido —solía llamarle Peña I a su primo—, según las encuestas ni así ganas. Te ruego que desistamos. Delfina tiene más sílabas que tú de la fórmula mágica.

 

—Mi papá y mi abuelito nos vigilan desde el cielo —gritaba al celular Alfredo en respuesta. —Y tirarán sus rayos, ayer me lo dijeron en un sueño.

 

—¿No ves que la Delfina ya lo trae hasta en el nombre? Es la delfina legítima y en sus mítines se nota.

 

—¡Para mí! —estallaba enloquecido Alfredo III, el pelo erizado, los ojos sin fijarse en ningún punto de la realidad, poseídos por el sueño del Poder. —¡Para mí! ¡El Reino del Edomex es solo para mí!

 

El día de la elección fue bastante desagradable, éticamente hablando.

 

Se sobornó a 30 millones de mexiquenses, a pesar de que en el Edomex solo habitan 16 millones. Y de esos, resultó que sólo 2 millones cumplieron con votar por el PRI. (Aunque, misteriosamente, los 30 millones fueron a cobrar su voto).

 

Se entregaron las llaves de las casitas de las fotografías, y resultó que la mitad eran de perro y la otra mitad para palomas, y los nuevos dueños maldijeron al PRI.

 

Entonces tuvo que inventarse a prisa una nueva aritmética mexiquense para contar los votos: dos más dos votos para el PRI sumaban ocho, pero seis más dos para Delfina sumaban tres. Lo que trastornó a una generación de niños mexiquenses, que en adelante serían inservibles para la economía.

 

—Y ni así ganas, primo —le anunció Peña I, ya irritado, a Alfredo III. —¿Pues qué hiciste que nadie votó por ti?

 

—Ser tu primo, primo —le contestaba el primo, igualmente irritado.

 

Compraron a los guardianes oficiales de la elección: a cada uno se le regaló un departamento en Miami y el sueño imposible de una carrera política futura.

 

Eruviel I, absolutamente desprestigiado, tuvo que colgar su traje de político en un armario y cambiarlo por el de chef de alta cocina.

 

La Izquierda Laxa se desintegró, sus miembros avergonzados de haber participado en el fraude secreto más escandaloso de la Historia.

 

El PRI registró en las encuestas tales niveles de odio, que cientos de miles de priístas emigraron al partido de Delfina y los restantes, organizados en mesas de debate por toda la República de los Reinos, clamaron por un candidato para los siguientes comicios que fuera cualquier cosa, menos priísta.

 

Y por fin una mañana de agosto, Alfredo III, recién bañado, sonriente, peinado con gomina, perfumado con loción francesa, en un traje italiano gris perla, recogió el diploma donde aparecía su nombre en el renglón de Rey Temporal del Reino del Edomex.

 

Lo recibió diciendo:

 

—Para mí. Para mí. Esto es para mí.

 

Y lo abrazó contra su pecho.

 

Cuentan los que son capaces de ver a los muertos, que allá en el cielo los señores de Atlacomulco rasgaron sus vestiduras esa mañana de agosto. A ellos también les había llegado a gustar más Delfina.

 

Periodista y escritora de ficción —de drama y de prosa—.

Comentarios

 

NOTICIAS DEL DÍA