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| La traición de la lluvia |
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María Teresa Priego
El Universal Sábado 10 de noviembre de 2007 |
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“Hermano sol, cuando te plazca, vamos/ a colocar la tarde donde quieras”, Pellicer. Que el sol se quede. Que no llueva sobre Tabasco y Chiapas. Que los ríos calmen su furia. Que no se desgaje un cerro más. Que los desaparecidos dejen de serlo. Que el agua baje. Que el sol permita a tabasqueños y chiapanecos ir colocando “la tarde” de a poquitos donde se necesita. Donde se vaya pudiendo para reconstruir. Que las medidas sanitarias detengan la amenaza de epidemias. Que la ayuda llegue hasta el último rincón. Honradamente. Un millón de damnificados. Baja el agua. El lodo. Los animales muertos. ¿Qué vamos a hacer? Reconstruir. ¿Cómo? ¿En cuánto tiempo? ¿Con qué? Las familias en los techos. Errando por las calles anegadas con sus maletas al hombro. Desesperados. Sin rumbo. Los albergues improvisados. Por favor. Que no llueva más. Esa sensación de miedo. De impotencia. De irrealidad. De pérdida. “Mi tierra está bajo el agua”. Qué frase dolorosa y extraña. En 70% del estado de Tabasco. En la realidad. Ya no había “tierra”. Ni hogares habitables. Ni escuelas. Ni cacao. Ni plátano. Ni papaya. Ni pastizales. Animales ahogados. Animales sin alimento. Personas rescatando trabajosamente “lo poquito que nos queda”. Eramos niños. Los barquitos de papel navegaban por la corriente de la calle Madero “inundada”. En temporada “de aguas”, el Grijalva subía, los adultos nos tomaban de la mano y nos llevaban al malecón a constatar el nivel del río. Los abuelos hablaban de “aquella catástrofe”. La “gran inundación” de 1937. Ya no nos podía suceder. Nunca de esas dimensiones. Las presas. Los bordos. La segunda mitad del siglo XX. Siglo XXI. La “modernidad”, la “tecnología”, llegaron por fin —estábamos tan seguros— hasta el aislado y remoto sureste mexicano. “La infraestructura hidráulica”. “El programa Pici”. Esas bancas del parque Juárez, donde los abuelos hacían su tertulia, estuvieron durante días a casi dos metros bajo el agua. Como en una alucinación. “La lluvia nos traicionó”, pensé. Y duele muchísimo. La hemos amado y respetado por generaciones. Y nos traicionó. Hay tanto de ese “nosotros los tabasqueños” que se define en el ruido de la lluvia. En la vivencia del agua. Nos traicionaron los ríos. Nos traicionaron sobre todo —y entonces a la tristeza se suma la indignación— personas bien concretas. Con nombres y apellidos. Y eso duele muchísimo más. Y se confunden las razones de los ríos y las de la negligencia. Los motivos del agua y los de la corrupción. ¿Qué sucedió exactamente? ¿Hasta dónde la catástrofe era evitable? Millones de ciudadanos se volcaron en los centros de acopio para Tabasco. Con una rapidez y una generosidad impresionantes. Se hacían montañitas con esos bienes, que remediaron la urgencia de los males. Cada saco de arroz fue mucho más que un alimento. Para cada persona que lo recibía. En el desamparo. Es arroz y es esperanza. La solidaridad ayuda a imaginar un futuro. Sostiene. “¿Cómo estás, papá?”, “Vamos a tener que trabajar muy duro”. ¿Alguna vez hizo otra cosa la generación de nuestros papás? Me acordé de mis hijos hace un tiempo. Orgullosísimos. Venían de Tabasco. Empujaban un carrito con una caja enorme. La primera penca de plátano de las matas que sembraron con su abuelo. “¿Y las matitas, papá?”, digo, en medio de ese inmenso silencio doloroso y pesado, ese miedo que traemos dentro. “Si no están, las volvemos a sembrar”. Es verdad, mi Tarzán de ya ocho décadas. Faltaba más. Esa sorprendente solidez de ceiba. Enraizada en el trabajo y en la tierra. Un millón de damnificados. ¿Hasta dónde la catástrofe era evitable? ¿Por qué sucedió exactamente? ¿Quiénes nos traicionaron? ¿Quiénes? Mucho antes que la furia del agua. Escritora
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