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| ¿Es necesario insultar? |
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Sara Sefchovich
El Universal Lunes 16 de junio de 2008 |
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Como Andrés Manuel está muy enojado porque Felipe Calderón es el Presidente de la República y no él, busca por todos lados la forma de deslegitimarlo. La más reciente es que le ha dado por insultarlo y sus palabras son cada vez más fuertes: empezó por decirle “espurio” y ahora no lo baja de “pelele”, “inútil”, “tenga su privatización”, “discúlpese con sus jefes”. Según el diccionario, un insulto es cualquier palabra que sea utilizada por el emisor con la intención de lastimar u ofender a otro individuo, o que es considerada por el receptor como tal. Qué constituye o no un insulto es difícil de determinar con precisión, ya que se halla sujeto a convencionalismos sociales y culturales. En tiempos de la Colonia por ejemplo, circulaban panfletos anónimos contra los virreyes diciéndoles “tonto o animal”, lo cual se consideraba muy fuerte. En el siglo XIX los liberales se burlaban de los conservadores llamándolos “cangrejos” porque “dan un paso pa´delante y otro para atrás”. El tono empezó a subir a principios del XX cuando el poeta Tablada le escribió a Madero aquella copla: ¡Que paladín vas a ser, te lo digo sin inquinas, gallo bravo quieres ser, y te falta Chantecler, lo que ponen las gallinas! Pero en tiempos del PRI, esto dejó de suceder y durante años nadie se atrevió a decirle nada al mandatario. Se consideraba fundamental el respeto a la investidura, tal que cuando Villa se presentó frente a Carranza, éste le ordenó que se quitara el sombrero porque estaba frente al Presidente de la República y aquel, que era muy bravo, de todos modos obedeció. Y Ruiz Cortines cuando decía alguna mala palabra (y se le salían muchas porque como buen veracruzano era muy mal hablado) le pedía disculpas a la investidura. En los años setenta, al amparo de la llamada “apertura democrática”, volvió la moda, aunque para insultar a los poderosos había que esperar a que acabara el sexenio, cuando los atacados ya no podían hacer daño. Y entonces sí, muchos se daban vuelo diciéndoles de todo a presidentes y gobernadores y contando chismes sobre empresarios. En los ochenta, la derecha se apropió del método y se puso a hablar de “zoocialistas”, “indoizquierda” y “subamericanos”, para ofender a quienes venían de los países del cono sur del continente a refugiarse en México y contraponiéndolos a “los buenos mexicanos” y a “los ciudadanos decentes”. Pero el insulto como cosa de todos los días y cuando los aludidos aún están en pleno poder, entró a nosotros con el siglo XXI. Nunca habíamos oído lo que se dijo en la campaña electoral del año 2000 (un candidato le dijo a otro “mandilón”) ni menos habíamos imaginado siquiera que podríamos llegar a escuchar lo que se le dijo durante su sexenio al presidente Fox y a su esposa. A aquel le dijeron de todo y un novelista hasta lo acusó de “impotente” y presentó supuestos documentos médicos para avalarlo. Y a ésta, se le dijo “demente”, que “se le aflojaron las tuercas” y que “ya solo falta que salga en la televisión haciendo pipí” La campaña del 2006 ya fue prolija en insultos. El candidato de la coalición Por el Bien de Todos le dijo al primer mandatario “chachalaca” y “pájaro que hace mucho ruido” y le pidió que se callara la boca. A su vez a ese candidato los opositores le llamaron “mesías tropical” y “loco”. Y poco después, al nuevo presidente Felipe Calderón la oposición le llamó Fecal y Cacalderón. No cabe duda que como me escribió una vez un lector: “La falta de respeto a la autoridad se está volviendo un hábito. Ya no son hechos aislados sino parte de una costumbre que se va generalizando.” No voté por Calderón ni soy panista, pero como ciudadana me enoja que se insulte al Presidente de la República, pues es una investidura que merece y exige respeto. Y no sólo eso: me indigna que nadie se lo refute a AMLO y a los suyos y que les permitan recurrir a ese método aún en los sitios en los cuales se supone que se cuidan las instituciones y la legalidad, como el Senado. Y además, porque estoy convencida que buenos argumentos nos convencerían más que palabras ofensivas. sarasef@prodigy.net.mx Escritora e investigadora en la UNAM
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