Demócratas, ‘carro completo’
Juan Díaz Rebollar
El Universal

Sábado 08 de noviembre de 2008



En México, cuando un partido político obtiene la titularidad del Ejecutivo —local o federal— y la mayoría en el Congreso, lanza las campanas a vuelo porque los acuerdos políticos están casi garantizados. El partido de Barack Obama obtuvo mayoría en el Congreso estadounidense en las elecciones del 4 de noviembre, pero el carro completo no le garantiza a este nuevo presidente que su relación con el Legislativo será un día de campo.

La razón estriba en que, aunque México y EU se rigen por sistemas presidenciales, en el país del norte existen elementos constitucionales y de real politik que dificultan la creación de un gobierno unificado, aun cuando el presidente tenga mayoría en el Congreso. Entre esos elementos se encuentran:

Primero, la existencia de reelección hace que los legisladores pongan en un lugar privilegiado de su agenda las necesidades del distrito por el que fueron electos. El localismo de la política estadounidense obliga a que, un día después de tomar protesta, el legislador ya esté trabajando políticamente para su próxima reelección.

Segundo, el legislador no sólo se preocupa por el elector, también tiene que quedar bien con quien contribuyó económicamente a su campaña. En EU es muy habitual que los grupos de presión contribuyan a las campañas legislativas para influir en los resultados de la Legislatura.

En los 80, el banquero Charles H. Keating hijo llegó a reconocer públicamente que aportó 1.4 millones de dólares a la campaña de cinco senadores miembros de la Comisión Bancaria del Senado, a efecto de que relajaran la vigilancia de las actividades de ahorro y empréstito. Por esta razón el Congreso estadounidense no sólo representa un contrapeso al Ejecutivo en términos de poder; sus exorbitantes recursos económicos, legales y extralegales lo convierten en una institución no sólo independiente, sino incluso competitiva frente al Ejecutivo.

Tercero, la durabilidad de las coaliciones es muy pasajera. La existencia de partidos flexibles (sin rigidez ideológica y sin disciplina de voto) hace que los opositores de hoy sean los aliados de mañana y viceversa.

Jamás votan los miembros de un partido de la misma manera en ninguna de las votaciones importantes. Es común que un presidente someta al Congreso una propuesta muy importante, y que algunos de los legisladores de su propio partido le den la espalda. Un ejemplo es la reciente aprobación del rescate financiero propuesto por Bush, en la que sólo 46% de los legisladores de su partido lo apoyaron, al tiempo que 73% de la oposición votó a favor.

Cuarto, la productividad legislativa del Congreso estadounidense es peor que la del mexicano. Mientras que en México se aprueban alrededor de 7% de iniciativas presentadas, en EU la tasa de aprobación anda en 5%. Por ejemplo, en la 109 Legislatura estadounidense (2005-2006) se presentaron 6 mil 436 proyectos de ley en la Cámara de Representantes, pero sólo 316 fueron aprobados.

La lista podría continuar, pero no viene al caso. Barack Obama tiene carro completo, pero éste no necesariamente significa que tendrá garantizada una buena relación con el Congreso. Según la jerga de la teoría política, Obama contará con un “gobierno fuerte”, un “gobierno unificado”; según la realidad, Obama tendrá en su relación con el Congreso su próximo desafío.

La legitimidad y la fortaleza con que llega Obama a la silla presidencial es indiscutible, pero su relación con el Congreso será una prueba de fuego para demostrar de qué más está hecho. Bien decía Rousseau que el más fuerte nunca es lo bastante fuerte como para ser siempre el amo, a menos que transforme la fuerza en derecho y la obediencia en deber.

zoonpolitikon2002@hotmail.com

Politólogo



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