La condición federal
Mauricio Merino
El Universal

Miércoles 18 de junio de 2008



La renovación del federalismo fue uno de los temas más relevantes que se quedaron pendientes durante los trabajos que buscaron reformar el Estado. Era previsible, tomando en cuenta que se trata del asunto más debatido de la historia de México y que, durante los últimos 25 años, las relaciones entre los gobiernos locales y la Federación han cambiado dramáticamente.

El federalismo es un tema transversal: atraviesa todos los demás asuntos que interesan a la vida de la República. Y es al mismo tiempo una restricción y una condición para el resto de las reformas. Está presente en el debate sobre la reforma energética, por ejemplo, en la medida en que cualquier decisión que se adopte sobre el uso y distribución de las rentas petroleras afectará los ingresos de los estados.

Forma parte de la agenda social, en tanto que los gobiernos municipales son parte necesaria de los programas destinados a combatir la pobreza. El federalismo ha estado como telón de fondo de las reformas electorales, mientras que el crecimiento económico sigue dependiendo, en buena medida, de las capacidades dispares de los gobiernos locales.

Hoy contamos con el federalismo más plural de toda la historia. Pero eso también significa que los gobernadores ya no responden sin más a las instrucciones del presidente. Para bien y para mal, los ejecutivos locales gozan hoy de una autonomía política que no tuvieron durante todo el siglo pasado.

Y aunque les faltan recursos fiscales, lo cierto es que su capacidad de gasto se ha duplicado en apenas 15 años. Los gobernadores siempre fueron muy poderosos, pero hoy su suerte política ya no depende de la amistad o de los humores del presidente de turno, sino de sus propias habilidades.

Sin embargo, lo mismo ha sucedido con los gobiernos municipales. En cinco lustros han ganado más autonomía y más recursos. De modo que los ayuntamientos (y especialmente los de las ciudades más importantes) también se han emancipado, parcialmente, de los controles de los gobiernos de los estados. Y al hacerlo, han hecho brotar nuevos conflictos de competencias y de espacios de acción.

De modo que el federalismo no sólo ha mudado por las reformas que se han aprobado, sino por la alternancia en las siglas políticas y por la multiplicación de las controversias constitucionales. No ha sido un cambio armonioso ni ha respondido a un diseño de largo aliento, sino que es el resultado de la disputa cotidiana por el poder.

El federalismo que tenemos ahora es, sin duda, mucho más activo y vital. Pero también es más conflictivo y contradictorio que antes.

Que los gobiernos de los estados y de los municipios no tengan espacios propios para actuar y aun cooperar sin dañarse, que los gobiernos locales no tengan incentivos para generar más riqueza, que no haya capacidad para organizar la construcción de la infraestructura que le hace falta al país, que la Federación siga teniendo delegaciones estatales con mayor peso que los gobiernos locales, o que no haya servicios profesionales de largo aliento en estados y municipios son despropósitos que han surgido de ese proceso reciente de cambios en la recomposición del federalismo.

La renovación del federalismo ha sido tan profunda como coyuntural: ambas cosas son ciertas. Por eso es conveniente volver a abrir ese tema, en busca de una solución eficiente de largo plazo. Que los defectos del cambio logrado no dominen sobre sus virtudes. Esa sí sería una verdadera reforma del Estado.

Profesor investigador del CIDE



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