En unas pocas décadas, en México nos hemos acostumbrado a la cotidianeidad de elegir a nuestros gobernantes. Sabemos que cuando llegue la fecha fijada en el calendario electoral, las casillas serán instaladas en su totalidad y los votos serán contados por ciudadanos imparciales. En caso de disputas, habrá una instancia jurisdiccional que resuelva conforme a Derecho.

Esa normalidad habla de la madurez que han alcanzado nuestras instituciones democráticas. Logran agregar las preferencias políticas en muy poco tiempo y poner esa información al servicio de la toma de decisiones. Ahí cuando algo falla, se activan mecanismos correctivos, o bien reformas de gran calado que evitan que los problemas se vuelvan a presentar.

La cara oculta de esa regularidad es que muchos ya olvidaron el valor que tiene el sufragio. Hay ciudadanos mexicanos que, por apatía o por convicción, están considerando ausentarse de las urnas, sin recordar el poder transformador que el voto acaba de mostrar en Nigeria, Myanmar o Sri Lanka, países donde se lograron romper inercias autoritarias que parecían inamovibles. Algunos otros son capaces de desdeñar el ejercicio de sus derechos político-electorales, sin ponderar la importancia que tiene que nuestro país ya aparezca siempre categorizado como “democracia electoral” por parte de las calificadoras internacionales. Hay quienes apuestan porque el voto latino detenga el arribo de Trump al gobierno de EU, pero son permisivos en cuanto al ejercicio de sus responsabilidades cívicas en sus propias comunidades.

De ahí que en este día de elecciones valga la pena reflexionar en torno al valor del sufragio. Es momento propicio para pensar en la capacidad que tiene el voto para premiar buenos gobiernos o castigar a los malos; para distinguir programas políticos serios y buscar que se lleven a la práctica; para imprimir pluralidad a los órganos que toman decisiones, y para delinear el mandato que las sociedades formulan a sus futuros gobernantes. Quien acude a las urnas envía un mensaje claro a quienes le rodean de interés por el bien común.

Pero si esas razones no fueran suficientes, la coyuntura actual ofrece elementos adicionales que comprometen aún más la necesidad de que los ciudadanos acudan a las urnas.

a) Es amplia la representación política en juego. Se elegirán mil 817 cargos de elección popular en 14 entidades federativas. Entre otros cargos, están en disputa 12 gubernaturas, 448 diputaciones locales, 965 ayuntamientos y 392 presidencias de comunidad.

b) Para que cada uno de los 37.3 millones de ciudadanos llamados a las urnas encuentre una casilla cercana a su hogar, se han dispuesto 68 mil 37 casillas.

c) Tercero, el modelo nacional de elecciones que emanó de la reforma 2014 se implementa —por vez primera— en una elección en que varios procesos locales se desarrollan sin concurrencia con la elección federal. La eficacia del sistema está a prueba.

d) La elección del Constituyente de la Ciudad de México es un momento único que inmortalizará a esta generación de capitalinos que decidirá el rumbo que tome esta gran urbe.

e) Es posible hallar candidaturas de hombres y de mujeres para los puestos en disputa. Mientras que el 17% de quienes aspiran a una gubernatura son mujeres, la paridad ha permeado en otros cargos en disputa. Jamás los electores volverán a encontrar boletas dominadas exclusivamente por varones.

Esta elección será la última para la integración del Tribunal Electoral del que formo parte. Después de 143 mil medios de impugnación resueltos, no me queda la menor duda: son los electores quienes deciden el poder político. Jamás los abstencionistas han mejorado el rumbo político de sus comunidades.

Vale la pena ejercer nuestros derechos. ¡Vamos ya a las casillas!

Magistrada del TEPJF.

@MC_alanis
carmen.alanis@te.gob.mx

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