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| Ciudad Juárez, lacerada y triunfante |
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Javier Corral Jurado
El Universal Martes 27 de mayo de 2008 |
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Este fin de semana estuve en Ciudad Juárez, y me tocó presenciar dos escenarios contrastantes de su difícil momento actual. Me estruja mi tierra, entrañable en todas las facetas de mi vida; me duele su rostro lacerado ante la nación por la violencia criminal de las mafias del narcotráfico; siento su corazón dolorido en las angustias de mi gente. No se escapa la altiva y franca tierra del norte del terror que buscan generar con sus crímenes los narcotraficantes, que se pelean el control de esa plaza clave, principal plataforma de exportación de componentes eléctricos que se maquilan en la frontera, y de toneladas de mariguana y cocaína que se empaquetan ahí y que consume un vasto sector de la sociedad de EU. Viernes y sábado la ciudad fue presa del miedo, las calles se observaron desiertas, los comercios cerraron temprano —se registró un decremento histórico en las ventas—, lugares de diversión no abrieron, se suspendieron eventos, se pospusieron importantes reuniones de negocios y entre los cárteles hubo una nueva dosis de crímenes. El fin de semana estuvo precedido por una serie de correos electrónicos que advertían de esa nueva ola de asesinatos, entre ellos, dos policías más; 360 muertes violentas en 2008. Por supuesto, la gente se quedó en su casa. Luego, en menos de que cantara un gallo, miles de juarenses salieron a festejar que el equipo de futbol Indios de Juárez pasara a Primera División, luego de vencer al León, en su propia tierra, en la final del domingo. El triunfo de un equipo que los juarenses han hecho propio, de un deporte que la migración trajo y la ciudad va haciendo suyo —en el norte somos más beisboleros—, ha podido sacar de sus casas a una población asustada; de las casas donde quietos y expectantes los quieren los capos del narco. Lacerada, la ciudad quiere triunfar sobre el miedo, porque en las épicas gestas de sus luchas permanentes sabe que cuando eso sucede la libertad comienza. Es lección de vida, pero también una lección para los gobernantes: en el valor de sus decisiones para enfrentar a los narcos y en la profundidad de sus respuestas a los problemas sociales estará el éxito del esfuerzo que combate al mal y la injusticia para edificar el bien común. No es cuestión sólo de policías y soldados custodiando la ciudad; se requiere atender a una ciudad que lleva décadas reclamando una mejor repartición del ingreso fiscal, más obras de infraestructura y servicios públicos dignos. Una ciudad a la que durante mucho tiempo se le han negado los goces espirituales de la cultura intelectual y física, regateándole apoyo a sus creadores, artistas y promotores deportivos. No sólo de la maldad innata toma la delincuencia sicarios para sus horrores; los “rescata” del ocio, los construye en la pobreza, en la marginación, en el abandono, la humillación, en el contraste de una ciudad que posee algunas de las residencias más lujosas del mundo, rodeada de los cinturones de miseria más inexplicables, colonias populares aún sin agua potable. Ciudad Juárez necesita una mirada más profunda, más allá de lo militar y lo policiaco. Y claro, ser escuchada; la tradicional lucha contra el centralismo que se acuñó en la poesía coral desde que éramos estudiantes de la secundaria, bajo la motivación del profesor Rodolfo Machado, que adaptó a nuestra realidad fronteriza un enérgico llamado: “México, escucha: en algún punto cardinal del mapa, aprisionado por la geografía, en la desolación de tus fronteras, a la intemperie de 50 grados de un calor que florece algodonales, cerca del Bravo que le corta el agua, lejos de tu interés, de tus sobornos y de tu Torre Latinoamericana, hay un pueblo que lucha y que trabaja, y envía los impuestos de tus lujos, aun haciéndole falta a su agonía, el agua que te sobra de la lluvia”. Otro profesor juarense que aportó luces brillantes y esfuerzos generosos a la construcción de instituciones educativas y culturales en el México posrevolucionario, don José U. Escobar, escribió en 1923: “México asoma su ensangrentado cuerpo entre luminosas vibraciones intelectuales. Es necesario intensificarlas, convertirlas en radiaciones potentes y llevar hasta los espíritus más pesimistas el conocimiento de la capacidad mental y del sentimiento artístico del pueblo de México. Campeones de la cultura física —cultores de la belleza— dejaríamos de cumplir nuestra misión si no proclamásemos y defendiésemos al mismo tiempo la energía física y la fuerza intelectual. Así organizados, regeneraremos los organismos debilitados y seremos un punto de apoyo para la inteligencia”. Profesor de la FCPyS de la UNAM
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