Los monstruos anónimos
Fausto Pretelin Muñoz de Cote
El Universal

Sábado 03 de mayo de 2008



Sus vecinos lo consideraban un hombre normal. Casado con Rosemary, con quien procreó siete hijos, Josef Fritzl es un técnico electricista jubilado que, hasta hace algunos días, se dedicaba a administrar las propiedades que adquirió durante su vida laboral. Como muchas personas de 72 años, la vida de Josef se encontraba en transición. Con más horas de ocio que de trabajo. Pero cuando los vecinos lo describían como una persona normal, no estaban diciendo absolutamente nada.

En realidad, el calificativo de “normal” esquiva la descripción de los rasgos que habitan en el subterráneo de su conciencia. Los sótanos son metáforas, representan la vida paralela en la que, desde el anonimato del ser humano, se esconden las perversidades que la cotidianidad y las leyes sancionan.

Josef Fritzl tenía un sótano de 60 metros cuadrados en su casa en Amstetten, a 100 kilómetros de Viena, Austria. Una sola ventana, un baño, cuatro pequeñas habitaciones y una diminuta cocina. A lo alto se podía crecer hasta 1.70 metros. Para la altura promedio de un austriaco puede resultar frustrante.

En el sótano Josef Fritzl escondía a su otra familia. A su hija-concubina, Elisabeth y a sus hijos-nietos. A su hija la esclavizó durante 24 años. La violaba y la golpeaba como parte de la cotidianidad. Con ella tuvo siete hijos (14 hijos repartidos equitativamente entre su esposa Rosemary y su hija-concubina). Uno de ellos murió poco tiempo después de haber nacido. A tres de ellos los llevó a la superficie presentándolos primero como nietos y posteriormente como adoptados y a los otros tres los encerró en el sótano. Estos tres últimos tienen en la actualidad cinco, 18 y 19 años. Nunca habían visto la calle.

A la sociedad, Josef Fritzl le avisó que su hija Elisabeth había abandonado su casa para integrarse a una secta. A la policía le presentó una carta firmada por la propia Elisabeth: “No me busquen, me encuentro bien y no quiero regresar a casa de mis padres”.

Al cuidar a sus nietos, el matrimonio fue despertando admiración entre sus vecinos. La única queja era el mal olor que escapaba de la caldera. Josef no sólo quemaba los desperdicios de sus prisioneros. También quemó al hijo que murió poco tiempo después de haber nacido.

La primera reacción que ha tenido la sociedad ante este caso es la de calificar de enfermo a Josef Fritzl. Pero como apunta el doctor Alberto Fernández Lira, presidente de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, señalar a Josef Fritzl como un enfermo “nos evita el trance de aceptar la maldad en nuestra especie”. Al hacerlo hay un costo muy alto: “El de negar la responsabilidad que tienen los individuos de sus actos y el de asociar, una vez más, por un motivo falso, la enfermedad mental grave con la violencia”.

Generalmente el ser humano señala a los otros como la causa de todos los males. Son los otros los ilegítimos, los corruptos, los locos, los culpables. Son los del otro partido quienes llevan por mal camino a nuestro país. Son los de la otra empresa quienes monopolizan el mercado. Son los de otro país quienes propagan la xenofobia. Es Estados Unidos el culpable de la situación mundial. Los intolerantes son los otros. Nuestro partido político es el único que busca el bienestar de nuestro país. A nuestra empresa sí le interesa el consumidor. Mi país es ejemplo para el mundo.

La moral siempre se ha manipulado como se hace con la plastilina. Un ejemplo muy descriptivo son los automovilistas. Una vez que cogen el volante se convierten en jueces del buen manejo. Los otros son los que no saben manejar, los que le pagan mordidas a los policías, los que no respetan el paso de peatones, los que violan las indicaciones de los semáforos, los que provocan accidentes. Siempre serán los otros los culpables.

Internet es, por definición, un mundo virtual. En él existen miles de millones de vidas paralelas. Algunas de ellas son muy agradables. Muchos cibernautas interactúan con gente anónima. Juegan ajedrez. Intercambian experiencias. Desdoblan la relación virtual en una real. Ingresan a redes sociales para abrir las puertas del mundo. Muchos estudiantes mexicanos viajan a Europa y se hospedan de manera gratuita en casas de personas que conocieron a través de la red.

Pero hay otro tipo de mundos anónimos. Aquellos que son cómplices de la monstruosidad humana. Por ejemplo, el de los pedófilos. ¿Qué seguridad tiene usted de que su hijo o hija no esté en contacto con un pedófilo a través de internet? Uno de los 12 perfiles del pedófilo, descrito por siquiatras especialistas sobre el tema, es el de una persona integrada a la sociedad, con niveles elevados de estudio y cuya convivencia familiar es ejemplar.

Salen muy temprano de casa, abordan el Metrobús o su auto de lujo para llegar a tiempo a la oficina. Son eficientes con su trabajo y mantienen una buena relación con sus compañeros. Al salir de las oficina van al club deportivo, juegan tenis e intercambian opiniones con los amigos del vestidor. Al terminar regresan a casa para cenar con la familia.

Pero antes de ir a la cama visitan la computadora. Se comunican con una niña de 12 años que vive en Brasil. Él le dice que tiene 13. En realidad tiene 65. La confianza se genera. Pasan los meses y él le pide a ella que le envíe una fotografía en la que aparezca con poca ropa o totalmente desnuda. Al enviársela él la comienza a chantajear. En caso de que ella rompa la relación, él está dispuesto a colocar su fotografía en Facebook para que todos los amigos de ella la vean desnuda. A este fenómeno se le conoce como grooming.

Las vidas paralelas incrementan el número de habitantes en el mundo. Josef Fritzl tenía la suya. El monstruo del anonimato se convertía en un electricista afable cuando salía del sótano. Durante 24 años fue considerado como un hombre normal. Ya no.

pretelin@itam.mx

Profesor de Estudios Generales en el ITAM



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