Antihistoria
Germán Martínez Cázares
El Universal

Martes 08 de abril de 2008



Maquiavelo, uno de los padres del Renaci-miento, sembró la idea de que la vida política debía de estar animada desde instituciones.

La santa república, decía, es aquella en la que se aconseja con libertad, se delibera con prudencia y se ejecuta con fidelidad; en la que los hombres sienten “la necesidad de abandonar sus conveniencias personales en la deliberación de los asuntos para mirar únicamente al bien común”, en la que no existe “quien alimente los odios, las enemistades, los contrastes y las facciones” (Minuta de Disposiciones para la Reforma del Estado de Florencia, año de 1522).

Gobernar, desde Maquiavelo, jamás será un acto personal temporal, sino la voluntad permanente de una comunidad expresada a través de una institución. Con ello, el florentino deja en la Edad Media al voluntarismo personal para conducir una nación.

En el tema del petróleo, parte de la izquierda radical quiere regresar al país a la Edad Media. Al deseo personalísimo de un individuo para gobernarnos. El desafío para una de las instituciones de la República, concretamente el Congreso, está abierto. Las amenazas de bloqueo siguen patentes. La propuesta energética primero le tiene que gustar a López Obrador. El ex candidato presidencial no está dispuesto a jugar en el terreno pacífico, democrático e institucional. Su apuesta es la violencia, los odios, las enemistades, los contrastes y las facciones. Sabe que en el río revuelto pudiera ganar.

Ante el argumento violento y antiparlamentario de López Obrador, el fin de semana coincidieron los tres principales partidos en sus sesiones de Consejo Nacional en “debatir en el Congreso”, cualquier iniciativa para fortalecer o reformar a Pemex. Ese compromiso no se debe perder.

En su sesión Consejo Político Nacional, celebrada en Veracruz, Beatriz Paredes, dirigente nacional del PRI, expresó la siguiente frase: “El PRI está por encima de la urgencia de la derecha por forzar, mediante diagnósticos catastrofistas, decisiones antihistoricas que enajenan el patrimonio de la nación”.

La declaración de la presidenta nacional del PRI es criticable no por rechazar el diagnóstico que de Pemex hizo la Secretaría de Energía, ni tampoco por la crítica a la supuesta premura que le endilga a la derecha; Beatriz Paredes no puede acusar al PAN (me pongo el saco de la derecha sólo para efectos de réplica) de promover “decisiones antihistóricas”. Ese argumento también es medieval, porque es herético. La historia nacional no fue revelada sólo a algunos. La historia la hacemos todos.

Ninguna decisión del Parlamento o ninguna iniciativa de ley puede ser antihistórica. Puede, acepto, ser contraria a un ciclo de la historia, pero ¿acaso proponer la autonomía del Banco de México fue antihistórico? ¿También fue antihistórico votar PRI y PAN la creación del Instituto Federal Electoral, en un México donde históricamente se registraban voces a favor del fraude electoral patriótico? La labor del Congreso es histórica. El argumento de la antihistoria tiene una sensación de exclusión e intolerancia.

El credo de que la evolución humana es previsible y alguien puede dictarle normas a la historia y, por tanto, declarar “lo antihistórico”, fue ampliamente derrotado por Karl R. Popper en su majestuoso ensayo “La miseria del historicismo”. Pretender ordenar sistemáticamente a la historia y, peor aún, sentenciar lo que es “histórico” de lo desechable, es, diría Popper, “atractivo emocionalmente”, pero nada más, no es útil para provocar la historia.

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Privatizar Pemex no, muy bien, todos estamos de acuerdo. Y estatizar Cemex, ¿todos estamos de acuerdo?

Presidente nacional del PAN



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