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| Alimentos y ambiente |
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José Sarukhán
El Universal Viernes 13 de junio de 2008 |
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El impacto de nuestra especie sobre su ambiente empezó a sentirse cuando, de manera crecientemente numerosa, inició un proceso de cacería organizada en diferentes partes del planeta hace decenas de miles de años. Dicho impacto se incrementó sustancialmente, hará una docena de miles de años, con el aprendizaje de la domesticación de plantas y la invención de la agricultura. Desde entonces, obtener alimentos para la humanidad, inicialmente por la agricultura y más tarde por la ganadería y la pesca extensiva, ha constituido la actividad más transformadora (y usualmente destructiva) de los ecosistemas y en consecuencia de la diversidad biológica contenida en ellos. Ciertamente, la domesticación de plantas —y en menor escala de animales— ha producido nuevas entidades biológicas, inexistentes antes de esta interacción humana con la naturaleza, y nuestra especie ha creado nuevos ecosistemas manipulados: los diferentes tipos de agricultura, ganadería y agroforestería. Sin embargo, su número empequeñece comparado con las especies que se han extinguido y el número y la extensión de ecosistemas que se han perdido por la actividad agrícola, ganadera y pesquera de alta mar, especialmente después de la segunda mitad del siglo pasado. La reciente cumbre alimentaria organizada por la FAO en Roma terminó con algunas coincidencias y otras “no coincidencias” (como los referentes a acuerdos comerciales, los subsidios agrícolas y los biocombustibles), las cuales tienen que ver más con las raíces causales del hambre en el mundo y reflejaron las inamovibles agendas nacionales, en ocasiones del todo despreocupadas de las afectaciones globales que generan. Dos áreas de acuerdo fueron la ayuda alimentaria para países o regiones con severos problemas de acceso a alimentos y la necesidad de impulsar la investigación y el desarrollo agrícolas. En el primer caso, diversos compromisos de ayuda económica —aunque nada precisos en cómo operarán— permitirán, al parecer, que el Programa Mundial de Alimentos se acerque a cumplir el primer acuerdo. En cuanto a la necesidad de impulsar la investigación agrícola, las cosas no se ven claras ni a escala global ni específica de muchos países; al grado que Emile Freison, representante de CGIAR (el consorcio internacional de 47 países y 13 agencias de investigación y desarrollo agrícola) ante la reunión, comentó que sería indispensable que la disponibilidad de apoyo económico fuese conmensurado al grado de retórica sobre el tema: Estados Unidos reclama mayor apoyo a la formación de investigadores y a las instituciones de investigación, al tiempo que reduce, en 2008, en 30 millones de dólares sus apoyos al sistema CGIAR. Gran parte del problema en casi todo el mundo reside en una captura, por parte de la industria, de los elementos básicos de la producción agrícola como son: la investigación agrícola, la producción de semillas para las necesidades nacionales, los mecanismos (especialmente los internos) de distribución de alimentos, etcétera. La falta de desarrollo de tecnologías y avances acorde con las características ecológicas, sociales y económicas de los países —especialmente los pobres— es una consecuencia de esto. La posición de México, presentada en la cumbre por parte del secretario de Sagarpa, puntualizó correctamente preocupaciones sobre una política de bioenergéticos dependiente de granos básicos, el mantenimiento e incluso incremento de subsidios agrícolas como lo propone el nuevo Farm Bill de EU y los riesgos de que una agricultura mal planificada amplíe aún más la frontera agrícola en el caso de México. En relación a esto último, es importante remarcar que no será posible desarrollar una política de seguridad alimentaria nacional fuera del contexto ambiental, especialmente cuando las actuales directrices presidenciales —muy acertadamente— apuntan a una protección e incluso una recuperación del “capital natural verde” (léase ecosistemas naturales) del país. En adición, lo anterior será muy difícil de lograr sin una investigación agrícola propia y fuerte, basada en criterios ecológicos, y desde luego sociales y culturales, que nunca se obtendrá a partir de las empresas privadas o desde fuera de México. jose.sarukhan@hotmail.com Investigador del Instituto de Ecología de la UNAM
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