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| Aviso a tiempo |
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Macario Schettino
El Universal Lunes 31 de marzo de 2008 |
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Después de un desastre elec-toral, el líder decidió transformar su lucha por el poder e iniciar el uso de escuadras, para enfrentar a quienes él llamaba enemigos internos de la nación. Sus tácticas se centraban en la humillación de los adversarios y en la constante referencia a la revolución. Acompañaba la movilización de estos grupos con arengas públicas, y poco después con uniformes, saludos y cánticos. (Paxton, 58-64). El líder sabía cómo aprovechar la situación, jugaba hábilmente con los miedos y resentimientos de la gente, con incesantes reuniones públicas, la intimidación de los adversarios, la euforia de las multitudes y las arengas febriles. Para él, la acción directa y la electoral eran complementarias, no contradictorias. Eso significaba mantenerse superficialmente en la legalidad institucional. La oportunidad de una crisis económica le permitió a su partido pasar de un 3% a ser el segundo en el Congreso (Paxton, 64-67, 91-93). Los dos párrafos previos provienen del libro de Robert Paxton, The Anatomy of Fascism, y he indicado las páginas, para mayor claridad de las referencias. El primero de ellos se refiere a Mussolini, el segundo a Adolf Hitler. En ambos casos, se describe el proceso por medio del cual estos líderes lograron instaurar regímenes totalitarios en sus países. Años después, ambos serían parte de una de las más grandes demostraciones de la miseria humana, la Segunda Guerra Mundial. Se los comparto porque el crecimiento de esos movimientos totalitarios fue posible, en parte, por la omisión de la sociedad. Mientras estos grupos crecían, y se volvían cada vez más violentos, la prensa no reaccionaba y los intelectuales no intervenían, o incluso algunos apoyaban dichos movimientos. En un sistema político débil, estos movimientos pronto se hicieron del poder, con los resultados que usted conoce. La democracia, sobre todo cuando apenas inicia, es frágil. Faltos de experiencia, los políticos no pueden enfrentar eficientemente a líderes demagógicos. Si la sociedad no defiende la democracia, la pierde. Hoy, estoy convencido, tenemos que defender la democracia. López Obrador ha anunciado la constitución de brigadas, medidas en miles de personas, para enfrentar las instituciones. Se pretende impedir que el Poder Legislativo cumpla con sus funciones. Se dice que para ello se realizarán “acciones pacíficas”, como impedir el acceso al Congreso, e incluso a aeropuertos y carreteras. Por una pérdida paulatina de racionalidad, en México calificamos de pacíficas acciones que ejercen violencia, como lo comenté con usted hace unas semanas. Confundimos la libertad de expresión con el abuso en la presión política. ¿Qué tiene de pacífico impedir el desarrollo de la vida normal de las personas? ¿No es éste un caso claro de violencia? Porque si usted intenta transitar por donde normalmente lo hace, se lo impedirán físicamente estas brigadas, como lo han hecho por décadas los profesionales de la manifestación. Todos los mexicanos tienen derecho a mantener su opinión y expresarla, acerca de cualquier tema público. Pero nadie tiene derecho a amenazar, ni a los que opinamos ni a los que legislan. Mucho menos si esa amenaza se realiza en la plaza pública, con toda la parafernalia posible (financiada con dinero público, por cierto), argumentando, como lo hicieron Mussolini y Hitler, las profundidades del alma nacional, las tradiciones milenarias, los usos y costumbres, la religión cívica del nacionalismo revolucionario. Todos tenemos responsabilidad en impedir que este tipo de iniciativas continúe. Porque ya sabemos en qué terminan. Porque ya conocemos bien al líder, y a sus seguidores. Porque ya es muy evidente qué quieren y qué están dispuestos a hacer para conseguirlo. Nadie, desde ahora, puede llamarse a sorpresa. La democracia se defiende a través del debate público. No callemos frente a las amenazas. www.macario.com.mx Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
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