El Papa en Estados Unidos
Jean Meyer
El Universal

Domingo 27 de abril de 2008



Del martes 14 al domingo 20 de abril, Benedicto XVI estuvo en Estados Unidos, no para festejar su aniversario número 81, tampoco para celebrar el 200 aniversario de la fundación de las diócesis más antiguas, las de Baltimore, Boston, Nueva York y Washington, sino para encontrarse con la gran nación fundada por los protestantes radicales, nación que cuenta ahora con 70 millones de católicos, la cuarta parte de una población de 300 millones. La Iglesia católica estadounidense es la que más dinero manda al Vaticano y la tercera parte de sus feligreses son de origen latinoamericano, con una mayoría de mexicanos. Con una agenda muy apretada, el Papa fue recibido al principio por el presidente Bush, celebró una misa multitudinaria en el estadio de beisbol de los Nacionales en Washington, luego fue a Nueva York donde pasó tres días marcados por una visita a la sinagoga de Park East, una intervención en las Naciones Unidas el mismo día viernes, una misa en San Patricio, la catedral de la ciudad y corazón de la catolicidad norteamericana (con su altar a la Virgen de Guadalupe), una visita el domingo a la “zona cero” de las desaparecidas torres gemelas y finalmente otra celebración multitudinaria en el Yankees Stadium. Un rosario de símbolos de principio a fin.

¿Y el contenido?, me dirán ustedes. Desde un principio, en el avión que lo llevaba de Roma a Washington, el Papa abordó el tema de los curas pederastas al declararse “profundamente avergonzado” por los abusos sexuales cometidos por sacerdotes y al afirmar que tal conducta es incompatible con el ministerio sacerdotal. No contento con decirlo a la prensa, durante la misa que celebró en San Patricio, se refirió cinco veces a dicho escándalo histórico; el jueves, en Washington, se reunió media hora con seis víctimas de estos abusos después de pedir perdón, a nombre de la Iglesia, ante 46 mil fieles: “Mis palabras no son capaces de expresar el dolor y el daño infligido por esos abusos”.

La misa en el estadio de los Nacionales, en Washington, fue seguida con fervor por una multitud y los numerosos “hispanos” o “latinos” se entusiasmaron aún más cuando el Papa acabó la misa en español. Pero Washington es también el centro de los poderes federales y los encuentros amistosos entre el presidente Bush y el Papa sirvieron para que Benedicto XVI pidiera, suave pero firmemente, más diplomacia a EU y aconsejara que contaran con “el apoyo paciente de la diplomacia internacional” a la hora de resolver los conflictos. Los dos hombres coincidieron en su condena del aborto y del terrorismo.

El viernes, en Nueva York, el Papa sorprendió al visitar la antigua sinagoga ortodoxa de la calle 68 (East), a invitación del rabino Arthur Schneier, sobreviviente del genocidio. Es la primera vez que un papa visitaba una sinagoga en Estados Unidos y comentó con emoción la próxima celebración de la Hagada de Pessaj, la Pascua judía, al decir que “Jesús, como niño y adolescente había escuchado estas mismas palabras de las Escrituras y rezado en un lugar como aquél”. El rabino Schneier, no menos conmovido, le dijo: “Su presencia nos da esperanza y valor para el camino que tenemos todavía que recorrer juntos”.

El mismo día, en las Naciones Unidas, el Papa advirtió contra los que socavan la autoridad de la ONU, pidió unidad en las crisis humanitarias y afirmó que la comunidad internacional tenía el derecho y el deber de intervenir en tales casos; recalcó la universalidad de los derechos humanos: “Si los estados no son capaces de garantizar la protección de los más débiles, se ha de intervenir con los medios jurídicos previstos por la Carta de la Naciones Unidas”. Después de esa crítica velada a la guerra de Irak decidida por EU contra la voluntad de la ONU, resumió sus discursos en una frase de San Agustín: “No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti”.

Su estancia en Nueva York culminó el sábado con una visita a la “zona cero” de Manhattan durante la cual criticó la sinrazón terrorista que ideó los atentados de septiembre de 2001 y recordó a todas la víctimas, así como a los bomberos que murieron haciendo su deber. Habló directamente con 24 personas relacionadas con los difuntos durante unos momentos demasiado intensos. Luego celebró la liturgia eucarística en el histórico estadio de los Yankees, frente a 60 mil personas, entre los cuales muchos compatriotas y familiares nuestros. Advirtió a los “hispanos” contra “el egoísmo y los caprichos del país de la libertad” “de una sociedad que justamente da mucho valor a la libertad personal”. Como en Washington el Papa habló a ratos en perfecto español a la multitud y recordó que para la Iglesia los inmigrantes merecen justicia y respeto. “Queridos hermanos y hermanas, aquí en este país de libertad, quiero proclamar que la palabra de Cristo no elimina nuestras aspiraciones a una vida plena y libre, sino que descubre nuestra dignidad de hijos de Dios y nos alienta a luchar contra todo aquello que nos esclaviza, comenzando por el egoísmo”. Pidió a los “hispanos” que sean “sembradores de la esperanza (…) contribuyendo al futuro de la Iglesia en este país y a la difusión del evangelio”.

Los que habían pronosticado un viaje muy difícil, marcado por grandes manifestaciones de hostilidad tanto por parte de ciertos protestantes como de ciertos católicos, quedaron decepcionados. El dizque frío intelectual, “Herr Profesor Doktor”, implacable inquisidor, “Panzerkardinal”, manifestó grandes cualidades y aprovechó su estancia en EU para sincerarse y develar su cara más humana.

jean.meyer@cide.edu

Profesor investigador del CIDE



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