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Los museos íntimos

Con póster de Frida Kahlo, cromo bucólico o garabato abstracto, las paredes hablan un monólogo que una y otra vez dice a los otros, y nos lo dice a nosotros mismos: “esto somos”
11/08/2015
01:52
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La realidad de una casa cualquiera cumple con tres tareas obligatorias: cama, cocina y caño. Lo interesante es la forma en que sus habitantes decoran esas necesidades elementales, el estilo para “vestir” la casa con la personalidad de los moradores. Puesta en su sitio la cama, funcional el excusado y prendida la estufa, comienza el infierno de la decoración.

El ánimo decorativo empapa de identidad a los inquilinos y, lamentablemente, salpica a las visitas. En teoría, decorar la casa es lo que la convierte en hogar, lo que sojuzga al domicilio legal trocándolo en morada hospitalaria.

Lo estrujante es el carácter fallido de ese anhelo. Acabo de visitar —por maldición de parentezco— una casa determinada y quedé estupefacto. Si vinieran, los extraterrestres pensarían que en este mundo veneramos a las copas de rompope. El florerito astillado no me deja dormir. La florcita de migajón me indujo un estupor de angustia, como La Nada (o El Ser, lo que ocurra primero) a cualquier existencialista de piochita. No sé qué hacer, en suma, con esta pasta de pena; con la carga de una vergüenza que no me corresponde pero me provoca compasión, una piedad solidaria que me recuerda: “tú eres eso”.

Con póster de Frida Kahlo, cromo bucólico o garabato abstracto, las paredes hablan un monólogo que una y otra vez dice a los otros, y nos lo dice a nosotros mismos: “esto somos”. La decoración es una radiografía del gusto que, previsiblemente, suele ser disgusto. El montón de cosas que querrían ostentar una noción de la historia, un encomio de lo trascendente o una defensa ante el olvido. La Última Cena sobre la mesa con su Cristo aterciopelado. El muro genealógico en cuyo centro está la tía Edelmira inevitable. El cojín disfrazado de damasco.

Todas las casas son un museo en agraz, un huevo de signos que empolla trascendencia. Toda casa se asume imperecedera. Hace lo mismo que una iglesia o un museo que, en realidad, son salotas ciudadanas y colectivas. Un museo acumula en el ámbito de lo civil la aspiración a la grandeza, lo mismo que la sala de cualquier casa. Como la sala a la familia, el museo es la rebaba de la ciudad, la plusvalía consagratoria de sus tesones: sanciona el sueño pactado, acoge sus resultados, los preserva y cataloga y arroja como resultado una norma narcisista que se llama “gusto”.

No hay tía, no hay vecina que no sea curadora. La casa y el museo, los dos, antologan lo que estuvo en duda y se graduó a sempiterno. La fantasía del museo que anhela hacerse de un Picasso cubicón y activar curadores mamones e hiperestésicos, ¿en qué es diferente a la parienta milimétrica que calcula en su encaje el centro justo para su Torre Eiffel de estaño?

Ambos curadores comparten su horror ante el vacío, ese ojo intimidatorio. Ambos aspiran a otorgar solaz y esparcimiento al alma ávida de significación. Los dos practican el exhibicionismo de su mérito y su amor al sentido, al ritmo y la armonía. Que el museo se prestigie con obras magníficas y la cuñada con una pastora de Lladró que peina al borreguito es irrelevante.

Los dos ofrecen el deleite de comprobar un objeto, no importa qué tan baladí; surten una breve anestesia que hace olvidar al pesado yo y al sudoroso ahora; abren el paréntesis de lo inútil y de lo posible. Que el educado o el pedante se regocijen ante el Matisse, y el tío Conrado ante el cenicero de Tlaquepaque, no deja de ser fortuito. Todo sirve, a fin de cuentas, como recolector de polvo.

Guillermo Sheridan (1950) es investigador en la UNAM y periodista. Ha publicado varios libros académicos sobre la cultura mexicana moderna, en especial sobre su poesía. Su trabajo como periodista ha...
 

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