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Los ideólogos del carnaval
Fernando Savater
El Universal

Jueves 05 de abril de 2007



Parece que hoy, en España, los ciudadanos sólo estamos de acuerdo en dos cosas: una, que hay un exceso alarmante de crispación y enfrentamiento maniqueo en la vida pública; dos, que esta situación es mala para la convivencia y para el funcionamiento de la democracia. A partir del diagnóstico compartido, los doctores difieren en cuanto al reparto de culpas y sobre todo en el tratamiento a seguir para sanar esta dolencia. En este tipo de polarizaciones, lo realista es admitir que los adversarios contribuyen cada cual por su lado a echar leña al fuego, provocando uno con su exceso la reacción desmesurada del otro y así en lo sucesivo. Acepto este planteamiento, pero quiero señalar en cualquier caso que tiene más clara obligación el gobierno de ganarse a la oposición que ésta de llevarse bien con el gobierno. Si hoy el país está casi partido por la mitad (ya está bien de repetir el estribillo "el PP se queda de nuevo solo", porque están solos con sus 10 millones de votantes, muchísimo más de lo que pueden reunir entre todos los partidos que apoyan al PSOE), habrá que señalar a la cabeza de los responsables a quien ocupa la responsabilidad máxima del gobierno. Seguramente no carece de virtudes y aciertos el presidente Zapatero, pero falta en esa lista el haber sabido propiciar la cohesión armónica en asuntos fundamentales de la plural sociedad española.

Los ideólogos que en los medios de comunicación emprenden la defensa de la gestión gubernamental establecen como punto de partida que la oposición ataca desaforadamente al Ejecutivo porque no ha digerido su derrota del 11-M y quieren a toda costa su revancha, es decir, desalojarlo del poder (lo cual, por cierto, es lo que pretenden todas las oposiciones que en el mundo han sido, revanchistas o no). Como intentan ocultar los éxitos del gobierno en economía o asuntos sociales -es interesante señalar que ni los más adictos mencionan nunca la política antiterrorista entre estos grandes logros-, el PP y sus adláteres acuden a proclamar falsedades como que "España se rompe" y "se han rendido ante ETA". A partir de ahí, todo vale, etcétera. Claro que también es posible leer todo el cuento al revés y concluir que los servicios auxiliares gubernamentales convierten a todos sus críticos en una horda atroz de extrema derecha y vociferante nacionalismo español para evitarse la molestia de analizar detenidamente los errores cometidos en administración territorial y lucha antiterrorista.

De la versión de los ideólogos progubernamentales, los lectores de este diario ya tienen abundante noticia. En otros medios no menos unánimes pueden familiarizarse con la de quienes culpan al equipo de Zapatero de las peores intenciones y las más viles complicidades. Pero como algún entusiasta de los vivas de rigor ha mencionado a ¡Basta Ya! entre los apoyos inestimables del PP en sus peores empeños satanizadores, voy a permitirme como miembro de ese colectivo exponer -a título personal- una versión de la situación política actual algo distinta a las más habituales... y extremistas. Hago esta última mención porque estoy convencido de que entre los ciudadanos que votan a unos o a otros hay posturas más matizadas y autocríticas de lo que dejan entender las declaraciones de los portavoces. A ellos me dirijo.

¡Basta Ya! es un colectivo nacido de la resistencia política y no meramente moral contra el terrorismo: es decir, que no sólo hemos condenado como tantas personas decentes los crímenes y la extorsión, sino que también hemos denunciado el nacionalismo obligatorio que se ha impuesto bajo el amparo del terror en el País Vasco y, por contagio oportunista, en otras comunidades españolas. Por ejemplo, no creo que la reforma del Estatuto catalán y después de los demás vaya a "romper" España como creen algunos apocalípticos. Lo que pienso es que ciertamente la empeora, agudizando desigualdades y mutuos recelos. Dejando aparte las desmesuras de la lunatic fringe separatista, que por cierto ha adquirido en los últimos años una magnitud política y mediática que para nada se corresponde con su peso electoral, los nacionalistas no quieren romper el país sino obtener privilegios dentro de él. No se trata de matar a la vaca sino de ordeñarla al máximo y durante el mayor tiempo posible, lo cual es incompatible con hacerla filetes y consumirla de una sentada. Es la tradicional estrategia del caciquismo hispano, que consistía en que unos cuantos tuviesen vara alta sin interferencias en la demarcación que convertían en su cortijo a cambio de apoyar al gobierno complaciente en el Parlamento estatal. El nacionalismo que hoy padecemos -el de los nacionalistas propiamente dichos y el de quienes ante su ejemplo no quieren quedarse atrás- es el viejo caciquismo, dotado de bandera y señas identitarias hipostasiadas. Como demuestran los resultados de los referendos estatutarios, es un proyecto que no entusiasma precisamente a la mayoría de la población en ninguna parte.

¿Se ha entregado ¡Basta Ya! a un nuevo fundamentalismo antigubernamental? Pregunto a mi vez: ¿Alguien nos ha visto manifestándonos contra los matrimonios de homosexuales, o la ley de igualdad o la enseñanza laica y cívica? Si siempre hemos combatido contra la falta de libertades en el País Vasco y esa falta continúa, incluso agravada. ¿Por qué debemos abandonar las reivindicaciones y callar la preocupación ante decisiones gubernamentales? Estamos acostumbrados a que se nos llame intransigentes y crispadores desde hace años, aunque gracias al movimiento cívico que impulsamos llegara a producirse el pacto antiterrorista y la ley de partidos. ¿Bloquea la exigencia de garantías y el rechazo de componendas al gusto de los violentos la paz o, lo que más nos importa a nosotros, el logro de la libertad? Conviene no olvidar que ahora, en la muy citada Irlanda, se ha llegado al armisticio no sólo merced al diálogo, sino también gracias a la suspensión de la autonomía y a la obstinación del denostado Ian Paisley, que finalmente ha conseguido que el Sinn Fein acepte la policía y la legalidad que negaba.

Schopenhauer inventó el dicterio de "criaturas ministeriales" para denigrar a profesores más dedicados a justificar al gobierno que a practicar la honradez intelectual. El atrabiliario don Arturo exageró aplicándolo a Hegel o Schelling, pero el calificativo es útil. Hoy puede dedicarse a esos ideólogos entregados a desenmascarar supuestamente a los críticos de la política antiterrorista del gobierno, revelando con estrépito las máscaras carnavalescas de extrema derecha, reaccionarios y saboteadores de la paz que ellos mismos les han confeccionado. Cierto, vivimos una época de adhesiones inquebrantables y unanimidades a la soviética. Pero sólo puedo decirles una cosa: con ¡Basta Ya!, lo tienen claro.

Catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid



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