![]() |
| La prensa en extinción |
|
Onésimo Flores El Universal Jueves 05 de marzo de 2009 |
|
|
|
Hace mucho que no compro un periódico. Meses. La última vez fue el 4 de noviembre, día en que Barack Obama ganó la Presidencia de Estados Unidos. Ese día no pude resistir dejar 50 centavos de dólar en una máquina del Boston Globe. No lo adquirí para “informarme” del suceso —la tele y la internet lo hicieron con increíble detalle durante la víspera—, sino para guardar un pedacito de la historia. Eventualmente voy a hacer con él lo mismo que un amigo con su ejemplar del día en que ganó Kennedy. Enmarcarlo y presumirlo a las nuevas generaciones. Hoy me di cuenta de que hace mucho que tampoco compro revistas. Paseaba por el centro y me detuve en un puesto. Ahí estaban las ediciones que antes esperaba mes a mes, desde las fotos de las modelos de Sport Illustrated hasta los densos análisis Foreign Affairs. Observé la gran cantidad de títulos que hoy leo gratuitamente en internet, o que de plano escucho vía podcasts. Ahí estaban The Economist, The Atlantic, The New Yorker. Si bien vivir fuera de México me da una excusa para no comprar EL UNIVERSAL o Milenio Semanal, lo cierto es que ya no estoy tan seguro de que hoy gastaría un peso en ellos. ¿Para qué, si su contenido está en la red, de manera gratuita, actualizándose casi al instante? Por ello no me sorprende escuchar que los periódicos están en crisis. Si la gente no paga por acceder a su contenido, los medios impresos se convierten en rehenes de los anunciantes, como hoy sucede con las televisoras. Y en épocas de vacas flacas, como ahora, no pueden sino recortar su personal, reducir su tiraje o de plano cerrar sus puertas. Hace algún tiempo escribí sobre el cierre del periódico Palabra, filial del Grupo Reforma en Saltillo. Pero ahora estamos frente a una epidemia. En las últimas semanas, el Philadelphia Inquirer se declaró en bancarrota, el Detroit Free Press limitó su reparto domiciliario a tres días de la semana, The New York Times reportó pérdidas millonarias y el presidente francés anunció un rescate gubernamental para los periódicos de su país. Pareciera que en la era de la información, el productor de contenidos impresos tendrá que vivir de amor al arte o arriesgarse a desaparecer. Hay algo equivocado en el modelo, y desgraciadamente los consumidores ya nos acostumbramos. Si mañana EL UNIVERSAL comienza a cobrar el acceso a su página web, buscaríamos las noticias en el portal de enfrente. Como pocos medios quieren arriesgarse, pocos cobran. De acuerdo con el Pew Research Center, 2008 fue notable en este sentido. Por primera vez en la historia, más personas en EU recibieron sus noticias en línea que a través de periódicos o revistas. No tengo el dato para México, pero la tendencia es fácil de adivinar. Si la información es ya un bien público, los medios impresos sufren los efectos de una tragedia de los comunes. Al no pagar por su contenido, los lectores colocamos a los periódicos en la lista de entes en peligro de extinción. El asunto es preocupante, sobre todo cuando consideramos las alternativas. La opción de restringir el acceso al segmento de la población que tiene computadora, internet y probablemente tarjeta de crédito —como hacen The Wall Street Journal o Reforma— viene acompañada por un gran riesgo antidemocrático. Si no hay muchos suscriptores interesados en lugares como Iztapalapa, ¿para qué subir a la agenda temas importantes para esa comunidad? Por otra parte, martirizarse y pretender sobrevivir con poco más que idealismo y anuncios de Google, pone en riesgo la calidad del contenido informativo. Por más libre y auténtico que sea, un blog nunca tendrá la infraestructura de un periódico. Es cierto que los medios impresos de hoy están plagados de imperfecciones, pero son lo más cercano que tenemos a la plaza pública. Perderlos sin encontrar un sustituto sería terrible para democracias como la nuestra. Independientemente del modelo de negocio que emerja de la crisis, los días de los periódicos tal como los conocemos están contados. Mis nietos no conocerán a los voceadores, ni escucharán discusiones sobre la prohibición de leer el periódico durante el desayuno. Mi ejemplar con la foto de Obama les parecerá un objeto curioso —un souvenir de mis orígenes prehistóricos—, como a mí me parece extraño que mi madre guarde todavía su colección de LPs. Departamento de Estudios Urbanos y Planeación, Instituto Tecnológico de Massachusetts
|
|
© Queda expresamente prohibida la republicación o redistribución, parcial o total, de todos los contenidos de EL UNIVERSAL |