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23/05/2015
00:16
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1. Los cambios me disgustan. No soy berlinólatra. Es una ciudad que he terminado conociendo bien a punta de venir a trabajar en ella. Siendo muy joven yo y más bien niña la integración de los dos berlines, vine por primera vez a un festival. Alemania era un país adolorido y México uno plagado de futuro, —quién iba a pensar que los papeles se iban a invertir tan rápido. En ese primer viaje me gustó la calidad rasposa de la ciudad —es la fea que se sabe sacar partido—, su insobornable espíritu punk, su mala leche de tía resentida. Era un Berlín distinto: todavía estaba muy claro si uno estaba del lado occidental u oriental porque de un lado las cosas eran horribles y del otro también, pero de un modo distinto —lo peor del capitalismo y el comunismo entre corchetes. El hombrecito verde que cruza la calle apurado con su sombrero todavía no era una marca del cool universal, sino la señal de que uno estaba terminando la noche, otra vez, del lado de la RDA. He vuelto mucho, la he visto cambiar.

2. Manga. Llegamos a principios de mes, con las greñas propias de los que han sobrevivido a un invierno largo, que no es que haya cedido pero hay que fingir que sí –escribo esto en una terraza, pero con dos suéteres y chamarra. Una amiga nos vio tan mal, que nos recomendó una estilista en Kreuzberg. La peluquera toca los teclados en una banda de indie —seguro irónica—- y atiende en la parte de atrás de un negocio de productos de belleza naturales. Se toca un timbre, se cruzan patios, hay música, pero es la de pasado mañana; como si uno fuera a hacer algo más divertido. Tuve un problema semántico: yo fui a que me cortara el pelo, ella entendió que iba a que me hiciera un corte. Me pregunto qué van a pensar mis vecinos de Harlem cuando noten que ya no llevo mi cabeza, sino la de Astroboy.

3. Hipsters. Al día siguiente vimos a Samanta Schweblin y su marido, que viven aquí hace unos años. Ella da talleres, clases, escribe consistentemente; él abrió un bar en el que le va bien. Tienen la solidez de los migrantes que ya la libraron. Debían ser las cuatro de la tarde cuando nos vimos en una plaza: íbamos a cenar temprano porque él tiene que regresar al trabajo. Cruzamos un parque y lo encontramos a tope de adultos cheleando aunque siguiera haciendo un frío del carajo y fueran horas de escuela y oficina. Samanta se metió las manos en los bolsillos y dijo: “Kreuzberg es la única megacomunidad urbana del mundo en la que todos son becarios.” —seguro lo dijo mejor, estoy citando de memoria. El fenómeno no se limita a ese barrio, inmenso, en el que hay más hipsters que uruguayos en Uruguay. La ciudad completa es como Williamsburg, pero del tamaño de Toluca: el infierno. Es como un jueves en La Covadonga que durara para siempre y ocupara todo Iztapalapa.

4. Konzerthause. Nuestra estancia coincidió con un programa de la Konzerthaus dedicado a la generación de Ravel y Rachmaninov, que propició la revuelta de la música moderna sin haberse atrevido a dar del todo el salto a la experimentación vigesémica. La serie de conciertos fue fascinante, su publico un síntoma terrorífico: todos, absolutamente todos, rebasan los 80 años, tienen su abono desde los años de los Aliados. Los más jóvenes de la sala éramos nosotros y otra pareja de japoneses, también cuarentones y de visita. Mi esposa, en sus treintas, era directamente un escándalo. Cuando se mueran los abonados, un mundo completo, tal vez mejor, se va a terminar. Los programas de la Konzerthaus van a ser rellenados con bandas hipster, irónicas y deslavadas.

5. Y sin embargo. Salí a correr todos los días desde que llegué y nunca pude conectar ni con la ciudad ni con mi cuerpo ni con la música que iba escuchando —correr, todo el mundo lo sabe, es una tortura a la que uno se somete para escuchar música sin que nadie joda. Estuve trabajando fuera unos días, en Múnich y Frankfurt, donde corrí y conecté divinamente. Volví a Berlín y le di una última oportunidad a los tenis. El shuffle del iPod me regaló una sección de rock industrial poco visitada, más bien una cicatriz de los años menos sinceros en que era joven y tenía rabia. Me detuve un momento y busqué unas grabaciones de Ministry en el dial, seguí. Hubiera podido llegar a Núremberg corriendo si no hubiera tenido que regresar a escribir este artículo. Berlín y el rock industrial, no hay que decir mucho más, pero cuenta como un principio de reconciliación: tal vez no es Berlín, sino que ya estoy más bien del lado de los abonados del Konzerthaus.

6. Claudicación. Y están los árboles, los mejores árboles del mundo.

Alvaro Enrigue es escritor. Su novela más reciente es Decencia (Anagrama). Ganó el premio Joaquín Mortiz con La muerte de un instalador. Es graduado de la Universidad Iberoamericana e hizo el...

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