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Libros en el limbo
Rafael Pérez Gay
El Universal

Miércoles 02 de mayo de 2007



La ley del libro se encuentra suspendida en alguno de los laberintos legislativos del Senado. La vetó Vicente Fox repitiendo lo que sus asesores le dijeron que dijera: que contenía numerosos méritos, pero que el esquema del precio único suprimía la libre competencia. Y la devolvió al Congreso. El precio único era la miga de la ley, el resto no proponía nada que no fueran las vaguedades de un discurso conmemorativo para fomentar la lectura.

A quienes mal aconsejaron a Fox se les pusieron los pelos de punta cuando tuvieron enfrente la posibilidad de una excepción a las doctrinas del mercado, y evaluaron el consumo de libros como si se tratara de televisiones o zapatos. Ciertamente sería extraño que todos los zapatos y todas las televisiones costaran lo mismo en todas las tiendas. Poco o nada habituados a la diversidad del libro entendido como una extensión de la memoria (Borges, ellos le dicen Borgues) o una caja de herramientas (Foucault), única e irrepetible, los expertos consideraron que eliminar los descuentos en los libros ofendería la competencia. Analizaron el asunto by the book (libro que espero no leer nunca), optaron por la libertad de precios y eligieron la concentración del mercado en las grandes librerías que acaparan al público imponiendo a los editores descuentos sin reducir sus ganancias. Las casas editoriales, por su parte, para reponerse del golpe aumentan el precio de los libros cuando lo fijan en la lista, antes de salir a la venta. Como resultado, el descuento es mucho menor de lo que el comprador percibe, cuando no inexistente, y una simulación desprendida de la ventaja que consiste en adquirir volúmenes mayores comprando más barato.

La ficción del precio libre -es decir, que un mismo ejemplar cueste más en una librería y menos en otra (como debería ocurrir con las líneas telefónicas, por ejemplo)- ha favorecido a los grandes consorcios editoriales: Planeta, Santillana y Random House, que publican numerosas novedades y cuyas arcas les permiten ofrecer grandes descuentos. Las editoriales pequeñas no pueden proponer rebajas significativas y las librerías grandes no se interesan por su papel impreso; en consecuencia, sus libros no le conciernen al público. Y si esos libros de tirajes cortos y venta pausada no se venden en esos almacenes, no se venderán en ninguna otra parte. El asunto deja de ser un enredo competitivo para convertirse en un serio problema cultural. El mercado privilegia las novedades y los grandes tirajes rebajados; lo demás no existe. Intente usted comprar La montaña mágica de Thomas Mann, El mago de Lublin de Isaac Bashevis Singer, El revés de la trama de Graham Greene; se arrancará los pelos antes de obtener un ejemplar de estas novelas. El presente perpetuo y el dominio absoluto de los oligopolios editoriales: de eso está hecho en nuestros días el mercado editorial; nada parecido por cierto al horizonte de competencia, crecimiento y variedad que pretenden alcanzar quienes se oponen al precio único.

No en balde, desde hace tiempo Francia, Alemania y España adoptaron el precio único del libro (los ingleses lo suprimieron y estudian ahora la forma de regresar a él). En realidad, estos gobiernos decidieron preservar la diversidad editorial y, al mismo tiempo, impulsar el crecimiento de un sistema librero. A pesar de las grandes cadenas, en Alemania hay no menos de 7 mil librerías, lo mismo que en Francia, en España unas 5 mil. En México no hay más de 800 puntos de venta, incluyendo almacenes como Sanborns y la red Educal que pertenece al Estado; cada vez hay menos librerías y menos editoriales, menos diversidad y menos condiciones para el consumo múltiple de bienes culturales. Quien compra un libro adquiere también un boleto para el cine, los museos, el teatro. Un libro nunca es solamente un libro. Elias Canetti lo puso en un aforismo perfecto: "Sin libros se pudren las alegrías".

El precio único no remediará los males de la industria editorial y el mercado del libro. Se trata apenas de un paso para discutir la excepción cultural, esa ley que excluye a las expresiones culturales en crisis del libre tráfico de bienes y servicios. Se ha discutido en la UNESCO y se ha convertido en tema permanente cuando se abordan problemas de políticas públicas. Catherine Trautman, ministra de Cultura de Lionel Jospin, lo explicó así: "La diversidad cultural es nuestro objetivo, la excepción cultural es el medio jurídico para lograrlo". En este como en otros debates vamos lento y tarde. Así, en ese ritmo y ese tiempo, ocurren siempre las cosas irremediables.

Escritor



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