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| ‘Yorch’: enojo con Dios |
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Esteban Moctezuma Barragán
El Universal Viernes 21 de marzo de 2008 |
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A sus 19 años, una preocupación albergaba Jorge antes de morir: no quería que su familia o amigos se enojaran con Dios por lo que le estaba sucediendo. “Yorch” vivía sus últimas horas y, lejos de proponerse como una víctima, tranquilamente consolaba a los demás diciéndoles que estaba preparado para trascender. Él reconocía, con la madurez de un “maestro de la vida”, como lo calificó su papá, que había luchado contra el cáncer mientras hubo esperanza y que, al saber que había llegado el final de su vida en este planeta, estaba preparado para morir. Hace apenas unos días, también había fallecido su abuelo, Jorge Barbará Zetina. Durante sus funerales, Jorgito sacó fuerzas para acompañar a su familia como un nieto más, haciendo el esfuerzo de participar en las ofrendas y lecturas que se ofrecieron en su memoria. A pocos días de agotar también su última gota de energía, “Yorch” disimulaba sus dolores y malestares para no importunar a alguien. La muerte a tan temprana edad es un arrebato, como si una fuerza lo hubiese arrancado injustamente del banquete de la vida. Y Jorge sabía esto, por lo que, con toda sensatez, le decía a su hermano Andrés: no quiero que nadie se enoje con Dios por mi muerte. La muerte de un joven no tiene explicación con axiomas estrictamente humanos. Jorge hablaba con sus primos de la relatividad del tiempo. “A mí me tocó vivir menos tiempo”, pero, ¿qué es el tiempo para el cosmos? ¿Qué es el tiempo para la eternidad? ¿Qué es el tiempo para Dios? Recuerdo al astrónomo Carl E. Sagan, quien realizó un trabajo interesantísimo al hacer una tabla que ilustraba toda la historia de nuestro planeta comprimida en un año. En esta tabla, si la existencia de la Tierra fuese igual a un año, la aparición del ser humano se hubiera dado ¡en los últimos segundos del año! Esto quiere decir que desde el punto de vista cósmico, todos los seres humanos casi nacemos y morimos al mismo tiempo. Yorch tenía razón. Pero lo verdaderamente sorprendente de Jorge es que supo manejar su enfermedad y su muerte, no sólo desde el ángulo cósmico y espiritual, sino también el eminentemente humano. Previó lo que iba a significar su ausencia para sus padres, hermanos y amigos, y los preparó para ello. Al aceptar con tanta dignidad y fe su muerte, señaló la forma de digerirla. En congruencia, murió en paz, y no escribo una frase armada, Yorch, efectivamente murió en paz, transmitió paz, sonrió al expirar y llenó su cuarto de Dios. Cada vez que sus seres queridos lo recuerden, van a sentir con paz, el dolor de su ausencia. ¡Qué lejos se encuentra ya la Semana Santa como signo de reflexión y meditación sobre la muerte! El recuerdo de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo es el motivo fundacional de esta semana, transformada en unas vacaciones más para recuperar el aliento, ante las penurias de la vida moderna. “Yorch” ubicó como centro de esta semana su propia muerte como modelo a seguir. Su cáncer ya quedó vencido porque nunca tocó su espíritu, ni mucho menos se elevará a la gloria con él. emoctezuma@tvazteca.com.mx Presidente ejecutivo de Fundación Azteca
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