El problema más importante de México no está en la agenda pública. Los estudios de opinión dictan tres temas dominantes: economía, seguridad y corrupción.

En consecuencia, los mensajes políticos se orientan a: empleos, ingresos, impuestos, créditos, policías, seguridad pública, honestidad y sistemas de transparencia, entre otros.

Pero esos son temas del discurso político en cualquier país. Son problemas globales de hoy.

Desafortunadamente, ni siquiera se esboza nuestro verdadero problema.

¿Cuál es éste? Es algo grave y profundo. Tanto, que no se menciona: México debe ir al psicólogo.

¿Por qué lo digo? Porque tenemos que sacar a la luz múltiples traumas, resentimientos y ataduras psicológicas históricas que arrastramos, generación tras generación.

Ellos nos afectan, primero, en nuestra unidad. Somos un país, no una nación. Nuestras culturas originarias indígena, mestiza y criolla, siguen estando separadas y no hemos construido el crisol para fundirlas en una. Tres Méxicos cohabitan juntos pero no revueltos.

Nos afectan, segundo, en nuestra autoestima. Siglos de opresión minimizando lo autóctono, nuestro color, religiones y lenguas, hicieron mella en la confianza colectiva.

Tercero, nos afectan en la paz social. Al no asumir con orgullo nuestra diversidad, los resentimientos crecen, las diferencias se ensanchan y se transforman en violencia.

Estos traumas históricos sólo pueden romperse si los sacamos a la luz y los ponemos al centro de la reflexión colectiva para construir un nuevo Pacto Social.

¿Por qué hacerlo?

Porque los logros del México Moderno no los conocen, ni disfrutan los otros Méxicos. El México exportador agrupa a 23% de los mexicanos. Es un México criollo, productivo y relacionado con todo el mundo, pero no con el resto de México.

Otro México, el tradicional, es mestizo. Golpeado por la globalización. Integrado por micro y pequeños negocios. Agrupa el 56% de la población. No está integrado con el México exportador, como en Italia, sino que sobrevive del consumo interno, con niveles bajos de ingreso.

Finalmente, el México marginado de autoconsumo y autoproducción, es el 22% de la población, fundamentalmente indígena.

Estos tres Méxicos casi no se tocan, conocen o apoyan.

El reto por delante es enorme: reconocer nuestro pasado y presentar a los tres Méxicos entre sí para sumar fortalezas, no para enfrentarlos.

Debemos hacerlo ya, porque estamos viviendo la transformación de la civilización occidental. Porque el sistema político representativo ya no funciona y la tecnología está logrando lo que la política no pudo: comunicar a la base de la pirámide en tiempo real. Porque el futuro inmediato de las naciones es mirar hacia adentro. Porque, como dice Díaz Polanco, “la globalización va acompañada del renacimiento de las identidades” “y se manifiesta bajo la forma de luchas culturales —nacionales, étnicas, religiosas, regionales— con gran intensidad.”

México es de los pocos países que tienen la energía, las condiciones y la capacidad de generar respuestas ante la “batalla de las identidades”.

Hoy es el momento de construir un nuevo paradigma, una sociedad definida por su capacidad de inclusión. La otra alternativa es administrar la violencia. ¿Cuál prefieres?

Presidente ejecutivo de Fundación Azteca.
@EMoctezumaB
emoctezuma@tvazteca.com.mx

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