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| La tormenta ignorada |
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Michel Rocard
El Universal Sábado 01 de diciembre de 2007 |
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La reunión más reciente de ministros de finanzas del G-7 fue un fracaso. Sólo se pusieron de acuerdo en conminar a China a que revalore su divisa. Pero el valor del yuan no es la cuestión central a que se enfrenta la economía mundial actualmente. El verdadero problema inmediato es lo que está sucediendo y sucederá con el dólar. La dificultad principal para el futuro tiene que ver con las bases del sistema financiero global. ¿Qué tan bajo caerá el dólar? ¿Cómo podemos corregir los desequilibrios de las economías —China, seguida muy de lejos por Europa— que exportan masivamente a Estados Unidos o a la zona del dólar? ¿El mercado hipotecario estadounidense, que se prevé empeore en 2008, se calmará después o contaminará al sistema financiero internacional? ¿Existe el riesgo de que los precios del petróleo, que están alcanzando récords históricos, provoquen suspensión del pago de deuda en todo el mundo? Los informes de ganancias de los mayores bancos de EU muestran que hay motivos reales para preocuparse. Las condiciones en que se encuentra la economía mundial son muy extrañas. No hay grandes cracks pero sí varias crisis. Los banqueros centrales tratan de dar calma, pero no son convincentes. Los gobiernos guardan silencio y actúan como si nada importante sucediera. Y, según muchos economistas y periodistas, las preocupaciones de hoy son dificultades temporales que se pueden resolver. No estoy de acuerdo. Creo que hemos entrado a un periodo de debilitamiento de las distintas partes del sistema económico global y que eso puede conducir a una recesión mundial. Este debilitamiento exige una firme respuesta pública a nivel internacional, incluyendo una reglamentación más estricta, si queremos evitar tal crisis. La economía mundial ha cambiado mucho su forma de operar en comparación con su funcionamiento de hace 30 años. Entre 1945 y 1975 el capitalismo trajo un crecimiento rápido, de 5% anual promedio, durante periodos largos que estaban sujetos a altas y bajas, pero no a crisis financieras como las de ahora. El capitalismo de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial mantuvo al desempleo en tasas de 2% en Europa, América del Norte y Japón. La inseguridad laboral no se conocía y la pobreza masiva desapareció. Las claves de esa etapa fueron un sistema de bienestar social fuerte y políticas principalmente keynesianas en los grandes estados del mundo. En ellos se aplicaban políticas diseñadas para el pago de salarios altos que garantizaran un consumo elevado y, por ende, un crecimiento rápido. Los accionistas solían conformarse con rendimientos relativamente exiguos comparados con los de hoy. Treinta años después, los accionistas han roto con ese sistema. Las pensiones, las inversiones y los fondos de cobertura de riesgos han encabezado esta revolución. En todas las economías desarrolladas, los dividendos han aumentado espectacularmente en los últimos 25 años. Pero los salarios y las prestaciones han disminuido proporcionalmente. ¿Resultado? Se ha crecido sobre bases débiles. El empleo se ha vuelto inseguro y la pobreza masiva ha reaparecido en los países desarrollados. Conforme la desreglamentación económica aumentó, las crisis financieras resurgieron: desde 1990 ha habido tres crisis distintas en América Latina, una en Rusia y otra en Asia, la burbuja de internet y ahora la crisis de las hipotecas de alto riesgo. Además, en los últimos siete años, las enormes deudas han neutralizado el firme crecimiento del PIB en EU y Gran Bretaña. Actualmente, EU pide diariamente préstamos de 2 mil millones de dólares, 95% de los cuales vienen de Asia y 45% de esa cantidad del banco central de China. La deuda total de Estados Unidos supera los 39 billones de dólares, lo que equivale a cerca de 3.5 veces el PIB de ese país. La situación sólo seguirá siendo manejable si los precios del petróleo dejan de crecer. Pero es más probable que ocurra lo contrario, con una inflación interna —peligro agravado por el relajamiento de la oferta monetaria por parte de bancos centrales para ayudar a bancos comerciales— que conlleva la amenaza de tasas de interés más elevadas. Si bien actualmente los activos son mucho más líquidos, ello no ha impulsado la inversión productiva a largo plazo. En cambio, el desmembramiento rentable de empresas sanas ha liberado capital que fluye hacia activos intangibles y que alimenta una crisis especulativa. La economía global, llena de mecanismos para hacerse rico de la noche a la mañana, de directivos con sueldos excesivos y de fraudes corporativos, ha perdido su norte moral. No podemos permitir que esas tendencias peligrosas continúen sin control. Hay gran necesidad de una conferencia global —una Bretton Woods II— para adoptar reglas estrictas a fin de contener a los caprichosos mercados financieros. Desgraciadamente, como lo demostró la reunión más reciente del G-7, los gobiernos más importantes del mundo no están dispuestos a actuar. ©Project Syndicate Ex primer ministro de Francia
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