CHALCO, Méx.— Antes de que se rompiera un dique del canal de La Compañía y se inundaran varias colonias, Alejandrina tocó desesperada la puerta de sus vecinos para alertarles de la tragedia que se aproximaba: “Súbanse, súbanse que ya se soltó el agua”, les gritaba.
Era cerca de la una y media de la madrugada del viernes. “Oímos un tronido como si fuera una bomba y ¡a correr se ha dicho!”.
Con tapaboca que de nada servía para cubrirle la desolación de su rostro, recordó que “el agua venía tras de mí, si no le corro, me lleva y quién sabe dónde estaría ahorita”.
Desde la azotea de su casa se ve el boquete de 50 metros por donde las aguas negras del canal de La Compañía encontraron salida luego de las lluvias de los días pasados.
Quienes no pudieron correr fueron unos niños que se quedaron atrapados en su casa.
La suya fue la que recibió el primer impacto de la furia del río. Un joven tuvo que romper el vidrio de la ventana con su brazo para salvarlos. “Esto es lo más grave que nos ha sucedido desde hace 10 años, cuando se rompió el canal allá más adelante”, recordó una mujer quien calzaba unos zapatos ajenos pues, con la emergencia, no le dio tiempo ni de ponerse los suyos. Y aún prestados, seguían enterrándose en el lodo que alfombraba las calles de la colonia Avándaro.
De ese lado de la carretera México-Puebla, a la altura del kilómetro 27.5, llegaron cientos de elementos del Ejército. Removieron tierra, la guardaron en costales y los cargaron para tratar de desviar el cauce de aquellos líquidos cuya fetidez picaba en la garganta y en la indignación de los habitantes.
En la colonia San Isidro
Hacia el mediodía, ambos sentidos de la carretera ya no eran un gran charco como cuando amaneció.
Los dos gigantes de piedra cubiertos de nieve —el Popocatépelt y el Iztaccíhuatl— eran testigos mudos de la desesperanza de los que, abajo, pedían a gritos: “¡Tráiganos agua, tenemos sed!”.
En la colonia San Isidro, elementos de la Marina Nacional usaban sus lanchas para rescatar a quienes querían dejar sus casas ante la emergencia y que salían por las ventanas y caminaban por las cornisas para ponerse a salvo. Otras personas sacaron las suyas y que guardaban para estas ocasiones de emergencia.
La Policía Federal hacía lo mismo con sus camiones altos de redilas. Así se metió a buscar a la gente que no salió de sus casas y se mudó más por necesidad que por gusto al segundo piso porque en el primero el agua tapaba hasta más de la mitad de las ventanas y los zaguanes.
“¡Acá tenemos hambre!”, gritó una señora a los policías estatales y federales que iban aventando por las ventanas bolsas con arroz, azúcar, aceite y dos rollos de papel de baño.
“Den apoyo para todos, no sólo para unos”, exigió otra desde la azotea segundos antes de que la oleada que provocaba el camión, le tirara la frágil barda que rodeaba su casa.
Un hombre solitario cruzó más de una cuadra con el agua hasta la cintura y una televisión a sus espaldas. Entre dos más, cargaban un refrigerador. Un afortunado pedaleaba su triciclo “tianguero” donde puso a salvo más pertenencias al mismo tiempo.
Rescatistas de la Cruz Roja llevaban a niños y enfermos a la orilla de lo inundado. Mientras que en “tierra firme”, un tendero aseguró: “Desde hace 10 años que se inundó, vinieron unos ingenieros aprendices y no dejaron esto parejo, por eso se inunda”.
Enfermeras vacunaban contra la influenza. Dos mujeres en una camioneta de lujo repartieron baguettes. Mientras se formaba, una anciana se llevó la mano a la cara como signo de impotencia y con los ojos “vidriados” y en voz baja dijo: “Yo lo perdí todo, lo perdí todo”.