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Sustituciones

En lo que va de la semana, Miquel y yo hemos ido tres veces a ver perder a los Orioles
08/05/2015
22:56
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Cuenta Philip Glass en Words Without Music, que fue durante un viaje nocturno en tren que aprendió a escuchar como músico. Era 1950, tenía 16 años y había sido admitido como estudiante de licenciatura en la Universidad de Chicago, así que tomó el expreso nocturno que conectaba su Baltimore natal con la ciudad emblema del Medio Oeste de los Estados Unidos.

Fue en ese viaje todo oscuridad y ruido, hecho en un vagón de tercera sin camas ni luces para leer, sin amortiguadores o puertas y cristales herméticos que contuvieran los tremores y rugidos de las ruedas sobre los rieles, que se dibujó la raya de su relación con la realidad. El niño marylandés que tocaba la flauta y trabajaba los fines de semana en la sección de música clásica de la tienda de discos de su padre, se empezó a convertir, en el útero de hierro del vagón de tren, en el hombre para el que la vida humana era un fenómeno secundario en la gran estructura de las armonías musicales. Lo dice maravillosamente: “La música dejó de ser una metáfora del mundo real que me rodeaba. Se estaba transformando en su contrario. Lo que me rodeaba era la metáfora y lo real era, y es hasta la fecha, la música.”

Ciertas tecnologías —algunas categorizadas como artes y otras no— tienen esa potencia, cuya fuente no siempre está tan clara. Leer o escribir, cuando el material con el que se está trabajando es bueno, siempre provoca que el mundo sea sustituido por su representación: no hay un diferencia sustantiva entre nuestros recuerdos de una experiencia y los de una lectura. Una película —pura inmaterialidad luminiscente— es más real que el teatro en que uno está sentado mientras dura. Lo mismo pasa, pero de una manera siniestra, con las redes sociales o los teléfonos inteligentes: Nueva York se convierte en una representación de las líneas y círculos de Google maps y nuestros amigos son sustituidos por los WhatsApp de nuestros amigos: ya no es necesario verlos más. Twitter vuelve innecesaria la acción política o afectiva porque el hashtag, inconsecuente, bobo y digerible como una galleta habanera, se impone como la primera capa de la realidad —es por eso que ya lo dejé.

Y están las dulces artes pedestres, los placeres, vergonzantes e incontrolables, que terminan convirtiéndose en el oriente de nuestros días: una realidad que sostiene al entorno fantasma que nos circula y jode. El Mundial de futbol es el ejemplo mejor acabado del mundo ideal que durante un mes es más sólido que el palpable: la Copa del Mundo rige desde la tele, durante sus cuatro semanas de gloria, todo lo que va de nuestra política a nuestra alimentación.

Yo tengo un vicio más severo, por extenso: de abril a octubre mi vida se reduce a una serie de trámites a los que hay que sobrevivir para, a las siete y cinco de la noche —a veces las siete y diez, en días malos las diez y diez—, ver perder, de nuevo, a los Orioles de Baltimore —irle a los Pájaros, me dijo anoche mi hijo mayor mientras salíamos de Yankee Stadium con los puños en los bolsillos, forja carácter.

Y es que no sólo las experiencias positivas son capaces de sustituir a la realidad. En lo que va de la semana, Miquel y yo hemos ido tres veces a ver perder a los Orioles. Dos en Queens jugando contra los Mets y una en Bronx contra los Mulos. Cuando se publique este artículo, seguramente habremos ido a verlos perder una vez más en la casa de los bombarderos, que es donde más duele.

¿Qué hay en esa metáfora del mundo —para ponerlo en los términos de Glass— que persiste a pesar de las derrotas sucesivas? No sé de nadie que haya dejado de parar al mundo para ver a la Selección Mexicana a pesar de que la Selección Mexicana nunca ha tenido una esperanza real de quedar campeona de algo; tampoco he escuchado nunca el grito de “play ball” sin mantener la ilusión de que los Orioles van a ganar –algo, digamos, estadísticamente improbable en Nueva York. Mientras esperábamos el Metro de vuelta a casa, Miquel y yo coincidimos en que hay una solidez en la persistencia del fracaso que tal vez sea ajena a la fragilidad de lo que triunfa: el año pasado, en que los Orioles lo ganaban todo, había algo de falso y dineylandiesco en salir del estadio con el espíritu alto: no sabíamos bien cómo comportarnos.

 

Alvaro Enrigue es escritor. Su novela más reciente es Decencia (Anagrama). Ganó el premio Joaquín Mortiz con La muerte de un instalador. Es graduado de la Universidad Iberoamericana e hizo el...

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