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Pobreza, riqueza y educación
Rodolfo De la Torre
El Universal

Viernes 10 de agosto de 2007



El Consejo Nacional de Evalua-ción de la Política de Desarrollo Social (Coneval) por fin dio a conocer las cifras oficiales de pobreza para 2006 estableciendo que 44.7 millones de mexicanos son pobres. Lo hizo después de dos semanas de haber contado con los datos del Instituto Nacional de Geografía Estadística e Informática (INEGI) que le permitían hacer el cálculo, 12 días más de lo que tardó en su pasada medición. Por qué se retuvieron estimaciones que suelen realizarse en un par de días y revisarse en un tiempo similar es difícil de comprender, sobre todo tratándose de cifras cada vez más importantes para el país.

Sería muy difícil atribuir el retraso de las cifras a algún intento de manipulación política de las mismas. Por una parte el Coneval se ha asegurado de que cualquier investigador independiente tenga los elementos para replicar sus cálculos a partir de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) proporcionada por el INEGI, de manera que no es posible “inventar” resultados. Por otra, no siendo un año electoral y obteniéndose una reducción de la pobreza entre 2005 y 2006 de 47 a 42.6%, no parece haber elementos motivadores para el rezago. Nada se gana posponiendo buenas noticias que corresponden a otro gobierno.

Sin embargo, el retraso es costoso. Los días que transcurren entre la entrega de la ENIGH y el anuncio de la pobreza son propicios para especulación, los cálculos independientes propensos a errores y la sospecha de que algo no está bien si el órgano gubernamental que tan ágilmente ha calculado la pobreza antes ahora tarda en hacerlo. Por ello, es conveniente que, cualquiera que sea la fuente del rezago, ésta perciba lo delicado de posponer el anuncio, y que el propio Coneval refuerce su credibilidad mediante verificaciones y calendarios de publicación de sus cifras que no den margen a discrecionalidades.

Cabe mencionar que el retraso de las cifras de pobreza casi las hace coincidir en el tiempo con la noticia de la revista Forbes de que México tiene ahora al hombre más rico del mundo, Carlos Slim, con 59 mil millones de dólares. La reunión de estos dos datos hace apreciar en mayor medida la magnitud de la pobreza del país y de la riqueza de su ciudadano más próspero, así como de la enorme desigualdad que sigue privando en México. Tan sólo piénsese que lo acumulado por Slim alcanzaría para que ningún mexicano fuera pobre durante casi dos años.

Puesto de otra manera, si un pobre extremo promedio ahorrara todo su ingreso tardaría 115 millones de años en acumular lo que Slim posee hoy. Sin embargo, ha habido avances. Entre 2005 y 2006 el ingreso promedio en dólares de las personas pobres aumentó casi 8%, es decir, éstas obtuvieron cerca de seis dólares adicionales de ingreso mensual. Por supuesto que la economía mexicana e internacional ha sido algo más generosa con Carlos Slim, cuya fortuna se expande a una tasa cercana a 23% anual obteniendo en los últimos años un ingreso estimado de 634 dólares por segundo.

A este panorama de enorme desigualdad el Instituto Nacional de Evaluación de la Educación (INEE) acaba de dar elementos que dan cuenta de parte del problema, pues señala que entre 25 y 56% de los alumnos de tercero de primaria tienen un desempeño por debajo de lo básico. En particular el INEE encuentra en su aplicación de la prueba Excale que 25% de alumnos no tiene las competencias académicas mínimas en comprensión lectura y reflexión en español, 43% de ellos en expresión escrita y 40% en matemáticas, habilidades estrechamente ligadas a la capacidad productiva de las personas.

Ciertamente las carencias en el desempeño educativo están ligadas a condiciones de pobreza, pero a su vez la baja calidad de las destrezas adquiridas escuelas públicas son determinantes de la persistencia de la misma. Lo que sin embargo no explica la deficiencia y desigualdad de la calidad de la educación es que en México prolifere cierto número de multimillonarios. Ya en el 2000 un interesante estudio de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Samuel Morley, La distribución del ingreso en América Latina y el Caribe, Fondo de Cultura Económica) documentaba este punto.

En el estudio mencionado se encontraba que los individuos más ricos de la población en distintos países de América Latina no coincidían con los de mayor escolaridad, por lo que habría que buscar en otro lado la explicación de su riqueza como grupo. Esta explicación se encontraría en la debilidad institucional para enfrentar las presiones de grupos de interés que intentan mantener una regulación inhibidora de la competencia y que en momentos clave no permiten la expansión del Estado mediante una mayor captación de recursos fiscales que afectan de manera directa sus ingresos.

Es tiempo de fortalecer las instituciones para alcanzar una mayor equidad, comenzando por las que nos informan sobre la falta de ella.

Director del IIDSES de la Universidad Iberoamericana



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