Los gobernadores
Jorge Chabat
El Universal

Lunes 02 de febrero de 2009



Durante décadas hemos sido educados con la idea de que el poderío de Estados Unidos se debe a su actitud imperialista, y a su falta de escrúpulos para defender sus intereses en el mundo. Y en efecto, ése es un elemento de la hegemonía estadounidense, pero no explica por qué se ha mantenido dos siglos como superpotencia.

Y lo cierto es que hay algo más que tiene que ver con la fortaleza interna. Y ahí es donde está la clave del poderío estadounidense: su sistema político, que le permite renovarse y corregir los errores naturales del quehacer político. Un ejemplo muy claro al respecto es la remoción del gobernador corrupto de Illinois, Rod Blagojevich. El góber en cuestión intentó vender el escaño que dejó Barack Obama en el Senado de Estados Unidos. Blagojevich fue grabado en la movida y tres meses después el Senado de Illinois votó de manera unánime destituirlo del cargo, con el voto de todos los senadores demócratas a pesar de ser él mismo miembro de ese partido. Esto es, no hubo la solidaridad partidista, que tanto se estila por estas tierras, para defender a un corrupto.

Obviamente, los demócratas se dieron cuenta que dejar al gobernador de Illinois en el cargo les iba a costar políticamente y decidieron cortar por lo sano. Ello suena muy racional en términos políticos. La pregunta que surge aquí es ¿por qué en México los partidos políticos sí defienden a sus corruptos y evitan a toda costa que sean removidos de sus cargos?

La respuesta a este acertijo político tal vez esté más en los votantes que en los partidos. Es obvio que los políticos mexicanos, si los dejan, van a ser corruptos y van a cubrirse entre sí, como ha ocurrido durante décadas. Pero, ¿por qué esa conducta irracional? Por la simple y sencilla razón de que los electores no pasan la factura cuando deben. La victoria contundente en elecciones locales del PRI en Puebla o en Oaxaca, después de los escándalos de los gobernadores priístas en el poder demuestra que el elector simplemente tolera los abusos de sus gobernantes. Es cierto, también es responsabilidad de los congresos locales y hasta de la Suprema Corte de Justicia que no le quiso entrar al toro en el caso de las violaciones de derechos humanos de parte del gobernador poblano. Pero en última instancia es responsabilidad del elector.

Mientras el ciudadano no haga su chamba y no castigue conductas reprobables de los gobernantes, el sistema democrático no va a funcionar. Y si la democracia no funciona, no se pueden corregir los errores naturales en cualquier sistema político. En otras palabras, mientras el ciudadano mexicano no ejerza su derecho fundamental —pasarle la factura a gobernantes corruptos, ineptos e irresponsables—, seguiremos siendo un país de tercera, que veremos con envidia cómo en otros lares los gobernadores corruptos se van a su casa mientras aquí se quedan para llenar las listas de candidatos con sus cuates o parientes. La culpa no es del góber sino de quien lo mantiene en su puesto…

Analista político e investigador del CIDE



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