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| ¡Termópilas! |
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Fernando Savater
El Universal Sábado 26 de mayo de 2007 |
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Volví a mi hotel de Buenos Aires cansado tras una larga jornada en la Feria del Libro, la más populosa y distinguida del Cono Sur. En el restaurante ya no había casi nadie. Mientras consumía mi tardío sándwich de pastrami, escuché la alegre charla de la única mesa ocupada. Eran cuatro muchachos, de 17 o 18 años, y hablaban de cine. Uno comenzó a contar la película que había visto la tarde anterior en un cine de Lavalle: "Tenían que defender un paso estrecho, un desfiladero, y el ejército de los persas venía enorme. Ellos sólo eran 300". El narrador no había leído a Herodoto ni sabía nada de la vieja Esparta o del ambicioso Jerjes. Pero a trompicones la leyenda salió de sus labios según sus impresiones cinematográficas y volvió a contar una vez más, al cabo de los siglos, la gesta de los hombres valientes y solos ante el numeroso invasor. Resultaba aún más emocionante oírla según quien acababa de descubrirla por primera vez, como un argumento más escrito por otro guionista de Hollywood. Yo completaba imaginariamente los nombres que el chico no logró retener: Leónidas, el rey, Efialtes, el traidor. y la concisa respuesta del guerrero cuando el emperador le ordenó con altivez entregar las armas. "Molon labe! Ven por ellas". También el epitafio escrito por el poeta Simonides de Ceos, grabado en el lugar de la batalla, que Marguerite Yourcenar traducía así: "Caminante que vas hacia Esparta, diles que aquí seguimos, como se nos ordenó". El estupendo cómic de Frank Miller y luego la película 300, truculenta y brillante, han vuelto a poner de actualidad la gesta de los espartanos que resistieron en el desfiladero de las Puertas Calientes al ambicioso Jerjes. Ninguna de las dos fuentes es demasiado exacta y el lector que quiera mayor precisión histórica hará bien en acudir a obras como Termópilas, de Paul Cartledge (Ariel), y sobre todo al mismísimo Herodoto. Aunque también puede seguir la lección que brinda el maestro John Ford en El hombre que mató a Liberty Valance, o sea: entre la historia y la leyenda, optemos por esta última. A lo largo de los siglos, tal ha sido la elección más frecuentada. Leónidas y sus 300 han sido recordados como luchadores indomables y traicionados a favor de la causa de la libertad contra los sátrapas absolutistas, caídos heroicamente en defensa de los ciudadanos que no quieren convertirse en vasallos. por muy cómodo que pueda ser su vasallaje. El traidor que causó su derrota es tan aborrecido como Judas: su nombre, Efialtes, convertido en sustantivo, designó desde entonces a la pesadilla entre los griegos. Esta visión ideal, desde luego, requiere matizaciones para alcanzar la autenticidad histórica. Aunque fuesen mucho más orgullosamente libres que los súbditos del Gran Rey persa, los espartanos esclavizaban a los ilotas y habían construido una sociedad militarizada cuyos rígidos valores despertaban ya en su día poco entusiasmo entre otros griegos, por ejemplo los atenienses, y aún más difícilmente podrían suscitar simpatía en un demócrata liberal de nuestros días. Sin embargo, también resulta evidente que en aquel trance de las Termópilas aquellos tercos y feroces soldadotes defendieron -quizá sin saberlo- una causa más grande y emancipadora que la propia Esparta por la que murieron. Son las contradicciones fecundas de la historia. Afortunadamente, no creían en ninguna "alianza de civilizaciones" entre quienes padecen a un rey como se sufren los terremotos o las tinieblas de la noche y quienes pueden elegir al suyo, criticarlo o deponerlo. Eran poco dialogantes aquellos espartanos, para qué vamos a negarlo, pero no negaban la voz a los hombres libres y defendían ese derecho. ¡Afortunadamente! Si Leónidas hubiera sido partidario de dialogar con Jerjes en las Termópilas, es probable que hoy no tuviésemos parlamentos en Europa en los que dialogar civilizadamente. A fin de cuentas, lo que importa de la leyenda de las Termópilas es otra lección, que tiene poco que ver con la Esparta histórica y con el Jerjes mejor documentado. Es un ejemplo moral: el de que la libertad de los muchos, perezosos o seducidos por la tiranía, se salva casi siempre por la determinación indomable de unos pocos que pelean contra lo que parece irremediable, contra lo verosímil predicado por los acomodaticios, contra lo que la prudencia sobornada por el dominio aconseja como más recomendable. Hay muchas Termópilas: tantas como ocasiones en que los derechos de las personas deben ser defendidos contra los pueblos unánimes y las masas aborregadas de los obedientes por naturaleza. Y la nobleza de estas empresas no depende de su éxito final, sino del empeño con que son acometidas. Catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid
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