![]() | |||
| La casta |
|
Leonardo Curzio
El Universal Lunes 14 de enero de 2008 |
|
|
|
Es mucho más cómodo decir que el TLCAN tiene la culpa de todo y repetir como insufrible latiguillo que el campo no aguanta más, que enfrentar al tejido de intereses y corrupción que gravita en torno a la noble causa agraria. Noble porque para la inmensa mayoría de los mexicanos la imagen del campesino sigue siendo el pobre agricultor que vive en una economía de subsistencia y al que por muchas razones se le tiene que seguir apoyando. Las cifras son lacerantes. El 23% de la población de este país vive en zonas rurales, de los cuales cerca de 9 millones y medio viven por debajo del umbral de la pobreza extrema. De todos los trabajadores agrarios menos de medio millón cotizan al Seguro Social (471 mil 951 en noviembre de 2007) lo cual nos refleja la precariedad generalizada en las que están millones de personas. Nada que ver con el campo triunfador que el impertinente anuncio gubernamental protagonizado por Lorena Ochoa sugiere. No es extraño, por lo tanto, que se perciba siempre una sensación de urgencia para apoyar al campo. Según una encuesta reciente de Ulises Beltrán más de tres cuartas partes de la población encuestada opinaba que hay que apoyar económicamente a los campesinos ante la total apertura de fronteras ocurrida a principios de este año. La disposición favorable de la opinión pública a los campesinos pobres es moralmente inatacable, pero si empujamos un poco más el razonamiento y nos preguntamos ¿Cuánto dinero les debemos dar y a cuántos para que su situación mejore? las cosas se complican pues se acaban los lugares comunes y empiezan las preguntas molestas. La primera y más obvia es si realmente ese atraso histórico en el que viven millones de compatriotas es atribuible al libre comercio. La rebelión chiapaneca del EZLN fue en 1994 y nos hablaba de una situación agraria desastrosa previa al TLCAN. La segunda pregunta es cuál es el destino y la utilidad de los fondos públicos al campo. Hagamos números, que nunca estorban. El presupuesto global para apoyo al campo aprobado por la Cámara de Diputados es superior a los 200 mil millones de pesos. No es cualquier cosa. Es más del doble del presupuesto de la Capital y más de ocho veces el presupuesto de la UNAM e incluso es varias veces más grande que el vilipendiado gasto de los partidos políticos. Algunos de los objetivos de ese gasto agrario han sido delineados en el Programa Especial Concurrente para el ramo, pero persiste la duda de si esos dineros están llegando a quienes realmente los necesitan y si efectivamente se están gastando de forma que el circulo vicioso de la pobreza y la escasa productividad se rompa y permita mejorar las condiciones de vida de la gente. La captura del gasto público por parte de productores bien organizados, incluso grandes empresarios, es un tema sobre el que habría que hablar más. Me parece sospechoso eso de subvencionar la energía a auténticos emporios. También las organizaciones sociales con tintes clientelares, que son las que con cierta periodicidad salen a la calle a protestar y después vuelven a sus cuarteles sin que se aprecien cambios de fondo, salvo del tamaño de las alforjas de dinero que logran extraer de las arcas públicas, capturan el gasto publico destinado al campo. Mientras subsista esa casta que drena el gasto público para hincharse millones de pesos, millones de mexicanos en el campo seguirán en la miseria y con cierta periodicidad saldrán a gritar consignas a la calle en contra del TLCAN. Analista político
|
|
© Queda expresamente prohibida la republicación o redistribución, parcial o total, de todos los contenidos de EL UNIVERSAL |