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| Modelos políticos |
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Mauricio Merino
El Universal Miércoles 28 de mayo de 2008 |
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La política no sólo se desenvuelve a través de procesos e instituciones. Aunque éstos sean muy importantes, la materia prima de la política está en las personas que buscan poder. El discurso democrático tiende a matizar la importancia de los individuos en la política, porque apuesta por reglas generales y apela a su obediencia, precisamente para contrarrestar la influencia que algunas personas en particular pueden llegar a ejercer sobre las demás. De ahí que el mayor fracaso de la democracia consista en la derrota de esas reglas por uno o varios individuos capaces de reunir el poder suficiente para anularlas o ponerlas a su servicio. Cuando solamente se piensa en las reglas sin advertir el peso que ejercen sobre ellas los individuos más poderosos, se cae en una suerte de esquizofrenia política: se vive una realidad que no existe. Por eso es preciso que las normas democráticas tengan respaldo social, contrapesos efectivos a las ambiciones de poder que las niegan y capacidad de coerción. De lo contrario, la democracia puede acabar convertida en una disputa interminable entre quienes pueden darse el lujo de influir en las decisiones, y su análisis en la observación más o menos informada del juego de pugnas y negociaciones entre influyentes. Una lógica que, además, tiende a ser darwiniana: mientras más tiempo pasa, menos espacio hay para los más débiles. La ciencia política contemporánea utiliza modelos matemáticos para calcular las probabilidades de éxito de una iniciativa, de una candidatura o de una postura política, como una función del número de jugadores que participan y de los medios que tienen a su alcance para derrotar a sus adversarios, en un tiempo determinado. Es interesante, pero se olvida que la acumulación de mandos tiende hacia el monopolio, pues su tendencia es eliminar paulatinamente a quienes se oponen a ella, aunque el triunfador acabe quedándose solo (como el famoso sultán de Delhi, de Elías Canetti). De modo que para dar resultados, esos cálculos racionales deben incluir la dotación de poder de los individuos que participan en cada disputa, pues si omiten ese dato y aceptan los supuestos que ofrecen las reglas universales del juego, seguramente fracasarán, en tanto que una de las variables más importantes de la ecuación será falsa. La política como el arte de lo posible se convierte así en una técnica de la entrega: lo más fácil y lo más rápido, con el más poderoso. Bajo esa lógica implacable, la democracia mexicana recién construida está cada vez menos situada en las reglas que igualan a todos, y cada vez más en el cálculo del peso específico de los jugadores. Hasta el punto en que las nuevas reformas que se van proponiendo ya no sugieren prescindir de ellos, ni siquiera en el momento de ser concebidas. Y hasta se aplaude que así sea, pues sabemos que si las propuestas consistieran en eliminar la captura de esos poderosos, no prosperarían de ningún modo. Por eso es una captura. Así que discutimos hasta la náusea la mejor forma de resolver los problemas públicos, sin afectar sus intereses y aun celebrando que se mantengan vigentes, tras el resultado de la ecuación que busca el menor costo posible. Con esa mecánica, buena parte de las causas que han generado los problemas que afronta el país se han convertido, a su vez, en parte de la solución obligada. Así está sucediendo, por ejemplo, con la reforma educativa que se quiere poner en marcha. Celebramos un pacto político que en sana lógica debería causarnos angustia: la líder del sindicato de maestros se presenta (¿cuántas veces la hemos visto diciendo lo mismo?) como la creadora de una solución mágica al problema que ella misma contribuyó a generar. Las reglas importan muy poco, porque lo fundamental es en realidad el compromiso público asumido por la maestra a favor de la evaluación docente. De modo que nadie sabe a ciencia cierta en qué consistirá esa evaluación, porque sus contenidos todavía se están negociando. Pero según el modelo político que se nos ha impuesto debemos estar muy contentos con la sola idea de que la líder del sindicato acepte evaluar la tarea de sus profesores, como sea. En el camino, ha obtenido más ventajas y privilegios para quienes logren las calificaciones más altas y ha conseguido que las plazas se otorguen a quienes aprueben los exámenes que el sindicato negociará previamente. Pero no hay una sola palabra sobre los desempeños inaceptables, aunque éstos sean la causa principal de la tragedia educativa de México y constituyan la mayoría de los casos. La carrera magisterial se asume como un derecho adquirido, aunque sus resultados hayan sido nefastos, y el sindicato cobra, además, importancia de Estado (como lo ha dicho la propia líder del gremio), porque la política educativa que está por venir sumará a varias secretarías y no sólo a la que debe afrontar la responsabilidad principal. Todo a favor, en un trato redondo que, sin embargo, merece el mayor reconocimiento, porque al menos ya no se repartirán plazas por razones políticas. Qué alegría. Quizá ese ejemplo de captura de las reglas del juego sea el más lamentable de todos, por las consecuencias duraderas de atraso y desigualdad que ha acarreado el fracaso de la educación pública en México. Pero es sólo un ejemplo de una situación que se va repitiendo cada vez más. Cuando eso sucede en otros lugares del mundo, decimos que falta visión de Estado. Pero cuando pasa en México, decimos que es parte del modelo de negociación democrática. Yo no lo creo. Profesor investigador del CIDE
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