Lombroso visita a Tolstói

Lombroso, dicho sea vulgarmente, consideraba que los pobres y los feos, quienes compartían una supuesta comunidad de caracteres físicos y psicológicos, estaban condenados Christopher a delinquir y debían ser aislados
19/04/2017
01:50
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La mala prensa, tras el siglo XX, del doctor italiano Cesare Lombroso (1835–1909), es comprensible. Su teoría frenológica del criminal (y después del genio, una suerte de criminal en estado de gracia), basada en un método experimental ortodoxo que no admitía tesis adversas, provocó la desconfianza, para empezar, de quienes escribieron novelas, como Émile Zola, basados en sus fenotipos. Lombroso, dicho sea vulgarmente, consideraba que los pobres y los feos, quienes compartían una supuesta comunidad de caracteres físicos y psicológicos, estaban condenados a delinquir y debían ser aislados en prisiones y manicomios. Si el origen del delito es génetico, un avatar heredado, todo crimen contra los marginados, reales o supuestos, es posible, aun cuando el humanitarista Lombroso concedía que un medio sano y justiciero era preferible para proteger a la sociedad de los criminales y de sí mismos. Su descripción del anarquista Luigi Lucheni, de vida lumpenproletaria y asesino de la emperatriz austríaca Sissí, en Ginebra, en 1898, sentó cátedra.

Su caso es aún más complejo si consideramos que Lombroso fue un judío practicante quien le legó al nazismo un utilísimo depósito de prejuicios raciales dizque científicos traslados de inmediato a la caricatura del judío. Al antecedente de Lombroso (autor de Genio y locura, de 1864 y 1877, su libro más recordado), se sumó, para beneficio del Tercer Reich, la obra de su discípulo húngaro, Max Nordau, nada menos que uno de los fundadores del sionismo, cuya Degeneración (conocida en español desde 1902), articuló la noción de “arte degenerado”.

 

Lombroso, enfrentado al antisemitismo, no comprendió su letalidad, como muchos judíos europeos de la Bella Época. En un artículo de 1894 (Il soffio dell’antisemitismo), negó que la hebrea fuese una raza semítica sino el resultado de un mestizaje donde, por fortuna, decía él, predominaba el elemento ario. Ni Lombroso ni Nordau eran reaccionarios ni formaban parte del llamado “antisemitismo judío”. Uno era sionista y soñaba con un futuro socialista en Palestina, mientras que el alienista, como se le decía entonces a los médicos psiquiatras, de Verona, no encontró mejor remedio a la judeofobia que proponer una nueva religión orlada de espiritismo capaz de conciliar lo mejor de la Iglesia y la Sinagoga.

Aunque fue un sabio decimonónico inadvertente —por aquello de la responsabilidad que nos ata a la posteridad de nuestras ideas— no por ello dejó de ser Lombroso una figura capital en la historia de la psiquiatría, por la importancia que le dio a la clínica experimental y al historial médico. Fue precursor de Freud en la investigación del inconsciente, aunque lo perdiese, al veronés, su afecto por la medicina legal, cómplice de tantos crímenes hospitalarios y racistas cometidos en su nombre.

Personaje inquieto y celebridad internacional hacia 1900, en septiembre de 1897 viajó a un congreso internacional de alienistas en Moscú, estancia que prolongó presentándose en Yásnaia Poliana, para conocer al conde Lev Tolstói, uno de los genios degenerados que más le inquietaban, según cuenta Paolo Mazzarello en Il genio e l’alienista. La strana visita di Lombroso a Tolstoj (1998 y 2005). Las autoridades dudaron en concederle el permiso de viaje al psiquiatra pero cuando les explicó que iba con la intención de estudiar “la mente criminal” del imbatible enemigo del Zar, se lo concedieron gustosos.

El “misticismo” de Tolstói le parecía a Lombroso una de las confirmaciones de su teoría que asociaba al genio con la locura. Pero recibido con todos los honores en la finca del escritor, verdadera Meca, Lombroso titubeó. Por su claridad mental, por la belleza de sus ojos azules, por la nobleza de su sangre, por su amor al trabajo físico que compartía con sus siervos emancipados, por su fecundidad —aquella tierra menudeaba en hijos legítimos y bastardos del hipócrita que había condenado el sexo en La sonata a Kreutzer— y por otras mil cosas, Tolstói representaba una refutación viva de las teorías de Lombroso, quien en los pocos días de su estancia, salió mortificado. Poco o nada sabemos de lo que hablaron el genio y el alienista. Pero ante hechos que lo contrariaban, Lombroso se fue de Rusia, enceguecido con sus teorías sobre la tristeza con la cual un Tolstói desmejoraba al fin de siglo. Ya de regreso le encargó a un asistente la redacción de un artículo donde reafirmaba su convicción previa a su fallido encuentro con el novelista ruso. “Como Sócrates”, escribió el amanuense, “Tolstói tiene cara de cretino y degenerado”.

Tolstói, en cambio, no dejó ir vivo a Lombroso. El 15 de agosto de 1897 anotó en su Diario: “Estuvo aquí Lombroso, un viejillo limitado, ingenuo”. Resurrección (1899), su gran última novela, es en buena medida una refutación de las teorías lombrosianas, armas del poder para menospreciar y perseguir a los menesterosos. Buena parte de la centuria pasada, fue, sangrientamente lombrosiana y en su contra de poco sirvió el bálsamo del cristianismo tolstoyano. Hay quien dice que la nueva genética, aun correctiva y propedéutica, es lombrosiana. Y la fe, aun fantasiosa, en un futuro benévolo para la humanidad, tampoco se perderá nunca del todo.

Destacado crítico literario e historiador de la literatura. Autor, entre otros títulos, de Vida de fray Servando (2004), Antología de la narrativa mexicana del siglo XX (1989 y 1991) y Octavio Paz en...

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