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| De intelectuales y ciudadanos |
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Francisco Valdés Ugalde
El Universal Domingo 26 de agosto de 2007 |
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Secular ha sido la diferenciación entre intelectuales públicos y “expertos”. Los primeros son vistos como la luz del día, los traductores de preocupaciones particulares en asuntos colectivos, demiurgos de los dioses de la inteligencia y los valores más altos del espíritu, guías y pastores de muchedumbres que los admiran cuando les entienden y cuando no también. La imagen de los segundos es la de individuos anónimos o casi, dedicados a labores académicas y de investigación científica en universidades, centros de estudio o empresas públicas y privadas. Los cubre un velo de oscuridad y la sociedad, especialmente cuando en ella abunda la ignorancia (como en la nuestra), les presta poca atención. Pero yendo más lejos de la simplificación de los estereotipos, el asunto es importante. Con frecuencia se menciona en los círculos universitarios y de la cultura que el “intelectual público” es una especie en extinción. Que cada vez hay más científicos, expertos, consultores y comentaristas que han ido ocupando los espacios mediáticos que en otros tiempos correspondían al intelectual público. Pues sí, las cosas ya no son como cuando los escritores de novelas y cuentos proferían verdades fulgurantes sobre la sociedad y la política. Aun sin tener una formación especializada en esas materias verdaderamente complejas, escribían diestros ensayos o formulaban opiniones ante los medios de comunicación sobre economía, política, biología o física. Y además de ser escuchados, esos intelectuales públicos formaban la opinión de miles de seres, que con ella buscaban entender mejor un mundo al que no los acercaban otros medios. En otra época, algunos intelectuales públicos eran también críticos acérrimos de la sociedad. El modelo forjado por Jean-Paul Sartre, el intelectual crítico comprometido, fue una aportación de época que formó una conciencia de cómo ser y comportarse en sociedad si se era intelectual. Eran los tiempos de la segunda posguerra, de las luchas anticoloniales, de la fundación de nuevos estados en las ex colonias europeas de Asia y África, de la guerra fría, del socialismo contra el capitalismo, de la división entre norte y sur. Ante realidades tan dramáticas y sociedades tan golpeadas por poderes fuera de su alcance, los intelectuales debían llevar sus ideas a la acción, comprometiéndose. Algunos lo hicieron sin abandonar la escritura como medio fundamental de acción, otros la abandonaron y pasaron, efectivamente, a la acción. Pero nadie es profeta en su tierra, menos si asume, como ellos, que su tierra es tan vasta como el mundo entero. Su compromiso con el socialismo dio lugar a luchas enconadas que en América Latina tuvieron su expresión en la Revolución Cubana y luego en el “foquismo”. Un subcontinente desgarrado por dictaduras y exclusión social parecía no tener otro destino positivo que la redención desde el intelecto convertido en acción. El resultado no fue, empero, el socialismo. En Cuba resultó en una versión extrema del autoritarismo latinoamericano y el resto de América Latina gestaba ya en sus entrañas un alumbramiento democrático único en su historia bicentenaria. Comenzó a aparecer entonces una realidad más compleja. Ya no había solamente polaridades entre pobres y ricos, buenos y malos. La oposición democracia-autoritarismo se instaló en la conciencia colectiva con fuerza inusitada. Los intelectuales comprometidos quedaron expuestos: si eran demócratas deberían renunciar a la acción unilateral por instalar el socialismo (o lo que fuera), si no quedaban entonces como autoritarios. Surgió una figura inusitada: el ciudadano. Donde había proletarios y estudiantes, explotados y explotadores, dominados y opresores irrumpió el ciudadano. Una figura débil, contradictoria y compleja. Pero en el afán democrático una figura ineludible. En un espacio público que se quiere democrático por consenso mayoritario abrumador ya no decide el dirigente, el intelectual político ya no suplanta la voluntad de las gentes comunes y corrientes. El papel de los intelectuales cambió drásticamente. En nuestro medio, figuras como la de Octavio Paz adquirieron una relevancia que no habían tenido antes. Su compromiso con el pensamiento democrático y su aversión al totalitarismo convirtió la suya en la voz más escuchada, la más autorizada para opinar sobre una realidad que advino lo que ellos habían insistido. Su compromiso era con una idea y su suerte en la conciencia ciudadana, no con la obsesión de adquirir el poder para “hacerla realidad”. En una situación democrática, la figura del ciudadano es central, así sea precaria. Y esta realidad exige de la función intelectual una actitud de conocimiento y comunicación. Sin duda hay y habrá intelectuales públicos, y algunos muy buenos. Pero una realidad compleja reclama la tarea igualmente compleja de hacer avanzar el conocimiento científico de la sociedad más allá de la “opinión” inmediata y del talante rotundo. De ahí que las universidades y centros de investigación se hayan vuelto una especie de intelectuales colectivos imprescindibles. Por más brillante que sea un intelectual público no puede nutrir a la opinión por sí solo. En una sociedad abierta la diversidad de fuentes de información autorizadas se hace crucial. Ya no basta la voz de las estrellas, es necesaria la del científico especializado, la del periodista profesional que la lleva al público amplio. La razón es muy simple: el ciudadano es la figura central para tomar decisiones de trascendencia. Si el ciudadano no cuenta con la información necesaria las decisiones serán de mala calidad. De ahí entonces que la calidad de la conciencia ciudadana así nutrida sea la clave del destino democrático, un destino que por cierto carece de finalismo utópico y se ocupa más humildemente con el quehacer del día con día. ugalde@servidor.unam.mx Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM
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