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Tiempo de solidaridad
Editorial de EL UNIVERSAL
El Universal

Sábado 03 de noviembre de 2007



El restablecimiento de la normalidad en Tabasco no sólo dependerá del mejoramiento del clima, sino de la rapidez con que se apoye a los damnificados y se contengan graves consecuencias sociales derivadas del desabasto de productos y la desesperación de los damnificados. La ayuda debe salir de todos los rincones del país.

Por el tamaño de la tragedia, solidarizarse con el pueblo tabasqueño no puede ser visto como un llamado demagógico, sino como la muestra de que los mexicanos podemos estar por encima de nuestras diferencias ideológicas, religiosas o políticas a la hora de apoyar a quienes en verdad lo necesitan con urgencia.

Tenemos que acudir a los centros de acopio y aportar desde modestos artículos y pequeñas cantidades de efectivo, hasta sofisticados equipos que de una u otra forma contribuyan a paliar el sufrimiento de los que se encuentran desplazados por el agua. Nada sobra, pues todo falta.

Esta gran empresa de acopio nacional ha de estar respaldada por acciones efectivas de los tres niveles de gobierno, pero sobre todo del federal, para que la ayuda llegue a su destino, sin intermediarios interesados en medrar con las inundaciones.

El presidente Felipe Calderón ha ofrecido empeñar todo el esfuerzo de las Fuerzas Armadas de México para garantizar que no haya actos de desvíos de auxilio ni pillajes que podrían presentarse conforme avancen los días y la situación no se normalice. Los bienes de quienes fueron afectados deben ser respetados y garantizados hasta el final.

Asimismo, debe cuidarse que lo que el pueblo mexicano decida enviar solidariamente no sirva para lucimiento de ninguna persona o partido político. Nadie debe aprovecharse del momento ni venderse como el salvador de Tabasco. El esfuerzo requiere muchas instancias, públicas y privadas, como para que unos cuantos especuladores o políticos pretendan sacar provecho de la situación.

Por eso es oportuno el llamado del presidente Calderón a las líneas aéreas, por ejemplo, para que tiendan un puente humanitario que surta de alimentos, agua y medicamentos a la zona afectada. Este es el momento de apoyar sin miramientos ni regateos mezquinos.

Una vez que bajen las aguas, la sociedad tabasqueña tendrá muchas más necesidades, desde regresar a sus hogares y reconstruir lo que el flujo de agua se llevó, hasta surtirse de los bienes de consumo básico y evitar secuelas de enfermedades producto del estancamiento de agua de tantos días y su mezcla con basura y suciedad. Hay que evitar una alerta epidemiológica.

La tarea es enorme, pero podrá hacerse más llevadera si se cuenta con la totalidad de las partes del edificio nacional. Es tiempo de sacudirse la apatía. No veamos a Tabasco como una tragedia de noticiario, fría y ajena a nosotros, como si sucediera en otro continente, sino como el problema real que es, con mexicanos de carne y hueso, que de la noche a la mañana están en la calle, en albergues, sin claridad sobre su futuro inmediato, y para los que una lata de atún, un litro de agua o una cobija son toda la diferencia entre salir adelante o estancarse ahí.



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