El 13 de febrero Francisco llegó al Aeropuerto Benito Juárez, recibido por el Presidente, políticos y personas destacadas. A la mañana siguiente por primera vez un representante clerical entró a Palacio Nacional ante los Tres Poderes de la Unión. Miembros destacados del sistema político se arrodillaron y le besaron la mano. La inmensa mayoría le pidió su bendición y lucharon por tomarse una selfie con el Papa.

Acto seguido se trasladó a la Catedral y lanzó la crítica más dura que se conozca a un Episcopado Nacional, frente a las cámaras y representantes de otras iglesias; entre los cuestionamientos estaba su alianza con los poderosos, las fuerzas oscuras y los corruptos. Por la tarde, la mayoría de los políticos de Palacio Nacional asistieron a la misa en la Basílica de Guadalupe y el Presidente y su esposa comulgaron frente a las cámaras. En las ciudades que visitó fue recibido por los gobernadores y los empresarios locales. En su despedida asistió de vuelta el gabinete. Muchos analistas vimos este comportamiento como una estrategia dedicada a fortalecer la imagen y percepciones de la clase política, y particularmente del partido en el poder. El Episcopado mexicano podía decirle al Papa que ellos sí sabían hacer las cosas en México y que no se metiera a darles consejos.

Los evangélicos estaban indignados por el trato preferencial a los católicos y el ninguneo hacia ellos. Desde la reforma de 1992, todos los años los presidentes tenían una reunión al año con el Presidente, fuera priísta o panista. Con el actual nunca pudieron reunirse en los cuatro años de gestión. Eso generó una molestia creciente, descolocando a los líderes evangélicos que habían apoyado al PRI en 2012.

Pocos días antes de las elecciones el Presidente se reunió con los colectivos más representativos de la comunidad lésbico-gay, con motivo del Día mundial de la lucha contra la discriminación y la homofobia, para informarles que estaba presentando una reforma constitucional para validar el matrimonio entre personas del mismo sexo. Con esa medida dejaba de lado y fuera de juego las alianzas entre la Iglesia católica y ciertos sectores políticos, entre ellos el PRI, que a nivel de los estados habían bloqueado en forma exitosa el matrimonio igualitario y la interrupción legal del embarazo.

Los resultados electorales fueron desastrosos para el PRI el 5 de junio, perdió gubernaturas en siete estados, la elección intermedia en Baja California y la del Constituyente de la CDMX. Solo venció en 5 estados, un resultado poco esperado.

¿Existe un voto católico en México? ¿Puede la Iglesia católica influir en el comportamiento electoral? ¿Cómo definen su comportamiento los evangélicos? Según nuestras investigaciones de campo y encuestas, los católicos están en todas las opciones políticas y no muchos se preocupan por el aborto y el matrimonio igualitario. Sólo los militantes católicos tienen una rutina cotidiana de diálogo y discusión constante, no son muchos y es muy probable que éstos ya hubieran definido su voto por opciones conservadoras cómo el PAN. Los evangélicos son alrededor de 20 millones en México y cerca 8 millones con una vida congregacional sistemática. De acuerdo a nuestras investigaciones de campo, alrededor de 70% votaba PRI, 25% lo hacía por la izquierda (Morena-PRD) y 5% por el PAN. En las elecciones de 2015 surgió el PES, con un perfil conservador evangélico-católico, que logró 3.25%. En las elecciones del 5 de junio pasado es evidente que el PRI perdió una franja significativa del voto evangélico y que éste se desplazó hacia el PES, la izquierda y algunos al PAN.

Las iglesias, ante la debilidad mostrada por la derrota electoral del PRI, avanzan sobre el gobierno y el Estado para recuperar, consolidar y construir nuevos espacios de poder.

Profesor investigador emérito ENAH-INAH

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