Viernes Santo
Jean Meyer
El Universal

Domingo 23 de marzo de 2008



En 1965, el concilio aprobó casi por unanimidad una resolución a propósito de las relaciones entre católicos y judíos. “… los judíos no deben ser presentados como rechazados o condenados por Dios…”. Los sufrimientos y la muerte de Cristo “no pueden ser atribuidos a todos los judíos, sin distinción, entonces en vida, tampoco a los judíos del tiempo presente”.

Finalmente mencionaba el amor eterno de Dios por los judíos. Así los padres conciliares pusieron fin a una tradición de antijudaísmo teológico, tan fuertemente arraigada que —me lo dijo alguna vez el arzobispo (entonces) de Marsella, Roger Echegaray— se aprendía en el seminario, que los judíos eran un pueblo “rechazado, reprobado, execrado por Dios”.

¿Por qué tal cambio? Porque el Espíritu Santo pasó sobre el concilio, dicen algunos; otros piensan que el impacto del genocidio cometido por los nazis fue un factor decisivo, pero en aquel entonces no se hablaba tanto de la Shoah como hoy. Tuvieron un papel decisivo un historiador francés y un papa italiano, dos venerables ancianos, Jules Isaac y Juan XXIII. Jules Isaac, el fundador de la prestigiada colección de manuales de historia, Malet-Isaac, colección publicada en español en México por las escuelas católicas, era un hombre agnóstico, con antepasados judíos nada religiosos, un linaje de militares que remontaba a la Revolución Francesa.

Como francés despojado de su nacionalidad por un gobierno antisemita pro-nazi, como hombre que perdió a su esposa y su hija asesinadas por los nazis, como historiador quiso entender la naturaleza y los orígenes del mortífero antisemitismo nazi.

El resultado de sus investigaciones se encuentra en sus libros Jesús e Israel, la enseñanza del desprecio, ¿tiene el antisemitismo raíces cristianas? Sin confundir nunca el antisemitismo moderno, con el antijudaísmo cristiano tradicional, católico, ortodoxo y protestante, señaló sin odio ni demagogia la responsabilidad de los cristianos, y presentó sus conclusiones al papa Pío XII.

Vale la pena contar el encuentro entre los dos hombres. Concretamente Jules Isaac señaló al papa que en medio de la hermosa liturgia del Viernes Santo, algo podía tomar una terrible significación. Al final del oficio viene una serie de oraciones y al final de cada una, el sacerdote dice “doblemos las rodillas”, menos cuando reza por los judíos en esa forma: “Oremos así mismo por los pérfidos judíos, para que Dios nuestro Señor quite de sus corazones el velo que los ciega, a fin de que ellos también puedan conocer a Jesucristo nuestro Señor”.

En el misal de 1950 se podía entonces leer entre paréntesis: “(No se repite Oremos, ni se doblan las rodillas, sino que se dice inmediatamente) Omnipotente Dios, que ni la misma perfidia judaica excluís de vuestra misericordia, admitid las súplicas que en vista de la obcecación de aquel pueblo os presentamos, para que conocida la luz de vuestra verdad que es Cristo, salga de sus profundas tinieblas”.

El mismo misal comentaba que la omisión de la genuflexión a la hora de la oración por los judíos se hacía “en demostración del horror al deicidio”, o sea que los autores retomaban la terrible acusación de deicidio contra los judíos que contribuyó poderosamente al antisemitismo popular entre los cristianos. Eso cuando en varias ocasiones grandes teólogos habrán demostrado, contra otros grandes teólogos, lo absurdo de tal acusación; eso cuando el concilio de Trento había definitivamente barrido tal patraña como lo diré más adelante.

Pues, Jules Isaac no pidió mucho al papa, le pidió que indicara a los católicos que cometían un error al traducir la palabra latina perfidis por pérfidos; muy cierto, contestó Pío XII, y dijo que el sentido sería “fuera de nuestra fe”. Isaac le hizo notar que la omisión de la genuflexión era una humillante discriminación instaurada en el siglo VIII, totalmente ignorada por la Iglesia de los primeros siglos.

En 1955, una reforma litúrgica dio satisfacción al historiador francés. Juan XXIII fue más lejos cuando en 1958 o 1959 canceló sencillamente las palabras latinas de perfidis y perfidiam de la oración del Viernes Santo. Así se preparó el terreno para el concilio y su decisión de 1965.

Somos incultos y sin memoria. La resolución conciliar no hubiera sido necesaria si los católicos hubiesen conservado la doctrina de la Pasión tal como la presenta el Catecismo del Concilio de Trento (1545-1563): “Resulta que, si uno quiere buscar el motivo que llevó el hijo de Dios a sufrir tan dolorosa Pasión, encontrará que fueron, además de la falta hereditaria de nuestros primeros padres, los pecados y los crímenes que los hombres han cometido desde el principio del mundo hasta hoy, y los que cometerán hasta la consumación de los siglos (…)Debemos pues ver que… son nuestros crímenes los que hacen sufrir a NSJC el suplicio de la Cruz”.

Más adelante, el texto condena el error de acusar a los judíos y repite “judíos y gentiles fueron igualmente los instigadores, autores, ministros de su Pasión”. Punto final.

Para los cristianos, lo que ha cambiado 450 años después del concilio de Trento es que por fin han entendido lo que se les quiso decir en aquel entonces: los cristianos deben saber y aceptar, como lo repitió muchas veces Juan Pablo II, la permanencia del pueblo judío después de la Encarnación de Cristo. Esa permanencia contribuye a la salvación de las naciones. Se acabó el tiempo del desprecio y del odio. Juan Pablo saludó “nuestros hermanos mayores” y “el pueblo de Dios de la Antigua Alianza que nunca fue revocada”.

Y ahora que ciertos “cristianos viejos” me acusen de ser un “converso” y no faltará el “antiimperialista” que me denuncie como “sionista”. Allá ellos.

jean.meyer@cide.edu

Profesor investigador del CIDE



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