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En 2007 los políticos muestran el cobre
Editorial EL UNIVERSAL
El Universal

Lunes 31 de diciembre de 2007



A querer o no, la política en México se ha convertido en un rejuego entre tres grandes fuerzas, que en términos muy amplios podrían ser definidas como centro, derecha e izquierda, aunque con características comunes que los convierte, por igual, en objeto de repudio de gran parte de la población.

Al final, y en esencia, son agrupaciones que persiguen un mismo objetivo: la conquista del poder público. Lo lamentable es que en el camino a la meta todos parecen estar dispuestos a dejar de lado la ideología que supuestamente los aparta de la rapacería.

Fácil sería colocar al Partido Revolucionario Institucional en el centro, dado el papel que le ha tocado asumir en los últimos años, cuando en efecto se ha convertido en el “fiel de la balanza” y en un indispensable socio de gobierno.

Aunque si nos ceñimos a los hechos, ese “centro” no es más que sinónimo de partido sin ideología clara, ni siquiera en forma de publicidad. La conveniencia acorde a las circunstancias parece ser lo único certero en el PRI.

La “izquierda” correspondería obviamente al Partido de la Revolución Democrática, que aglutina una muy amplia gama de grupos de una diversidad ideológica que lo hacen caer fácilmente en contradicciones internas que se reflejan a su vez en posiciones de rigidez y dureza hacia afuera.

No es gratuito que se le identifique más con la intransigencia que al resto de los partidos; su constante búsqueda del “todo o nada” ha echado abajo decisiones importantes como la elección de consejero presidente del Instituto Federal Electoral.

La “derecha” sería el ahora gobernante Partido Acción Nacional, que obligado por las circunstancias ha tenido que aprender el camino de la negociación. La promesa de ser una agrupación menos corrupta que el PRI y menos rijosa que el PRD lo ha mantenido en el gobierno federal, pero el comportamiento de los gobernantes blanquiazules —o de sus consortes, familiares y colaboradores— ha dado al traste con esa suposición.

Los tres partidos comparten una tendencia a la corrupción, falta de transparencia y escasa tolerancia que sólo son moderadas por la existencia de competidores en el marco electoral. El comportamiento de todos en la Cámara de Diputados es la mejor muestra de su similitud. Discuten con fervor sobre leyes, privatizaciones, declaraciones y demás, pero cuando de aumentos a su dieta y a su poder se trata, todos alzan la mano como marionetas.

Desde la inflación hasta la tragedia en Tabasco, los sucesos que perjudican a la población son responsabilidad inicial y preponderante de los partidos que gobiernan a este país. Es un principio elemental de justicia y teoría política que mientras mayor sea la responsabilidad mayores deben ser también la rendición de cuentas y las normas que regulen ese poder.

Ya se avanzó este año en ese sentido con la reforma constitucional en materia electoral que impide la promoción de los mandatarios y el control desmedido de los medios de comunicación, pero hace falta regular a muchos intocables como los sindicatos o los mismos partidos políticos.

Ellos no se regularán a sí mismos si nadie se los exige; es necesaria una participación ciudadana más demandante y coordinada que castigue con el voto y el repudio la inacción tanto como los escándalos. Mientras los políticos puedan seguir ganando elecciones sólo con el acarreo y los spots, nada cambiará.



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