¡Al diablo las elecciones!
Jorge Chabat
El Universal

Lunes 08 de junio de 2009



En México durante décadas buena parte de la discusión política ha girado en torno a la división entre izquierda y derecha. Si uno era de izquierda, debía apoyar tanto al PRD como al EPR, tanto a Lula como a Fidel Castro y a Stalin. No había espacio para distinciones sutiles. En esa perspectiva, quien apoyara al PAN era, por definición, el mismo que apoyaba las violaciones de derechos humanos en Irak, y también a Hitler. La distinción entre quienes creen y juegan de acuerdo con las reglas democráticas y aquellos que no lo hacen, que es fundamental en cualquier democracia, aquí ha sido irrelevante. Sin embargo, esta división es fundamental y se presenta en la práctica en México y, curiosamente, hace compañeros de cama incómodos. Así, a pesar de que la idea de compartir posiciones con sus enemigos ideológicos les desagrada a muchos políticos y analistas, en la práctica la están compartiendo, en este caso en el tema de la participación democrática.

Desde hace varios años hay una parte de la sociedad que no cree en las elecciones. La izquierda dura nunca ha creído en ellas. Finalmente son “elecciones burguesas”, un instrumento más para explotar al pueblo. La ultraderecha tampoco ha creído en la farsa democrática, pues les dan voz y poder a las masas ignorantes que van a echar todo a perder. Al final el resultado es el mismo: las instituciones democráticas, las instituciones, los partidos —la partidocracia—, no sirven para nada. Este argumento curiosamente lo ha venido repitiendo en los últimos años tanto los partidarios de López Obrador, que en más de una ocasión ha mandado al diablo a las instituciones existentes, como sus adversarios, aquellos que vieron la recomposición del Consejo General del IFE como una concesión indebida precisamente a López Obrador. En este contexto, ahora varias voces llaman a anular el voto en las próximas elecciones.

El problema con esta posición es que, precisamente por las razones que aduce —que a los partidos les importa un bledo lo que piensen los ciudadanos—, no va a servir para nada, salvo dejarle el campo libre al partido que tiene más capacidad de movilizar el voto: el PRI. La posición anulatoria refleja sin duda un desencanto con el funcionamiento de la política que erróneamente se atribuye al modelo democrático, cuando en realidad es producto de una mala instrumentación de dicho modelo y con el hecho de que en México el estado de derecho no existe. El problema no son los partidos políticos, sino que no existen mecanismos para que éstos respondan a las preocupaciones de la población. El problema no es que los políticos sean corruptos, sino que los mecanismos para castigar tal conducta no funcionan. ¿Por qué mejor en lugar de mandar al diablo las elecciones, llamado a anular el voto, no mandamos al diablo la impunidad y la no reelección? ¿Por qué no canalizamos el malestar que existe con la democracia a hacer que la democracia funcione mejor y no a destruirla? ¿Por qué mejor no reparamos el pesebre en lugar de patearlo?

jorge.chabat@cide.edu

Analista político e investigador del CIDE



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