Corrección cambiaria
José Luis Calva
El Universal

Jueves 14 de agosto de 2008



“La sobrevaluación del peso —señaló el presidente del Consejo Coordinador Empresarial, Armando Paredes— es un problema para las empresas, que les está restando competitividad, lo que se debe a los fuertes flujos de capital que vienen por las altas tasas que tenemos actualmente”. En consecuencia, “se tienen que buscar los mecanismos adecuados para evitar que el peso se siga fortaleciendo” (El Financiero, 8/VIII/08).

De entrada, hay que reconocer la deficiencia del régimen cambiario vigente: una sobreoferta de divisas, cualquiera que sea su origen —ingresos petroleros, remesas, inversión golondrina, etcétera— puede provocar situaciones de mercado de divisas sobreofrecido, cuya característica es que a un precio real progresivamente menor la oferta de divisas se equilibra con la demanda.

La única manera certera de evitar lo anterior consiste en una estrategia de esterilización permanente: el banco central interviene en el mercado cambiario comprando las divisas excedentes con moneda nacional; y, al mismo tiempo, evita los efectos inflacionarios de estas compras mediante la colocación de títulos de deuda.

Por eso, en su carácter de economista en jefe del FMI, Michael Mussa reconoció en una desusada declaración: “El esquema cambiario de libre flotación no es panacea para mantener una economía sana en forma permanente; los gobiernos deben ser flexibles y revisar si les conviene realizar cambios en algún momento” (El Economista, 17/IX/97). Hay que tenerlo presente.

En el corto plazo, el camino idóneo para revertir la actual sobrevaluación del peso consiste en el “deslizamiento controlado”, que hace seis años sugirió a México el profesor Robert Mundell, laureado con el Premio Nobel de Economía 1999 precisamente por sus contribuciones al análisis de los regímenes cambiarios (véase EL UNIVERSAL, 1/III/02).

Hay que aprender de nuestra historia: entre marzo de 2002 y mayo de 2004, el peso mexicano experimentó un deslizamiento silencioso hasta acumular una depreciación real de 18.6% frente al dólar estadounidense, sin provocar conmociones.

Por el contrario, la tasa media de inflación fue de 4.7% anual durante ese lapso, casi igual a la observada en 2001, de 4.4% anual; en cambio, la parcialmente restaurada competitividad cambiaria contribuyó al crecimiento económico observado en 2004 (4.2% anual, contra 1.1% anual en 2002-2003).

En el largo plazo, una vez corregida la sobrevaluación a través del deslizamiento silencioso, lo recomendable es adoptar una política cambiaria permanentemente orientada a apoyar la competitividad-precio de la planta productiva nacional. Manteniendo el régimen de flotación hacia arriba, es necesario introducir un piso cambiario real próximo a la paridad de equilibrio de largo plazo (definida como la tasa de cambio bajo el cual la balanza comercial sin maquiladoras y sin ingresos petroleros extraordinarios se encuentra en equilibrio, señal de que la planta productiva mexicana es globalmente competitiva con esa tasa de cambio, situación que se observó en 1988 y nuevamente en el primer semestre de 1996).

En consecuencia, el Banco de México —simplemente comprando la sobreoferta de dólares y colocando a cambio títulos de deuda— debe evitar que el precio del dólar baje del piso de equilibrio de largo plazo, ajustando este piso periódicamente conforme a la diferencia entre las tasas de inflación mexicana y estadounidense.

De esta manera, dispondremos de una política cambiaria orientada a mantener la competitividad y el crecimiento sostenido de la economía mexicana.

Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM



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