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Perder en el último minuto
Leonardo Curzio
El Universal

Lunes 17 de diciembre de 2007



Pudieron hacerlo y no lo hicieron. Igual que un equipo de futbol que contra todo pronóstico, e incluso con demoledoras críticas de sectores muy poderosos, logra llevar ventaja hasta el minuto 89 y súbitamente se deja empatar (para perder por promedio de goles), eso es más o menos lo que hicieron los coordinadores parlamentarios en la Cámara Baja con la reforma electoral.

Una reforma que había costado tanto esfuerzo político y ásperas confrontaciones con las televisoras, se pone “de pechito” para que los sectores que le fueron adversos, incluso antes de que naciera, hoy proclamen, con cierta razón, que mientras la reforma se hizo en contra de alguien (televisión y partidos pequeños) hubo suficiente gasolina para hacer mover los acuerdos, pero en el momento que los acuerdos exigían una mínima dosis de virtudes republicanas para pactar una terna que integrara el nuevo Consejo General del IFE, las, cada vez peor disimuladas, bajas pasiones impidieron coronar un esfuerzo de meses.

Este anticlimático final es un mal presagio para una reforma que arrancó con el espíritu de afirmar los poderes constitucionales sobre los poderes fácticos. Lo es porque ahora el poder constituido es incapaz de cumplir con los plazos que el propio constituyente se dio a sí mismo. Un poder constituido, si se me permite la analogía, no sólo debe afirmarse fálicamente ante los otros factores de poder, especialmente los fácticos, debe ser capaz de consumar el coito con suficiencia y finalmente hacerse cargo de la descendencia y no salir corriendo.

En una democracia moderna las demostraciones fálicas del poder del Estado (recuerdo los discursos de varios senadores) deben ser más discretas y las capacidades de filiación de instituciones más eficaces y arrojar certidumbre.

El sistema institucional del Estado debe arrojar certidumbre y el poder del Estado no se debe solamente proclamar, se debe ejercer de manera sobria y eficaz.

Es también mal presagio que la voluntad de pactar una reconciliación entre tres fuerzas políticas que tuvieron un descomunal desgaste el año anterior, no esté terminando bien, pues más allá del falaz torpedeo contra la reforma, ésta buscaba un propósito loable y era que las fuerzas políticas diesen las certezas necesarias para competir sobre un campo parejo y los candados preceptivos para evitar que el dinero, a través de la propaganda, distorsionara las contiendas electorales por venir.

El objetivo era positivo y muchos actores pidieron altura de miras para seleccionar, entre más de 100 ciudadanos con grandes credenciales y trayectoria, a tres. Es decepcionante que no hayan encontrardo tres por encima de cualquier sospecha o prurito. ¡Qué desastre de República es esa que todo lo envilece por el cálculo político y no encuentra 3 personas con el mínimo de decencia para integrar un órgano colegiado!

Los nuevos consejeros que espero sean electos pronto y con el máximo consenso posible, no tendrán todo el poder, lo tendrán que compartir como en cualquier órgano colegiado, de tal manera que resulta todavía más absurdo que no se logre perfilar una terna digerible para el IFE.

Entiendo y comparto que es mejor esperar para tener consensos que imponer un consejo cojo como sucedió en la última convocatoria, pero es increíble que el espíritu original de la reforma se haya perdido en el último minuto.

Analista político



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