Una mala broma de Dios
Alejandro Páez Varela
El Universal

Domingo 21 de junio de 2009



–Amor y solidaridad, desierto sufrido

Ciudad Juárez, ayer. A dos cuadras de la casa en que crecí, un soldado dirige el tráfico. Vamos por una cerveza y pasan dos patrullas que nos siguen con la punta de las ametralladoras. Así fue en el aeropuerto, cuando llegué: desconocidos que apuntan a desconocidos y todos, se supone, somos mexicanos. Ayer hubo 24 muertos, pocos más que antier. Desde hace semanas es lo mismo, aunque meses antes, allá cuando lanzaron el Operativo Conjunto Chihuahua, bajaron las ejecuciones. Me dice un amigo periodista que hay 12 mil o 6 mil o 40 mil efectivos militares en la ciudad, “pero como si hubiera tres, dos, o cien mil. Da lo mismo. Volvieron los ejecutados, las extorsiones, los secuestros. Se han multiplicado las violaciones de mujeres en la ciudad; también las desapariciones. Otra vez están cerrando los negocios. Matan a catedráticos, a luchadores sociales. Amedrentan a periodistas.”

Quien conozca Juárez, cualquiera que haya vivido aunque sea un fin de semana en esta frontera, podrá darse cuenta de primera mano (y ojalá el resto del país nunca se entere en carne propia) del fracaso de la guerra contra las drogas. Por más que quiera venderse como “valiente”, cada día queda más claro que es negligente. Que una madrugada lleguen a tu casa cien militares encapuchados, de negro, sin orden de aprehensión, sin conocimiento de un juez, y te levanten de tu cama, obliguen a tus hijos y a tus padres a levantar las manos y a tirase al piso y te batan los cuartos… Que te suceda a ti, y a tus vecinos, y a los otros, y a aquellos, todos los días… Que vivas en tu propia ciudad como si estuviera ocupada por soldados extranjeros… ¿Quién se merece esto? ¿Cómo llegamos a esto?

Yo no creo que el Ejército mexicano esté haciendo un mal papel. Está haciendo el rol que le encargaron, y punto. La estrategia del presidente Felipe Calderón contra las drogas era eso: militarizar al país. Qué lástima que nadie pudo decidir otra cosa; qué lástima que no se buscaron otras opciones, más allá de las armas. ¿A quién le preguntaron cómo llevar esta guerra, además de los estrategas de imagen y electorales? ¿Por qué el resto de los mexicanos no participamos en la decisión, si a quien menos iba a afectar es a quienes la tomaron?

Ciudad Juárez, ayer. El tema: los derechos humanos. Todos tienen una historia de violaciones qué contar. Todos se han comprado una Constitución, o la han despolvado. Algunos están documentando lo que sucede, y no es porque mis amigos periodistas se hayan unido a organizaciones civiles, sino porque la información está brotando a pasto y no hay manera de desahogarla públicamente. Entonces la guardan para mejores tiempos, para cuando llegue la inevitable hora de hacer un balance de lo sucedido aquí. Imposible que no se haga. Este balance lo hacemos los mexicanos o lo harán organismos internacionales. Pero se hará. Una guerra se libra aquí y está siendo observada. La historia la juzgará.

“Cada quien tiene su archivo de casos, de temas”, me dice una amiga. “Pero por supuesto que no los tenemos en casa. A la mía ya entraron los soldados dos veces.”

En medio del desierto, los quelites buscan lanzar una flor. La gente trata de rehacer su vida. Pero con la contracción de 18% en las manufacturas durante el II Trimestre de 2009, en una ciudad-maquiladora, el sexenio del desempleo parece ya una burla, una mala broma de Dios.

Los que pueden, se “brincan el charco” una noche de fin de semana y cenan en El Paso, Texas. La ciudad hermana se ha portado solidaria con los juarenses. El crimen organizado no brinca hacia allá, pero su mano es larga. Cuando quisieron extorsionar al dueño de una agencia de autos, se llevó el negocio a El Paso. Un día le pagaron un auto en efectivo y le pidieron que lo llevara a Ciudad Juárez. Lo llevó. Lo ejecutaron. Pagaron un auto para ejecutarlo. Así se las gastan. Querían “darle una lección” a los otros: de los criminales nadie escapa. Con soldados o sin soldados en la calle. Y están en lo cierto.

En una pared de la Secundaria Federal Número 1 había una imagen que no se me olvida, aunque el tiempo la borró. Eran las manos de José Clemente Orozco conteniendo, frenando. Y dos ojos severos que lanzaban la consigna: “Violencia genera violencia”. Da miedo tanta verdad.

Periodista



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