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La mentira
Sara Sefchovich
El Universal

Lunes 08 de octubre de 2007



En México estamos acostum-brados a oír discursos en los que siempre se embellecen las cosas. Esto nos viene de lejos, de la cultura española que a su vez lo tomó de ocho siglos de presencia e influencia de la cultura árabe, en la cual, según explica Michael Slackman: “Ser directo y decir la verdad no son principios valorados, de hecho lo opuesto es la verdad. Se espera que las personas expresen alabanzas falsas, se espera que digan lo que sea con tal de evitar un conflicto”.

Un ejemplo inmejorable de esta forma de funcionar es el senador Santiago Creel. Si hay alguien que insiste una y otra vez en la necesidad de transparencia, honestidad, rendición de cuentas y apego a la ley es él. Pero claro, nada se pierde con lanzar discursos sobre cómo deben hacerse las cosas desde un escaño. Porque cuando pudo, por detrás dio autorización para que se abrieran casas de juego con apuestas, a pesar de que públicamente había jurado que jamás lo permitiría y a pesar de que explícitamente está prohibido por la ley, que no ha encontrado consenso ni en el Congreso ni en la sociedad para reformarse, a pesar de las presiones de los casinistas. Y entre los concesionarios de esos permisos, estuvieron empresas de televisión, las mismas de las que hoy nos dice que “no aceptaremos presiones a la hora de legislar”.

Creel tira línea sobre lo que se debe hacer en materia de seguridad nacional, pero que no hizo cuando era secretario de Gobernación y estaba en posición de hacerlo. Y no tiene empacho en afirmar que los candidatos para renovar a algunos consejeros electorales del IFE “deberán ser personas sin vínculos con los partidos políticos, que estén más allá de cuestiones políticas, de militancia partidista”, como si no fuera de los que han operado justamente al revés. Y como si hubiera habido una sola ocasión en que las cosas se hayan manejado así en ese instituto o en cualquier otra de las instancias supuestamente ciudadanas que han dado en formar, para legitimarse, nuestros gobernantes: desde consejos asesores hasta representantes de toda índole.

Ahora bien, es perfectamente lógico que los partidos y los funcionarios no quieran permitir que en las instancias decisorias o evaluadoras haya individuos que se opongan a lo que ellos piensan o hacen. Pero, ¿no sería entonces mejor reconocerlo abiertamente? Sin embargo, nadie se atreve a hacerlo porque no es política ni culturalmente correcto. Hay que decir lo que se considera correcto y bueno, aunque por detrás se haga lo contrario.

Que así es nuestra cultura, se hace obvio a cada rato. Por ejemplo, en los homenajes recientes a Enrique Krauze con motivo de su cumpleaños, entre las muchas cosas que se dijeron es que “ha transitado por la vida sin el cobijo del poder”.

Krauze es sin duda un gran historiador. Nadie en sus cinco sentidos podría negar que, más allá de acuerdos o desacuerdos ideológicos, sus libros son fundamentales para comprender a México. Pero de allí a decir que está lejos del poder de quien ha sido y sigue siendo invitado, apoyado, apapachado y homenajeado por presidentes, secretarios de Estado y gobernadores, por empresarios y medios de comunicación, es un salto demasiado grande que se da porque en nuestra cultura se ha decidido que estar lejos del poder les da valor a los intelectuales, siendo que en México sucede exactamente lo contrario. El mismo autor ha colaborado a esta perspectiva cuando afirma, siguiendo a Isaiah Berlin, que esa es una condición sine qua non para cumplir con el papel de ser “la conciencia moral de su tiempo”, que según él, es lo que supuestamente deben ser los intelectuales.

La pregunta es de nuevo, ¿por qué decir la verdad de la relación con el poder significaría quitarle mérito al trabajo de un pensador? Esto no ha sucedido ni con Prieto, ni con Reyes, Paz, Florescano, Aguilar Camín, Pitol, Volpi y muchos otros que han hecho una gran obra y han estado cerca del poder. Entonces, ¿qué necesidad hay de negar la verdad?

Según Wikipedia, mentir es hacer declaraciones que pretenden decir la verdad y que quien las emite pretende que se le crea, pero que resultan falsas cuando se les pone a prueba. En México, estamos acostumbrados a mentir, porque tenemos una cultura que valora lo que se quisiera que fuera y desvalora lo que es.

Cambiar esto es tarea de nuestros intelectuales, porque ya hemos visto que no de los políticos. Algunos hacen el esfuerzo como los que anuncian su deseo de ser candidatos a algún puesto en un país donde todos dicen que no quieren, pero que aceptan porque otros les ruegan. Pero todavía falta mucho, muchísimo.

sarasef@prodigy.net.mx

Escritora e investigadora en la UNAM



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