TLALNEPANTLA, Méx.— Los 78 años de don José Espinosa Torres no afectan su lucidez.La insólita luminosidad de esa mañana lo despertó y al asomarse fue sorprendido por una explosión en el patio de su vivienda. El impacto lo aventó contra las paredes, pero no sufrió quemaduras.
Lleva las rodillas vendadas y utiliza bastón. Asegura que un milagro salvó a su familia: ninguno murió a pesar de que su casa está en la calle Segunda Cerrada del Petróleo, muy cerca de la zona de explosiones en San Juanico. Muestra un crucifijo de metal como prueba milagrosa.
También afirma ser testigo de la sepultura de cadáveres calcinados en el predio de lo que hoy es la Escuela de Artes y Oficios (Edayo), construida a finales de los 80.
“Lo que quisiera, pero no se va a hacer, es que sacaran todos esos cadáveres y los incineraran”, dice y señala la Edayo, localizada a unos pasos de su casa, en donde supuestamente cientos de cuerpos fueron enterrados en bolsas de plástico.
“Lo que debe hacer el gobierno, en lugar de una escuela, es un centro de incineración y sacar los cuerpos a gavetas, sacar los cuerpos de ahí”, repite con insistencia.
Un muro de la casa de don José todavía tiene la marca en tizne de una cruz. Conserva el crucifijo que colgaba de esa pared, cuyo metal inexplicablemente no se fundió con el calor que destruyó los tambores de las camas, al tiempo que joyas y monedas que su mujer guardaba “quedaron hechas una torta de metal”. Tras la primera explosión su familia se negó a salir; fue lo mejor, porque hubo otros estallidos.
Uno de ellos le provocó lesiones cuyas secuelas aún padece: “La esfera me aventó de lo alto, me golpea el hombro, la cintura, la rodilla, caí sobre la boca del tanque de gas. Dije: ‘¡Señor, vamos a morir!’”.
La esfera “sacaba un gas negro que en cada resollido sentíamos que nos mataba. Vine a la puerta, quise abrirla pero estaba fundido el resortito de la chapa, jalé y lo despegué, la puerta se torció y quedó abierta. Salimos y una familia entera se estaba quemando afuera. Caminamos y cuál fue mi sorpresa al pasar sobre los muertos tirados”.
Junto con su familia sorteó los cadáveres regados en la calle y al salir al río de los Remedios el puente era insuficiente para todas las personas que huían. Un tubo se rompió y se formó en el río una columna de fuego que prendió el agua. “Algunas personas incendiadas se tiraban al agua, pero aquello estaba prendido. Todos murieron”, afirma.
Luego de la tragedia “aquí a todos nos humillaban como no tiene idea, feo, feo. Ya nomás queda recordar. Los muertos no los vamos a resucitar: lo que sí quisiera es que sacaran esos cadáveres de la escuela y los incineraran”, reitera, como si fuera uno de los pendientes de su vida.