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| Volodia Teitelboim |
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Manuel Camacho Solís
El Universal Lunes 04 de febrero de 2008 |
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Teitelboim fue, desde mi punto de vista, el más lúcido político de la Unidad Popular Chilena. Tuve con él varios contactos y la oportunidad de entrevistarlo en Santiago, en el Senado, en agosto de 1971. La entrevista se publicó en El Gallo Ilustrado, de El Día, como parte de un trabajo más amplio que realicé sobre las transformaciones que estaban ocurriendo en América Latina. Ahora que ha muerto este gran político e intelectual, recuerdo los puntos esenciales de nuestra conversación, la que sería premonitoria sobre el trágico desenlace, dos años más tarde, del proyecto de socialismo democrático que encabezó Salvador Allende. Teitelboim reunía las cualidades indispensables para entender cuáles eran las opciones que enfrentaba el gobierno de la Unidad Popular. En él coincidían una amplia visión, experiencia política y un conocimiento a fondo de los problemas de su tiempo. Sabía de la importancia de construir mayorías parlamentarias; de la fuerza y las limitaciones de las movilizaciones populares; de la relación de la política con la economía; de los límites y oportunidades de la situación internacional; de la importancia del manejo de los tiempos. Aunque sus compañeros lo llamaban el ideólogo del Partido Comunista Chileno, tenía la formación de un hombre de Estado. Tenía una cabeza privilegiada y era un político responsable. La entrevista giró en torno a las posibilidades de cambio que se presentaban en su país y los riesgos de que la transición pudiera descarrilarse. Volodia tenía claro, como pocos, que el éxito de la Unidad Popular dependía de tres factores fundamentales. Las alianzas político parlamentarias. La modulación del ritmo de cambio y de las movilizaciones populares, así como de los desenlaces de la economía. Para el senador Teitelboim no podía pasar desapercibido el hecho de que, en el sistema político chileno, presidencialista y de tres fuerzas fundamentales, era difícil construir mayorías. Sabía que la izquierda, para ganar, tenía que estar unida; pero que, para gobernar, necesitaba de alianzas más amplias. Para él, el éxito de Salvador Allende dependía de que la Unidad Popular llegara a un acuerdo con la democracia cristiana. Sin una alianza con el centro, la derecha terminaría por atraer a las clases medias y se perdería el sustento del Congreso. En un ambiente de una polarización desbocada, llamar a la alianza con el centro, requería de valentía. Los hechos demostraron que Volodia tenía razón: sin la democracia cristiana se facilitó el golpe militar y no fue hasta que se dio la concertación entre la izquierda y ese partido, que fue posible regresar a la democracia. Volodia estaba convencido de que, si se caminaba demasiado rápido, se generarían resistencias sociales crecientes. “Mire: debemos de conducir el movimiento a 80 o cuando más a 100 kilómetros por hora, si queremos ir a 120 kilómetros, todo el tiempo, terminaremos por desbarrancarnos”. Sostenía que debían ponerse límites a la polarización social, por el interés mismo de proteger la vía pacífica al socialismo. A pesar de su militancia en el Partido Comunista, en un momento muy anterior al eurocomunismo, Teitelboim rechazaba la idea de la dictadura del proletariado leninista. No la veía posible ni conveniente. A Volodia Teitelboim le preocupaba en extremo que la política económica del gobierno exacerbara la carestía. Comprendía que ello sería letal para mantener el apoyo de las clases medias e incluso de una parte de la clase trabajadora. No tenía, en ese sentido, una fijación ideológica que le impidiera ver que los aumentos de precios provocarían la inconformidad, incluso entre los sindicatos de izquierda. Si la línea en la que creía Teitelboim hubiera prevalecido en la Unidad Popular, habría sido menos probable el desenlace trágico del pinochetismo. Digo menos probable, porque también se necesitaba de una derecha democrática y de una flexibilidad norteamericana entonces inexistentes. Volodia Teitelboim sería más tarde, en su vida, en su destierro, un gran literato. En 1971 fue el hombre de izquierda más lúcido y responsable que tuvo la izquierda para hacer prosperar su sueño de justicia y libertad. Miembro de la Dirección Política del Frente Amplio Progresista
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