El 11 de mayo pasado, finalmente el Representante Comercial, Robert Lighthizer, fue ratificado por el Senado de Estados Unidos. Asimismo, el 18 de mayo la administación Trump presentó a su Congreso la notificación formal de su intención de iniciar negociaciones con México y Canadá, la cual se espera se dé a partir del 17 de agosto próximo una vez concluido el periodo de 90 días para llevar a cabo las consultas internas.

Aunque Trump considera que su país ha sido el gran perdedor (sic) en este acuerdo, innumerables voces en el sector productivo, academia, gobierno y medios en ese país han hecho ver la relevancia del TLCAN para ese país y el riesgo de meter reversa a casi 25 años de integración.

Para los tres países el punto de partida debe ser salvaguardar la integridad del tratado y trabajar para modernizarlo. El sentido común nos indica que esta negociación debe resultar en la profundización de la integración que hasta ahora hemos alcanzado y no buscar eliminar lo que puede no gustarnos del TLCAN.

Renegociar el TLCAN no será una tarea fácil. Los sectores productivos en los tres países hoy saben qué les duele y dónde quisieran reducir la ambición en la liberalización hasta ahora pactada. Sin embargo, sería un gravísimo error buscar atender intereses individuales para revertir lo avanzado pues ello muy probablemente haría zozobrar los flujos regionales de comercio e inversión y la relación bilateral México-Estados Unidos.

Un ejemplo muy claro que lo que no podemos permitir que suceda está precisamente en el sector del azúcar. Desde hace varios años la industria azucarera estadounidense ha ejercido una fuerte presión sobre la administración de ese país para anular la liberalización que logró la industria azucarera mexicana bajo el TLCAN. Esta último tuvo que enfrentar el periodo más largo de desgravación —15 años— para poder acceder libremente al mercado de Estados Unidos. Una vez que ha logrado posicionarse en ese mercado, la industria azucarera estadounidense pretende anular la participación mexicana y regresar a la situación previa a 1994, año en que entró en vigor el TLCAN.

El futuro de la relación bilateral entre Estados Unidos y México está escribiéndose en estos momentos álgidos de las negociaciones que buscan encontrar una solución al conflicto entre los productores azucareros. Resulta imperativo la búsqueda de una solución bajo la cual ambas industrias puedan coexistir, aun cuando el resultado no sea el óptimo para ninguna de las dos.

Si los intereses de la industria azucarera estadounidense prevalecen y el azúcar mexicana queda fuera del mercado, ello podría generar un efecto dominó hacia otros sectores y poner en grave peligro la dinámica de la relación comercial. En efecto, si hoy un sector poderoso puede cerrar el mercado al azúcar mexicana, mañana los productores de otros sectores podrían igualmente solicitar anular el acceso preferencial para importaciones que les representen competencia en su mercado utilizando cualquier clase de argumentos. Y así podemos iniciar una escalada comercial que nos puede llevar a consecuencias que no queremos ni imaginar

Es imprescindible que ambos países encontremos una solución al conflicto azucarero. Iniciar una guerra comercial puede no ser grave para la industria azucarera estadounidense pero sí lo será para la relación comercial México-Estados Unidos. La solución a la disputa del conflicto azucarero puede ser la prueba de fuego para que las autoridades involucradas de ambos países demuestren que hay un camino constructivo hacia la renegociación del TLCAN.

De no llegar a un acuerdo antes del 5 de junio, se estaría enviando un muy mal mensaje a los sectores productivos en los tres países que buscarían exceptuarse de la letra del acuerdo con lo que estaríamos en la antesala del desmantelamiento del TLCAN en vez de su modernización. Salvaguardar este tratado y la continuidad de una relación bilateral dinámica y pujante, que ha demostrado ser de beneficio mutuo para Estados Unidos y México, debe ser, sin duda, la brújula en la solución al conflicto azucarero entre nuestros países. No hacerlo puede ser suicida para la competitividad y el futuro de la integración norteamericana. Confiemos en que la sensatez y el buen juicio de los actores involucrados terminará por prevalecer. La región lo requiere, los tiempos lo exigen.

Directora, LMMConsultingProfesora afiliada en la División de Estudios Internacionales del CIDE@luzmdelamora, @lmmconsultingmx

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