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| ¿Camisa de fuerza? |
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José Fernández Santillán El Universal Martes 12 de febrero de 2008 |
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En un artículo publicado el jueves 7 de febrero en el periódico Milenio, titulado “Camisa de fuerza”, Héctor Aguilar Camín critica la forma en que los partidos políticos “decidieron deshuesar al Instituto Federal Electoral” con el propósito de “que haya consenso en las decisiones, es decir, acuerdo entre todas las fuerzas políticas”. El autor de La provincia perdida juzga que esa manera de proceder es una falacia “por completo ajena al espíritu democrático, que se rige por el criterio de la mayoría, no de la unanimidad”. De acuerdo con su argumento, el consenso (de todos) es una camisa de fuerza que no legitima, sino entorpece el proceso político. En vista de la importancia pública de esta aseveración, que toca la médula del sistema democrático, quiero comentar aquí de los planteamientos vertidos por Aguilar Camín en ese artículo. Por principio de cuentas, debo decir que es impreciso sostener que el principio de mayoría es una característica distintiva de la democracia. Ciertamente ese principio es un elemento necesario, pero no suficiente, para definir al también llamado gobierno popular. Regímenes de mayoría ha habido muchos, y no por ello han sido automáticamente democráticos. Pensemos, simplemente, en los sistemas nazi-fascistas. El grado de suficiencia lo proporciona el respeto de las minorías. De esta manera, la democracia se distingue por admitir en su seno, al mismo tiempo, al consenso (mayoría) y al disenso (minorías). Pero no por separado: ella requiere que haya un diálogo y un acuerdo entre la mayoría y las minorías. Llamo en causa a Hans Kelsen, quien en su libro Teoría general del derecho y del Estado (1945) escribe: “La discusión libre entre mayoría y minoría es esencial a la democracia, porque constituye la forma idónea para crear una atmósfera favorable para crear un compromiso entre mayoría y minoría; pues el compromiso forma parte de la naturaleza misma de la democracia”. Desde este mirador hay que destacar que en la renovación del IFE se pudo alcanzar, precisamente, un acuerdo de suma importancia; difícil de lograr luego de las profundas discrepancias derivadas de las elecciones del 2 de julio de 2006. El arreglo alcanzado por los partidos no fue un consenso impuesto (totalitario), sino un consenso libre (democrático). Viene como anillo al dedo otra aseveración de Kelsen: “Precisamente gracias a esta tendencia hacia el compromiso, es la democracia una aproximación al ideal de la autodeterminación completa”. Y aquí aparece la verdadera definición de la democracia: ella no es el gobierno de la mayoría, sino el gobierno de todos, o sea, mayoría y minorías incluidas (autodeterminación como autonomía). Por supuesto, no siempre se logrará la unanimidad. Como dijo John Locke, si así fuera, el Estado político sería como las visitas de Catón al teatro, que entraba sólo para salir. Más bien, la democracia se mueve en la dinámica entre acuerdos y desacuerdos. El punto es, como se sabe, privilegiar las coincidencias por encima de las divergencias. Una argumentación como la de Aguilar Camín, que considera como una “falacia” el logro de compromisos, alcanzados libremente, entre los partidos con presencia en la Cámara de Diputados, no concuerda con la teoría y la historia de la democracia. jfsantillan@itesm.mx Académico del ITESM-CCM
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