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| Objetivos nucleares |
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Bennett Ramberg
El Universal Martes 25 de diciembre de 2007 |
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LOS ANGELES.— ¿Instala-ciones nucleares como objetivos militares? Los tambores de guerra parecen estar sonando cada vez más fuerte. Los líderes occidentales declaran que no se puede descartar ninguna opción para frenar las ambiciones nucleares de Irán. Y, a mediados de noviembre, el Sunday Times informó que Israel puso las defensas alrededor de su reactor nuclear de Dimona en “alerta roja” 30 veces, debido a la inquietud de que Siria pudiera vengarse del ataque realizado por este país en septiembre a un supuesto sitio nuclear sirio. El temor de Israel refleja la particular historia de la región. Desde la Segunda Guerra Mundial, los ataques para detener actividades nucleares han ocurrido exclusivamente en el Oriente Próximo: Irak fue atacado por Irán (1980), Israel (1981) y EU (1991, 2003), mientras que Irak bombardeó a Irán (1984-1987) e Israel (1991). Pero los ataques nunca generaron consecuencias radiológicas significativas, ya que las plantas estaban en construcción, contenían poco material nuclear, se les había quitado los elementos radioactivos antes del ataque o bien éste falló. Sin embargo, un ataque exitoso a Dimona habría sido otra cosa. Entonces, considerando la amenaza de liberación de sustancias radioactivas, ¿seguir haciendo funcionar la planta vale los riesgos que hoy esto conlleva? Dimona es única: la mayor planta nuclear de la región y único productor de materiales para armas atómicas. Desde que comenzara a funcionar a mediados de los 60, ha generado elementos para unas 200 armas nucleares. El primer ministro David Ben Gurion inauguró estas instalaciones para compensar la vulnerabilidad estratégica de Israel, un ejército que estaba en ciernes y la falta de voluntad de Occidente para formar parte de una alianza formal que defendiera al Estado judío. Dimona no es Chernobyl. Genera sólo 5% de lo que generaba el fallido reactor soviético. Aun así, la representa importantes peligros radiológicos que un ataque militar podría dispersar en el ambiente. Las autoridades israelíes reconocen tácitamente el riesgo. Han distribuido tabletas de yoduro de potasio —que bloquea la absorción por parte de la tiroides del yodo radioactivo, un riesgo temprano cuando se libera material nuclear— a las ciudades de Yerham, Dimona y Aruar. Pero esto no evitaría los graves efectos adversos de otros elementos radioactivos sobre la salud. Y, dependiendo del clima y el nivel de la descarga nuclear, las consecuencias radioactivas podrían no limitarse a sólo esa área geográfica. La contaminación luminosa y los puntos calientes podrían llegar a centros urbanos israelíes, palestinos y jordanos. Más allá de los efectos sobre la salud, la contaminación podría aterrorizar a la población afectada, haciendo que parte de ella huya de manera temporal y generando flujos migratorios permanentes, con consecuencias económicas de largo plazo. Durante décadas, Israel enfrentó este riesgo mediante defensas aéreas eficaces y desdén hacia la capacidad de sus adversarios de golpear Dimona. En mayo de 1984, después de que yo escribiera un libro sobre las consecuencias de los ataques militares a centros nucleares, un oficial de inteligencia israelí vino a California a preguntarme acerca de la vulnerabilidad del reactor y una planta de energía nuclear cuya construcción se había propuesto. El oficial restó importancia a los riesgos, argumentando que ninguna fuerza aérea había superado hasta entonces las defensas israelíes y que ninguna lo haría jamás. En ese momento, la historia confirmaba sus afirmaciones de manera bastante peculiar. Aunque un avión de reconocimiento egipcio había volado cerca de Dimona en 1965 y 1967 sin incidentes, durante la guerra de 1967 Israel derribó uno de sus propios aviones Mirage cuando pasó sobre la planta. En 1973, los defensores de Dimona derribaron un avión civil libio que obtusamente se dirigía hacia el espacio aéreo del reactor, matando a 108 personas. Sin embargo, la guerra del golfo Pérsico de 1991 agrió cualquier sentimiento tranquilizador. Los misiles Scud iraquíes cayeron sobre Tel Aviv y uno estuvo cerca de caer sobre Dimona. El bombardeo de Hezbolá al norte de Israel en 2006 demostró todavía más la vulnerabilidad del país a los ataques con misiles. Y si bien las defensas balísticas antimisiles Arrow de Israel que ahora rodean Dimona pueden ser superiores al sistema Patriot que falló en 1991, los Scuds más avanzados de Siria y el cohete Shahab 3 de Irán representan un reto más capaz que los proyectiles de Saddam. Dimona ha producido todo el plutonio que Israel necesita desde un punto de vista razonable, y el reactor ha sufrido contratiempos menores y un evidente deterioro, originando temores de que puedan producirse accidentes más serios. Así, si Israel no puede garantizar la defensa de la planta frente a un ataque, debería cerrarla. Si lo hiciera además obtendría beneficios políticos. Podría afirmar que el cierre demuestra su compromiso con la reducción de las tensiones nucleares regionales y enviaría un mensaje sobre lo poco inteligente que es construir reactores en la región más volátil del mundo. De hecho, cerca de una docena de países del Oriente Próximo y el norte de África se han propuesto construir plantas de energía atómica. Dada la tradición de poner las instalaciones nucleares como objetivos militares, quienes planean hacer esto deberían reflexionar sobre si tiene sentido dar a los adversarios objetivos radiológicos mucho más grandes que Dimona. Hasta que el Oriente Próximo solucione sus diferencias políticas, la respuesta más verosímil es “no”. ©Project Syndicate Especialista en seguridad internacional
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