Se encuentra usted aquí

Peña no ve con los dos ojos

La doctora no notó la incomodidad que había causado en el salón de juntas, o no le importó, lo cierto es que se cubrió el otro ojo y dijo...
18/06/2017
02:01
-A +A

Cuando Nelson Mandela salió de la brutal prisión de Victor Verster, luego de 28 años de cautiverio, tenía 70 años, estaba maltrecho y con el pelo cenizo, pero tenía mejores ojos que nunca.

 

Había aprendido el difícil arte de ver con ambos ojos a la vez.

 

Por eso cuando el Presidente de Klerk le ofreció la Vicepresidencia del país, se tapó con una mano el ojo izquierdo y dijo:

 

—Con este ojo acepto. Eso afianzará su gobierno, y a mí me dará la dicha de ascender al Poder de inmediato.

 

Luego se tapó el ojo derecho y dijo:

 

No acepto. Yo soy un negro. Y aunque la cuesta a la Presidencia sea ardua, yo llevaré al Poder a los negros, y entonces que los blancos mejor huyan de Sudáfrica, porque el resentimiento de siglos de los negros contra los blancos, tendrá permiso de expresarse.

 

Y por fin Mandela no se tapó ni uno ni otro ojo, y mirando por ambos, dijo:

 

—Yo debo ser el Presidente, no usted, amigo de Klerk , porque solo yo puedo fundar el Estado de Derecho no racista, para que todos estén seguros y sean iguales en Sudáfrica.

 

Esta historia se la contó la doctora en matemáticas Lucía Gármel al presidente Peña Nieto, en México, cuando él, en una junta amplia de funcionarios, los invitó a opinar sobre una difícil disyuntiva.

 

El pueblo mexicano le pedía al Presidente que impusiera, por primera vez en la historia nacional, un procurador de Justicia sin sectarismos. Alguien que de verdad investigara y persiguiera y sancionara el crimen, tanto el de las calles como el de las oficinas de gobierno.

 

Peña Nieto le respondió a la doctora Gármel:

 

—No entendí tu cuento de los dos ojos de Mandela.

 

Ella, delgada y alta, de pelo negro rizado, y con lentes de fondo de botella, se puso en pie, ante la mesa circular a la que los funcionarios estaban sentados, y ejemplificó la disyuntiva de Peña.

 

Primero que nada se quitó los lentes y se cubrió con la mano un ojo, y dijo:

 

—Con este ojo usted ve el enojo que le causaría a sus amigos de la clase política que un procurador de Justicia persiga su corrupción. Le preguntarán: ¿por qué nuestra generación no podrá enriquecerse en el Poder, si las anteriores generaciones de funcionarios sí han podido?

 

La doctora no notó la incomodidad que había causado en el salón de juntas o no le importó, lo cierto es que se cubrió el otro ojo y dijo:

 

—En cambio, con este ojo, usted ve el enojo que le causaría al pueblo de México que ponga un procurador cuate de la clase política, que los proteja, en lugar de perseguirlos. Ya estamos hartos, le gritarán por todas partes. Y en específico le dirán: Eres nuestro enemigo, Peña.

 

—Y ahora —la doctora se destapó el ojo y vio directo hacia el Presidente con ambos—, está la tercera opción. Usted trasciende las pasiones, el amor y la rabia, y hace triunfar algo superior. La Justicia.

 

Esa noche, el presidente Peña tomó dos decisiones. Nombró a un procurador de Justicia muy amigo de él y de su grupo político, y le pidió a su secretario de Energía, para quién trabajaba la doctora en matemáticas, que la becara fuera del país.

 

—Me da miedo que trabaje con nosotros —le dijo. —Habla en alegorías la canija, y además no se las entiendo.

 

Curiosamente, ahora que la aprobación del Presidente ha descendido hasta un 9%, un número que cifra una declaración de guerra de la población a su presidente, o casi, la doctora Gármel ha sido repatriada y fue invitada el sábado recién pasado al despacho del mandatario, para que él mismo le presentara una nueva disyuntiva.

 

Hay gente que lo aconseja intervenir las elecciones presidenciales de 2018 para que, con toda la fuerza del Estado, asegure que el candidato de su propio partido, gane. Y no hay gente, sino hay un país completo, que le exige se ponga un lado y no intervenga en los comicios.

 

—A ver —le dijo el presidente Peña, según el relato de alguien presente en la junta. —Según tú, ¿qué debo hacer?

 

La doctora se volvió a quitar sus gafas gruesas como lupas, se tapó un ojo, y dijo:

 

—Intervienes la elección: ganas para un amigo la Presidencia y para ti el puesto de traidor en la Historia Nacional.

 

Se tapó el otro ojo:

 

—No intervienes: todos los partidos trampean la elección y el país se vuelve un caos.

 

Luego miró al Presidente con ambos ojos:

 

—Trasciendes los intereses de tu partido y te vuelves el árbitro justo que se requiere, un padre visionario y un héroe.

 

Informa mi fuente que el Presidente le ofreció a la doctora una beca vitalicia, ahora para la Universidad Kim ll -sung, de Corea del Norte. Pero que ella prefirió regresar al Tecnológico de Massachusetts, en Norteamérica, donde está haciendo maravillas en el departamento de medicina ocular robotizada.

Periodista y escritora de ficción —de drama y de prosa—.

Comentarios