¿‘Quo vadis’, CBD?
José Sarukhán
El Universal

Viernes 30 de mayo de 2008



Durante 10 días (del 19 al 30 de mayo) se reúne la Conferencia de las Partes (COP) del Convenio de Diversidad Biológica (CBD) en Bonn. Unos 5 mil delegados nacionales y miembros de ONG asisten a la reunión. Uno pensaría que con tal contingente y ocho previas reuniones bienales se habrían resuelto algunas de las principales causas que generan el problema ambiental global de la pérdida de biodiversidad, tan grande e importante como el cambio climático, con el cual además tiene numerosas interacciones. No ha sido así.

En los 16 años de vida del CBD, las tasas mundiales de pérdida de ecosistemas y de poblaciones de especies, de incremento en las amenazas de extinción y la extinción misma de las especies, no han disminuido: se han incrementado. Y como pintan las cosas en el planeta, no hay visos de mejoría y es un hecho que las Metas del Milenio de la ONU sobre biodiversidad no se alcanzarán.

¿Por qué ocurre esto? Una importante razón es que la mayoría de la diversidad biológica del planeta está concentrada en los países tropicales, la mayoría en vías de desarrollo, con medianos o bajos niveles económicos y educativos y, en general, con incipientes o inexistentes estructuras científicas. Por ello, la mayoría de esos países desconocen la diversidad biológica que poseen, no tienen información de su dimensión, distribución, características, etcétera, y por lo tanto no tienen capacidad de darle valor, conservarla y manejarla racionalmente o restaurarla.

La frase de que nadie puede valorar lo que desconoce es crudamente cierta en este caso. Notorias excepciones a lo anterior son México, Costa Rica y Colombia, que han desarrollado una importante capacidad de conocimiento de su diversidad biológica. Otra razón importante es la imposibilidad de lograr acuerdos útiles en medio de la jungla de agendas nacionales existentes en el organismo intergubernamental.

La pérdida de ecosistemas —y con ellos de las especies que contienen— no es tan “taquillera” como el cambio climático: el tema no ha ganado un Oscar ni le han reconocido (aún) con un Premio Nobel. Hay varias causas. Baste decir, por ahora, que se trata de fenómenos mucho más complejos y menos bien conocidos científicamente que los involucrados en el cambio climático y que, en la pérdida de biodiversidad, el factor humano juega un papel de mayor envergadura y de naturaleza mucho más local que en el cambio climático.

La severidad del problema reside no sólo en la pérdida de especies (que ya en sí debiera ser suficiente razón), sino en la destrucción de ecosistemas, esenciales para regular el clima, mantener suelos fértiles y estables, obtener alimentos, mantener las condiciones que permiten captar agua de lluvia para abastecer manantiales, ríos, lagos. Son estos “servicios” que los ecosistemas nos han provisto siempre, y de los que dependemos totalmente, los que estamos perdiendo irreversiblemente, al menos en la escala de varias generaciones humanas.

La incapacidad de los países ricos en biodiversidad para conocer su capital natural es una de las limitantes más serias para encaminar al planeta a la conservación de su diversidad biológica. Es notable que esta situación apenas se “descubrió” años después del nacimiento del CBD y se le bautizó como el “impedimento taxonómico”. Ni el CBD ni las agencias de Naciones Unidas relacionadas al convenio han hecho algo efectivo para ir resolviendo este “impedimento”.

La actividad humana —absolutamente indispensable— responsable de la mayor transformación y pérdida de ecosistemas terrestres y marinos ha sido la obtención de alimentos para la humanidad. El tema de la actual COP es Biodiversidad y Agricultura. La agenda de la reunión enfatiza la conservación de la diversidad genética de las especies cultivadas y la repartición justa de los beneficios de esa diversidad —ambos temas importantes—, pero no hay discusión de cómo alcanzar una agricultura sustentable sin transformar más ecosistemas naturales o cómo reducir los enormes impactos ambientales de la agricultura basada en insumos químicos, frente al reto de alimentar a más de 9 mil millones de personas en cuatro décadas más. Ante los resultados y las perspectivas futuras, hay que preguntar: ¿quo vadis, CBD?

jose.sarukhan@hotmail.com

Investigador del Instituto de Ecología de la UNAM



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