Triste realidad
Sara Sefchovich
El Universal

Martes 29 de julio de 2008



La verdad duele. Simpatías aparte, hay que reconocerlo: muy pocos votaron en la consulta del domingo. De un padrón de casi ocho millones de electores en el DF, un magro 10% acudió y más magro fue el resultado en los estados donde la hubo. ¿Y los dos millones que esperaban? ¿Y los millones de boletas que se imprimeron?

Manuel Camacho lo vio y no se engañó, pero quiso atribuír la pobre asistencia a la publicidad del enemigo. Eso es problemático, porque también ellos hicieron publicidad. ¿Cómo explicar que los electores se fueron más por la que apuntaba a no votar que por la que los incitaba a sí hacerlo? Es que ellos creen que lo negativo pesa más que lo positivo y por eso apuntaron sus dos respuestas al no.

Pero no es tan sencillo, porque creer eso significaría suponer que los ciudadanos no piensan y que son manipulables por la publicidad (la del enemigo, no la de los convocantes), lo cual contradice el sentido mismo de la consulta, pero además afirma que sus convocantes se niegan a aceptar que muchos puedan pensar de manera diferentes a la que ellos quisieran.

Arnaldo Córdova destacó que muchos votaron por el sí, un buen 17%. Eso le pareció buena señal, pues le da legitimidad el ejercicio. Por eso Granados Chapa escribió que “el reto no es que la posición (del no) sea derrotada, sino convocar a una porción significativa de la sociedad capitalina.” Pero ¿y si el sí vino del lado amigo?

Al problema ahora es que los discursos triunfalistas se vuelven en contra. Cuando Ebrard dice que el Congreso no podrá ignorar los resultados y Cota dice que “unos cuantos diputados que representan más los intereses partidistas que los de la sociedad no pueden decidir sobre el principal bien público de México”, tienen razón: si escuchan la voz de los números, es muy claro que la cantidad de votantes no representa nada significativo en el total de la nación y que la mayoría de los ciudadanos no dijo que no.

Dos verdades salieron a la luz: la primera, que ahora se sabe con bastante certeza cuántos son el voto duro de AMLO y el FAP, ya no habrá engaño, lo sabe el enemigo.

¿Para qué se corrió un riesgo tan brutal? Puede ser que se hizo basado en fantasías, en creerse los propios discursos triunfalistas y los propios números de simpatizantes y acudientes a mítines y marchas.

La segunda, la reiteración de que en este país el partido triunfador es siempre el abstencionismo. Póngase la causa que se quiera: publicidad negativa, lluvia, incredulidad, desconfianza, desconocimiento, el hecho es que la mayoría de los mexicanos no muestran interés en votar.

Esto es lo más duro de aceptar, pues llevamos años en que la política parecería ocupar el centro de nuestra atención (si le creemos a los medios y a los intelectuales), pero resulta que no es así.

Un ejercicio de participación ciudadana siempre es cosa buena, porque nos toma en cuenta pero también porque pone en perspectiva las cosas. En esta ocasión el resultado es triste y hay que atreverse a reconocerlo para construir lo nuevo a partir (y no a pesar) de eso.

sarasef@prodigy.net.mx

Escritora e investigadora en la UNAM



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