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| Somos Norteamérica |
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José Carreño Figueras
El Universal Sábado 22 de diciembre de 2007 |
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Washington.— Para algunos puede so-nar como herejía, pero la verdad hay ahora mas lazos de sangre directos entre México y Estados Unidos —o entre Estados Unidos y México si así se quiere— que entre México y Latinoamérica y tal vez tantos como entre Estados Unidos y cualquier lugar de Europa. De hecho, según cifras del Departamento de Estado, en julio de 1999 había 4.163,810 estadounidenses que residían fuera de su pais. De ellos, poco mas de la mitad en México (1.036 millones) y el resto de Latinoamérica (1.076 millones), y poco mas de la cuarta parte (1.169 millones) en toda Europa. El significado de esas cifras tiene impacto para la seguridad nacional de México y de Estados Unidos, pero muy en especial, si fueran capaces de verlo, sobre la ceguera de las clases políticas y los extremistas ideológicos de ambos países, empeñados en preservar una “pureza” que ya no existe. A mexicanos y estadounidenses puede no gustar de la idea, pero los dos países están más entrelazados que nunca y por vínculos que no pueden ser fácilmente disueltos. Olvidemos la economía y la geografía, con todo lo importante que son. Pongamos de lado la creciente dependencia de México respecto a Estados Unidos y los beneficios o problemas que este país obtiene de esa relación y viceversa. Reflexionemos sobre este aspecto, uno que aparentemente ambos lados quisieran pasar por alto porque no corresponde ni a lo ideal que quisieran ni a la idea de división y lejanía que muchos desearían. El punto es simple: ¿cuántos estadounidenses de origen mexicano hay en los Estados Unidos y eso sin contar a los mexicanos que radican aquí legal o ilegalmente? ¿Cuantos de ellos tienen familia en México? Y del otro lado, ¿cuántos estadounidenses viven en México? ¿cuántos estadounidenses tienen familia en México? La respuesta es sorprendente, y en ambos casos hablamos de millones de personas a uno u otro lado de la frontera. Ciertamente muchos mas que los mexicanos en Sudamérica y tantos como los estadounidenses en toda Asia, Africa y Medio Oriente: los estadounideses radicados en México representan alrededor del 1% de la población mexicana; los mexicanos y mexico-estadounidenses representan alrededor del 8% de la estadounidense... Y si alguien duda del impacto, sólo habría que recordar que todavía hay reverberaciones de la toma de 200 rehenes estadounidenses en Teherán hace 27 años... Es una realidad que puede o no gustar a muchos, que puede o no estar en la mente de políticos y de mercachifles como Lou Dobbs y sus jefes en la CNN o los seudointelectuales de la Federación por Reforma de las Leyes Migratorias Estadounidenses (FAIR), que puede estar o no en mente de muchos que navegan con bandera de “nacionalistas” en México pero aprovechan la primera oportunidad para ir a Disneylandia o están a la espera que alguien desde fuera bendiga sus posturas “antimperialistas”. La realidad, para bien o para mal, es más profunda y menos complicada. México es parte de América del Norte porque Norteamérica es parte de nosotros. No es una cuestión de gustos sino de realidades económicas, políticas, sociales y sobre todo, de sangre. Sería tal vez deseable que la realidad fuera otra. Que México pudiera declarar su independencia de Estados Unidos y los mexicanos no nos sintiéramos obligados a desgarrarnos las vestiduras cada vez que alguien dice una tontería sobre nuestra relación con Estados Unidos. La verdad es que puede gustarnos o no, pero hay lazos de sangre y de familia más profundos entre Estados Unidos y México que los existentes entre México y Latinoamérica. Todo lo demás: el comercio, la inversión o las remesas, son temas secundarios, a pesar de su importancia... La conciencia de ese cambio, creciente en ambas sociedades aunque el escándalo de políticos y de medios amarillistas lo esconda ahora, es uno de los mayores cambios de fondo en una relación que frecuentemente se maneja más por apariencias y deseos que por realidades. Periodista
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