Hace poco más de seis décadas, la creación de un Estado judío representaba un sueño imposible, iluso, utópico, cuando —apenas terminada la Segunda Guerra Mundial— el mundo occidental se preguntaba cómo reaccionar ante los para ellos recién descubiertos horrores de la barbarie nazi.
Ahora que Israel está festejando su 60 aniversario, vale la pena preguntarse si la promesa de sus fundadores se ha cumplido, si lo que los judíos ven
como el cumplimiento de la palabra divina y los palestinos como una catástrofe es en efecto una realidad perdurable y sustentable.
El Estado de Israel es como una isla en el Medio Oriente, rodeado de países árabes que le guardan recelo o franca enemistad, con un sistema de gobierno democrático que contrasta con casi todos los de la región y con una serie de valores políticos, éticos y sociales que lo acercan mucho más a EU o a naciones europeas que a sus vecinos.
Esta especie de Suiza en el Medio Oriente nos recuerda todos los días la recompensa a la perseverancia, al espíritu de sacrificio, y a ese abstracto concepto de la “justicia divina” que en ningún lugar y con ningún otro pueblo esta mejor expresado que con los judíos y su aún joven nación. Y es que tras siglos de persecuciones y discriminación, después de haber sido expulsados de su propia tierra y condenados a vivir en la segregación y el maltrato que les propinó el mundo cristiano, los descendientes de Abraham encontraron al fin su remanso.
Bien poco les duró la tranquilidad, pues más tardaron la comunidad internacional en aceptarlo y el fundador de Israel, David Ben Gurion, en proclamar la fundación para los judíos de su propio país que sus vecinos en lanzar una fútil guerra que buscó desalojarlos, intento en el que persistieron inútilmente desde entonces, más aun —es justo decirlo— con el gradual debilitamiento de la unidad árabe, al aceptar primero Egipto y luego Jordania el derecho a existir de su vecino.
Yo tuve la oportunidad de vivir en Israel de 1971 a 1974, y me tocó vivir los días de incertidumbre de la última guerra formal, la llamada del Yom Kippur, que acabó para siempre con la sensación de seguridad y de invulnerabilidad de los israelíes, que se habían acostumbrado a ver a sus fuerzas armadas siempre victoriosas. A partir de entonces, y por distintas vías, la sociedad y los sucesivos gobiernos israelíes han buscado soluciones a la difícil coexistencia no sólo con las naciones vecinas, sino principalmente con los palestinos que viven dentro y fuera de Israel.
Muchas cosas han pasado y muchas otras han cambiado desde entonces: Israel es hoy mucho más complejo en su composición étnica y en la manera en que sus habitantes conviven. La llegada masiva en los últimos años de inmigrantes de Etiopía y de la antigua Unión Soviética ha transformado —algunos piensan que para bien y otros que no tanto— a la sociedad israelí, que además debe enfrentarse al reto del crecimiento desproporcionado de dos sectores que poco o nada tienen en común: los judíos ortodoxos y los palestinos.
Los primeros tienen un efecto polémico sobre una nación que nunca fue —ni podía haber sido— laica, pero que ahora está más influida que nunca en su historia moderna por extremistas religiosos, con todo lo que eso implica. Por su parte, los palestinos representan una franja poblacional creciente y en un futuro nada lejano pueden llegar a convertirse en la mayoría numérica en la nación judía, lo cual significaría una contradicción mayúscula y un conflicto interno de grandes dimensiones.
No es imaginable un Estado judío en que la mayoría de sus habitantes no compartan esa fe. Es ese, tal vez, el argumento más contundente a favor de la creación de un país propio para los palestinos.
El diablo, como siempre, está en los detalles.
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