Asunto Pemex
Ramón Cota Meza
El Universal

Martes 12 de febrero de 2008



No es necesario dar vueltas a la reforma de Pemex, pues las líneas están claras: colaboración del capital privado siempre que no se comprometa la propiedad del recurso ni de la infraestructura básica, se dé preferencia al capital nacional, se implante una política de transición energética, se respeten los derechos laborales y se fortalezca la ingeniería mexicana. En una empresa tan grande y compleja hay muchos detalles a observar, pero si las líneas generales se respetan, Pemex y el país prosperarán.

El argumento privatizante (carencia de recursos públicos para invertir en la empresa) se ha derrumbado ante el hecho de que la hacienda pública nunca había sido tan afluente como ahora. Ante esto, los abogados privatizantes aducen un argumento retórico: que esos recursos podrían gastarse en otras necesidades del país, como si fortalecer a Pemex no fuera la más importante de ellas. En realidad, fortalecer Pemex es la forma más segura de atender el resto de las necesidades.

En su campaña electoral, Felipe Calderón dijo con sigilo que sería absurdo vender la empresa que aporta más de la tercera parte de los ingresos fiscales. Como Presidente ha hecho declaraciones similares sin convencer. Al parecer, no está del todo convencido o no desea decepcionar expectativas de aliados suyos. Esta reserva descubre la frágil conciencia del gobierno sobre el tema, conciencia heredada de los gobiernos anteriores, la cual choca con el sentido común y la determinación de demandas.

La idea de privatizar Pemex se originó en la fragilidad fiscal de los 80. En ausencia de argumentos y ante una opinión pública recelosa, los gobiernos optaron por erosionar a la empresa y al sindicato, calculando que en algún momento no quedaría más opción que venderla completa o en partes. Pero las urgencias sobrevenidas en el intervalo los orillaron a invertir a regañadientes en la empresa, confiando que la propaganda se encargaría del resto. Ríos de tinta han corrido.

En esas aguas superficiales se han bañado los “transitólogos” del PAN, que no tenían idea de qué hacer con los recursos del Estado. A medida de su conocimiento directo de los hechos y de experimentar el beneficio de Pemex, han ido matizando su postura, aunque las rémoras permanecen porque llenan un vacío ideológico del partido y halagan expectativas adheridas en el proceso. Pero en la trayectoria histórica del PAN no hay nada que justifique la venta ni la partición de Pemex.

La fundación del PAN en 1939 no fue una reacción a la expropiación del petróleo, sino al reparto agrario. De hecho, los fundadores del partido no objetaron la nacionalización, pues su ideología se los habría impedido. El PAN es nacionalista a su manera y hunde sus raíces en las formas sociales de la Nueva España basadas en el corporativismo familiar, barrial, municipal, regional y nacional. En perspectiva histórica, su similitud con el PRI es mayor que sus diferencias.

México carece de partidos realmente antagónicos porque todos obedecen a una misma tradición corporativista y nacionalista. Los antagonismos son más “fintas” que otra cosa, elaboraciones barrocas y churriguerescas. Si les rascas un poco, verás que todos los partidos son lo mismo, incluyendo las posturas más radicales en los extremos, lo cual no impide que algunos lleguen a creer que representan posturas propias por pulsiones temperamentales, de ambición y trascendencia.

En el tema del petróleo, la mayoría de los mexicanos está unida en que el recurso debe seguir siendo propiedad de la nación, que sus ganancias deben invertirse en satisfacer necesidades sociales y que la empresa debe ser fortalecida a niveles de excelencia. Es cierto que hay confusión y resquemor ante la participación del capital privado, pero esto se superará si las cosas se explican sin ambages. Pemex siempre ha tenido participación privada en la forma de contratos.

Una empresa mexicana ya realiza trabajos exploratorios en aguas profundas; se puede incluso contratar empresas extranjeras para el mismo propósito sin convertirlas en copropietarias del recurso. Al contrario, hay que ponerles un impuesto para financiar la transición energética en vistas de que la declinación de las reservas de petróleo podría haber empezado ya.

blascota@prodigy.net.mx

Analista político



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