Los malos hacen la historia
Jean Meyer
El Universal

Domingo 11 de enero de 2009



“Son los malvados los que hacen la Historia”, escribió Hegel. El 2008 terminó; 2009 empieza en el estruendo de los bombardeos y de las ametralladoras en el Congo, Ceilán, el Cáucaso, Bagdad y Gaza.

El Ejército israelí, que es lo más parecido por su composición a un pueblo en armas, intenta una vez más resolver por la fuerza un problema que se antoja insoluble. Al final de la guerra de los Seis Días (1967), Israel, militarmente triunfante, invadió la Franja de Gaza, que Egipto ocupaba desde 1948, y Cisjordania, ocupada por Jordania.

Desde aquel entonces estos territorios, cuya devolución a los palestinos ha sido mil veces pedida por la ONU, han sido ocupados por Israel, que los ha perforado con colonias que alojan más de 200 mil israelíes.

En 2005, de manera unilateral, Ariel Sharon desmanteló las colonias de Gaza y evacuó la tristemente célebre franja —digo tristemente por las terribles condiciones en las cuales vive su muy densa población—, pero la evacuó sin concertación con el gobernante legítimo de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas.

Lo que pudo haber sido el principio de creación de un verdadero Estado palestino, condición sine qua non para la paz en el Medio Oriente, no sirvió de nada por falta de inteligencia política y de generosidad, de tal manera que los palestinos de Gaza, una vez más frustrados, dieron la victoria electoral, en 2006, al movimiento radical islamista Hamas: la crisis política desembocó en la guerra civil entre palestinos y en el triunfo militar de Hamas; la autoridad de Mahmud Abbas se limita, hasta la fecha, a Cisjordania.

La lluvia constante de cohetes lanzados por los milicianos de Hamas alcanza la cuarta o la quinta parte del territorio de Israel; sin que sea necesario invocar consideraciones morales, es un error estratégico porque no puede derrotar a Israel y sí fortalecer a los duros que nunca aceptaron la evacuación de Gaza. Hoy, todo, casi todo el pueblo de Israel apoya la ofensiva militar contra Hamas. ¿Hasta cuándo? Si el Estado Mayor decide entrar en la ciudad de Gaza, su infantería sufrirá serias bajas, como las de los rusos cuando tomaron la capital chechena de Grozny, y entonces los israelíes escucharán las voces de las “palomas” suyas, que sí las hay, como David Grossman o Amos Oz.

Mientras tanto la guerra sigue y los civiles viven un infierno. Tsahal, el famoso ejército hebreo, bien puede aplastar a las milicias de Hamas y, quizá, un tiempo parar los cohetes Kassam: ¿de qué servirá? Condenará Israel a preparar la guerra siguiente, atrapado en el engranaje infernal señalado por Napoleón, cuando dijo que él no podía perder una sola batalla, mientras que sus adversarios podían perderlas todas sin ser derrotados jamás.

Recuerdo un joven palestino diciendo: “Nosotros los palestinos, no le tememos a la muerte. ¡Al contrario!”. Tsahal fabrica mártires, muchos mártires y “la sangre de los mártires es semilla” de, en este caso, combatientes.

Recuerdo el fulgor de los ojos del muchacho, fuego de ira que subía a medida que hablaba: “La muerte nos llama porque morimos por la patria y la santa religión, contra los infieles y los cruzados”. Me acordé entonces del grito del general Millán Astray, “¡Viva la muerte!”, y también del canto revolucionario francés: “Morir por la patria es una suerte digna de envidia”. No cabe duda, somos malos y los malos hacen la historia. Hoy la violencia está desatada en el planeta entero, provocando lo que los textos apocalípticos anunciaban: una confusión entre los desastres causados por la naturaleza y los desastres causados por el hombre, pero eso sería otro tema.

¿Cómo hacer para que nuestros amigos palestinos y nuestros amigos israelíes puedan darse el abrazo con el saludo tradicional: ¡Salaam aleikum, Shalom alejem!? Los israelíes de buena voluntad lamentan la miopía de los palestinos que, en su desesperación, le apuestan a la estrategia suicida del “todo o nada” de Hamas; los palestinos de buena voluntad lamentan la ceguera de los israelíes que le han quitado toda esperanza a su pueblo.

Sí, los malvados son los que hacen la Historia, pero la Historia a su vez vuelve malvados a los hombres. El miedo, el odio, la desesperación cuando duran demasiado tiempo petrifican, fosilizan a las personas que ya no pueden ni aprender ni entender ni cambiar ni inventar. Al pensar que se encuentran en un callejón sin salida, lo único que se les ocurre es matar.

jean.meyer@cide.edu

Profesor investigador del CIDE



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